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ABC MIÉRCOLES 6 7 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EUROPA, EN EL MOMENTO DE LA VERDAD POR PHILIPPE DOUSTE- BLAZY MINISTRO DE ASUNTOS EXTERIORES DE FRANCIA No cedamos ante la fascinación del fracaso. Volvamos al camino del sentido común, el de las iniciativas concretas, claras y transparentes. Y redefinamos al mismo tiempo el futuro de Europa... L 29 de mayo, los franceses rechazaron por amplia mayoría el proyecto de Tratado por el que se constituye una Constitución para Europa. Todos debemos acatar esta decisión democrática. No podemos seguir avanzando por el camino de Europa como si no hubiera pasado nada. Al contrario, debemos escuchar el mensaje del pueblo francés y tratar de entender por qué ha votado en contra marcando así un fuerte parón en la historia de la construcción europea y de Francia. La lucidez es fundamental a la hora de analizar la situación: lo que le pasa a Europa es, ante todo, que está atravesando una crisis de identidad. Todos los Estados miembros de la Unión presentes en el reciente Consejo Europeo de Bruselas pudieron sentirlo. Ese sentimiento no era, por lo tanto, únicamente fruto de Francia y Holanda, países en los que ha vencido el no Es evidente que existe un abismo entre los pueblos y el proyecto europeo que llevamos cincuenta años desarrollando. Debemos ser conscientes de esta realidad que, pese a ser nueva, tiene raíces profundas y antiguas. E proyecto político que queremos dar a Europa. Hay quienes, por evitar este debate, se inventan otros. Pero una cosa está clara: la disputa no enfrenta a los antiguos y a los modernos porque, contrariamente a lo que a algunos les gusta caricaturizar, no están por un lado los defensores de las políticas comunes, necesariamente retrógradas, y por otro los autoproclamados partidarios de la innovación y el dinamismo. Los enfrentamientos recientes sobre las perspectivas financieras trataban de orientar los análisis en este sentido. Debemos deshacernos de esta manera de presentar las cosas porque ése no es el debate. A pesar de lo que se haya podido decir, las perspectivas financieras formaban parte del debate sobre la Europa política. La pausa en el proceso de ratificación que desea el Consejo Europeo es una oportunidad que no podemos dejar escapar, es un respiro al que debemos sacar el máximo partido para abordar con sinceridad y de forma colectiva todos los asuntos: del futuro del Tratado a las nuevas ampliaciones, de los esfuerzos de armonización en materia de mercado interior a la estrategia económica y social emprendida con el Proceso de Lisboa. Como es lógico, Francia defenderá sus valores, intereses y convicciones dentro de este contexto. Pero, por responsabilidad histórica, también tendrá que recuperar el espíritu de los padres fundadores para defender la idea de una Europa política sabiendo adaptarla a las realidades de hoy en día. El largo momento que vamos a dejar a la reflexión y al diálogo es útil y necesario, pero no puede responder a los imperativos de dinamismo actuales. También tenemos que actuar, es decir, tomar iniciativas concretas y trasladarlas a la realidad rápidamente, capaces de demostrar que Europa resiste a la desunión. Con esta perspectiva en mente, debemos movilizarnos sobre los grandes asuntos de actualidad. En primer lugar, el crecimiento y el empleo. Como Son muchos los que, como yo, piensan que la incapacidad de Europa para tener una visión clara y coherente de su futuro explica esa ruptura con los ciudadanos. También explica el sentimiento de desconfianza, incluso a veces de recelo, que ha prevalecido a lo largo de toda la campaña sobre el referéndum, alentado por todos los que no han dejado pasar la oportunidad de deformar a su voluntad el Tratado constitucional. Hoy tenemos, quizá más que nunca, que fijar un verdadero rumbo político para Europa. Necesitamos un horizonte político capaz de responder a la inquietud y de dar un nuevo aliento al futuro. Para ello, tenemos que poner el Tratado constitucional en la palestra enmarcándolo dentro de un proyecto más amplio en el que se defina realmente la organización de la Europa ampliada. Hagámonos la siguiente pregunta y respondamos con franqueza: ¿no hemos pecado de optimistas al pensar que la Constitución cerraba definitivamente el debate sobre el objetivo político que perseguíamos? En realidad, a falta de un acuerdo sobre un modelo de integración, los dirigentes europeos optaron implícitamente hace mucho tiempo por no hablar de ello. Ha llegado el momento de abordar de frente este crucial asunto. Debemos elegir entre la concepción de un mercado regido por sí mismo y el proyecto de una Europa política dotada de medios de verdad, entre una Europa que se limite a alinearse con las exigencias de la globalización sin tratar de cambiar nada y una Europa decidida a defender nuestros intereses y a conciliar justicia social y economía de mercado. Durante demasiado tiempo hemos eludido tomar esa decisión. ¿No es ya hora de que nos enfrentemos a ese reto con seriedad y lucidez? Hoy por hoy, debemos defender más que nunca la opción de una Europa política porque creemos que entre la nación y el mundo globalizado Europa es un pertinente eslabón de regulación, de cooperación, de solidaridad y de acción. Esto es lo que cuenta y lo que ocupa un lugar clave en el verdadero debate sobre el ha propuesto el primer ministro, debemos dar cuerpo al gobierno económico que se está estableciendo a través del Eurogrupo y que, en particular, ha de tener mayor margen de maniobra en la política de cambio respecto al Banco Central Europeo. También debemos dar un impulso a la Estrategia de Lisboa para recuperar los márgenes de competitividad de los que carece Europa actualmente. Debemos trabajar con determinación en aquellos sectores en los que los países europeos tienen apuestas que defender: en particular, la investigación en el ámbito de las bio, nano e infotecnologías, o las industrias de tecnología punta, como las telecomunicaciones, la aeronáutica o el ámbito espacial. Movilicemos todos los medios necesarios para hacer progresar los grandes proyectos de infraestructuras o de redes que necesita nuestro continente. En segundo lugar, una Europa que dé tranquilidad y proteja a los ciudadanos: no se trata de frenar los progresos aportados por la libre circulación de personas y trabajadores, sino de acompañar ese movimiento velando en todo momento por la protección social y los derechos de las personas, promocionando nuestras universidades y estableciendo de cara al exterior un régimen de inmigración controlado y escogido, tal como lo concibe el grupo de los cinco países europeos que se acaba de reunir en Evian. Debemos crear en el seno del continente europeo un espacio de libertad que los ciudadanos hayan dejado de temer porque sepan que está sometido a reglas claras y aceptadas por todos. Tercero, el lugar de Europa en el mundo. Irak la mostró de forma antinatural. Europa debe unirse para afirmar una diplomacia y una defensa que le permitan mantener su rango en el mundo y hablar con una sola voz fuerte y autónoma. Démonos los medios de tener una verdadera política exterior, a imagen de lo que hemos logrado en el ámbito de la defensa: una política exterior con la que Europa, respetando sus alianzas tradicionales, sepa promover una visión del mundo original, independiente y alimentada por su experiencia y sus convicciones. Para conseguir estos tres objetivos, queremos y debemos actuar de forma colectiva. Eso sí, en caso de necesidad, no debemos dudar en actuar en pequeños grupos esperando que otros se sumen a nosotros. Esta Europa en crisis necesita más que nunca flexibilidad para reconquistar su confianza y credibilidad. Necesita flexibilidad, pero también resultados concretos: la falta de acuerdo en la cumbre de Bruselas sobre las perspectivas financieras puso de manifiesto el riesgo que harían correr a Europa la huida hacia adelante de los egoísmos nacionales o el despertar del sentimiento nacionalista, por no hablar de la tentación populista, todo aquello contra lo que se construyó hace cincuenta años el proyecto europeo. No cedamos ante la fascinación del fracaso. Volvamos al camino del sentido común, el de las iniciativas concretas, claras y transparentes. Y redefinamos al mismo tiempo el futuro de Europa. Si queremos salvar a la Europa política en la que creemos, debemos reconciliar urgentemente a Europa con sus pueblos.