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ABC MARTES 5 7 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC ESPAÑA COMO CONVICCIÓN POR FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA UNIVERSIDAD DE DEUSTO Invocar una nación que se hace y no que se ha vivido, una España conjugada en presente y pensada en futuro, no en estado de derribo o de cierre por defunción política de sus ciudadanos y de sus representantes... E ha perpetrado una conferencia! escribía en 1920 Joseph Roth, con el tono dramático de quien, en una novela negra, descubre un delito, invitando a buscar al culpable y el móvil. Literato mayor, Roth fue también un prosista de periódico, un hombre que se asoma a los hechos cotidianos de la Europa de las grandes guerras, un escritor al que se entiende y al que vale la pena entender, que expresa la fragilidad de su tiempo, lo ridículo y lo trágico, gracias a la ironía con la que coge los asuntos por los pelos, mirándolos lo suficiente para entender su esencia, sin soltarlos cuando su peso se hace insostenible y sin volverse cuando muestran su rostro de Medusa. La broma del buen expatriado de Roth, que como hijo de un siglo vinculado al placer de adoctrinar se pregunta qué impulsa cada día a tantos tipos alucinados a verter sobre tantos caballeros un raudal tan torrencial de palabras, agresivas, quiméricas, persuasivas o penosas, según el carácter, el lugar o la circunstancia, la broma del bebedor Roth, que se toma el pelo incluso a sí mismo, destripa un proceso general que, en la sociedad y la cultura, no ha hecho más que crecer en una medida imparable. Sobre todo, en España, inmenso país de la palabrería, que escribía el maestro de periodistas Gaziel ¡S Hace tiempo que la tierra, en este lugar de diálogos y declaraciones kilométricas, de tertulias políticas, casinillos de barrio, cacharrerías de Ateneo y conciliábulos de oficina, exhala palabras, opiniones, informaciones, comentarios, alocuciones, comunicaciones, burbujas y burbujillas que nos envuelven como una niebla. Los antiguos preceptos- -ama a tu prójimo, carpe diem, ¡proletarios del mundo, uníos! -han dejado paso al eslogan que recorre ruidosamente la actualidad política. Hablemos. Conferencias, debates, mesas redondas... Cuando ocurre algo, los periodistas no indagan acerca de lo ocurrido, que acaba por quedar en un discreto segundo plano o incluso por desaparecer, sino que reproducen declaraciones, opiniones y comentarios de no importa quién sobre lo que ha sucedido. Cuando el País Vasco, frontera movediza, exporta la especia del fascismo en coche bomba y un noble y cíclico aluvión de amenazados, viudas y disidentes llenan de protesta las calles de Madrid, el lehendakari se sube a su tarima y propone debates y mesas y más mesas... mesas sin exclusiones... mesa Ibarreche, mesa Zapatero... Vivimos, después de tantas aventuras trágicas, en una democracia donde hay leyes hechas y promulgadas, pero algunas no se cumplen: preferimos el estilo viejo, el de las trampas de Cánovas y Sagasta, el fluido de los acuerdos subterráneos, las argucias bajo la mesa, el imperativo del secreto. Hablar, sí, hablar sin tregua, puede distraernos de nuestra mediocridad, puede liberarnos automáticamente de responsabilidades ¿es que no sabe usted con que palabras estoy hablando? Diálogo. Tolerancia etc. puede ocultar nuestra falta de ideas y convicciones, puede convertir en hombres de Estado a pobres ignorantes, a profesionales del poder o a un vulgar demagogo, pero es improbable que dé más consistencia a la fragilidad de nuestros sueños o nuestras penas. El apátrida Roth, que en su álbum berlinés abogaba burlonamente por incriminar a muchedumbres enteras de conferenciantes, sabía perfectamente que también hay conferencias que son inteligentes y honestas, capaces de tocar las conciencias y dar testimonio de valores. La pronunciada por el historiador Ferran Gallego hace unos días en el Aula de Cultura de ABC es de estas últimas, reabre una esperanza en un tiempo en el que parece no quedarnos otro papel que el de sepultureros de una idea plural y ciudadana de España. La palabra problema puede ser una insidiosa petición de principio. Hablar, por ejemplo, del problema judío es postular que los judíos son un problema; es vaticinar (y recomendar) las persecuciones, la expoliación, los balazos, el degüello, el estupro y la lectura de la prosa del doctor Rosenberg. Otro demérito de los falsos problemas es el de promover soluciones que son falsas también. En el libro octavo de su historia natural al original Plinio no le basta fabular que los dragones atacan en verano a los elefantes: aventura la hipótesis de que lo hacen para beberles toda la sangre que, como nadie ignora, es muy fría. Consciente de vivir en un país de Plinios ¡cuantos artículos y libros artificiosos sobre España y el problema- hecho catalán, España y el conflicto vasco, Españas y el problema español, etc. consciente de que las palabras tienen dueños pero también esclavos, Ferran Gallego tituló su conferencia España y el nacionalismo catalán con el sentido que se normaliza, deformando lo que siempre han querido decir Para que no quedaran dudas remató La impugnación de la idea de España elemento central de la teoría y la práctica nacionalista, ha pasado a constituir la única base de acción de la izquierda española para legitimar su posición en el poder, como lo hizo en la oposición... Los nacionalistas, desde el punto de vista conceptual, no plantean mayores novedades. Como decía Plutarco al burlarse de quienes declaraban que la luna de Atenas era mejor que la luna de Corinto, son como los niños, persiguen el mismo objetivo que el niño: singularidad y atención preferente de todos. Lo que ocurre es que la traslación de su sentimiento a la política, al menos en la versión de los que por aquí pululan, es dinámica. Hace años pataleaban. Hoy ya son pequeños tiranos. La España plural ya está hecha... pero no es suficiente, no basta, de lo que se trata ahora (ay, Zapatero... ay, Llamazares) es de liquidar el gran acuerdo de la Transición; borrar la existencia misma de España como la entendimos entonces, como una nación de ciudadanos en la que todos debíamos ceder en algo; crear un frente constituyente que ha colocado a la mitad de los españoles fuera de los márgenes de la legitimidad política, propagando la ficción de que a partir del 2004 se ha iniciado una verdadera transición para restablecer la democracia perdida. En este nuevo ciclo, la memoria histórica no se utiliza más que como un instrumento de deslegitimación del adversario considerándolo heredero de los vencedores de la guerra civil y, a su vez, el pacto con los terroristas se reviste de unión de dialogantes frente a los tercos partidarios de una solución policial ¿Qué hacer? Coincido con Ferran Gallego. Invocar una nación que se hace y no que se ha vivido, una España conjugada en presente y pensada en futuro, no en estado de derribo o de cierre por defunción política de sus ciudadanos y de sus representantes. Inventar una tradición ciudadana que falta. Levantarse en nombre de la pluralidad y del espíritu de la Transición ya hecha, de la reconciliación lograda entre los españoles y de la construcción de una nación de individuos libres, no de una suma de pueblos unánimes. Hay que salir del territorio donde la paciencia adquiere la forma de la abulia, la resignación va cobrando el aspecto del descreimiento y la resistencia los perfiles del cinismo. Volviendo a uno de los grandes temas de su literatura, el derrumbamiento del imperio austro- húngaro, Joseph Roth escribía: Tal vez entonces, mucho antes de la caída de la monarquía, intuyera que los comentarios a la ligera pueden resultar más mortíferos que los atentados de los criminales y los discursos solemnes de ambiciosos y revolucionarios individuos que pretenden arreglar el mundo. Pues la vieja monarquía austro- húngara, desde luego, no murió por culpa del patetismo hueco de los revolucionarios, sino por culpa del escepticismo irónico de quienes deberían haber constituido su fiel apoyo Luego dijo... Desde la transición no se conoce una crisis igual. Estamos en la batalla cultural más importante que se ha vivido en nuestro país desde 1978: asistimos al mayor proceso de impugnación de la nación española que se ha producido desde la aprobación de la Constitución. Y ese tipo de batallas se hace con palabras, con el uso que se les da,