Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
6 Opinión VIERNES 8 7 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA JAVIER CARRO DIRECTOR DEL INSTITUTO DE ESTUDIOS SOCIO SANITARIOS. LAS MALAS COSTUMBRES ASTA los clásicos del anarquismo reconocen la autoridad como ingrediente indispensable para la convivencia, pero los hechos cotidianos nos demuestran que la formulación se queda en una vaporosa propuesta. La autoridad, tanto su reconocimiento como su ejercicio, está en crisis y pocos son quienes la añoran como gran rodrigón en el que se sujetan los principios y garantías de la democracia. En el fondo, y forzando la argumentación, su ausencia sirve lo mismo para explicar los papeles y basuras que ensucian las calles de nuestras ciudades, el irresponsable incremento de los accidentes de la carretera que el creciente brote de terrorismo que nos M. MARTÍN sacude y que, muy en seFERRAND rio, amenaza nuestra civilización y nuestra cultura. El 11- S de Nueva York marcó un punto de inflexión en la historia del terrorismo. La espectacular gravedad del caso permitió sospechar que el mundo, al unísono, iba a ser capaz de reaccionar contra las minorías asesinas que, vestidas con todos los ropajes propios del fanatismo, sacuden nuestro tiempo. Poco duró la urgencia de la lección y, llegados al 11- M madrileño, tras los llantos unánimes de las primeras horas, ni las víctimas de la catástrofe son capaces de entenderse y asociarse bajo un mismo nombre. Ya podemos hablar, también con dolor, del 7- J londinense. El terrorismo sacudió ayer la capital del Reino Unido en el preciso momento en que sus vecinos paladeaban el gozo de su victoria al conseguir, para 2012, la sede de los Juegos Olímpicos. Golpearon en el mismo instante en que la cumbre del G- 8 estaba reunida en Gleneagles para buscarle nuevos remedios al hambre universal. Como de costumbre, los cobardes autores del crimen indiscriminado supieron escoger un momento oportuno para añadirle drama al horror y no es casual ni accesoria la circunstancia del alboroto antiglobalización que había concentrado en Escocia a los profesionales- ¿quién les financia? -de esa contumaz expresión del desorden. Porque el desorden es la guarnición necesaria con la que se sirve el funesto plato terrorista. El mundo democrático, antes llamado occidental, ha ido relajando el sentido de la autoridad. Lo ha diluido en un caldo de condescendencias que amenaza la supervivencia de los supuestos morales, políticos y jurídicos sobre los que nos asentamos. Es urgente y necesario recuperar esa autoridad para que no falte la energía en el combate contra el terrorismo que se desparrama por un universo sin fronteras e incapaz de entender como propio y común lo que ocurre unos cuantos kilómetros más allá, especialmente si alguna coloración política facilita la coartada del desinterés y propicia el disimulo de la acción. Estamos en una tercera guerra mundial sin frentes y sin límites y, se requiere para sobrevivir, un ánimo fuerte y una voluntad común: sacudir las malas costumbres. H EL DRAMA UNE A LONDRES Y MADRID Profundo conocedor de Londres, el autor, director gerente del Hospital Universitario de Puerta de Hierro el 11 de marzo de 2004, relata las horas de angustia vividas en aquella fecha y traza los paralelismos entre dos ciudades unidas por la tragedia ONDRES. El 7 de julio de 2005 no se borrará de la mente de los ingleses, especialmente de los londinenses, y es que este gran país ha sufrido el mayor atentado en su propio corazón. Inmersos en la celebración por la consecución de los Juegos, inmersos en el desarrollo de la cumbre del G- 8, e inmersos en una nueva Presidencia de la UE, las autoridades británicas han declarado estar desoladas, pero no haberse sorprendido por los acontecimientos. Hace tiempo que estábamos esperando algo de este tipo Como muchos otros universitarios españoles, resídí y estudié en Londres durante varios años, áquellos en los que las olas de atentados terroristas asolaban la City. Años después, tuve la responsabilidad de dirigir el Hospital Puerta de Hierro que recibió víctimas del 11- M, y veló por la prevención posterior ante nuevos atentados. Es, sin duda, la mayor tragedia terrorista en la historia del Reino Unido, con el mayor número de afectados. El mayor desastre que se recordaba fue en el año 1974, con 28 muertos en los tiempos más sangrientos del IRA. Al igual que en los atentados de Madrid, todo el mundo alaba el orden en la evacuación y la solidaridad. Y es que el flemático pueblo británico es eminentemente práctico, y hace años que convive con naturalidad con los simulacros de bombas, e incluso refugios nucleares. La cautela y el celo de las autoridades llega a los siguientes extremos: en las estaciones de metro londinenses re- L za la leyenda Bombs be alert Una de las cosas que primero le sorprende al visitante al llegar a la ciudad es que no existen papeleras en partes estratégicas de la ciudad ni en el metro, y cuando el turista se dispone a tirar un papel y pregunta, la respuesta es: No hay papeleras, es por las bombas Dos de los símbolos de Londres, el metro tube y los pintorescos autobuses rojos de 2 pisos han sido los objetivos de los terroristas. Un metro que es utilizado a diario por yuppies, trabajadores y la gran comunidad estudiantil procedente de todo el mundo. Dicho metro es el más histórico y antiguo del mundo, por lo que las paradas y cortes del suministro eléctrico son constantes. Ser una gran metrópoli de casi 15 millones de personas, hace que el transporte diario para casi todos los residentes sea público. Además Londres, a diferencia de Madrid, no tiene grandes avenidas como el Paseo de la Castellana, utilizado a diario por miles de vehículos particulares. Y para evitar la excesiva contaminación, hace un tiempo se tomó la decisión de cobrar una especie de peaje por circular y aparcar en la City, así que el número de vehículos ha decrecido en favor del transporte público. Los atentados se produjeron es estaciones emblemáticas como King s Cross, Russell Square, Edgware Road, Aldgate East, Moorgate y Liverpool Street, al nombrarlas nos vienen a la cabeza Atocha, El Pozo, Santa Eugenia... Esta mañana, cuando me enteré de la tragedia, me en-