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56 Cultura LUNES 4 7 2005 ABC CLÁSICA Ciclo Grandes Intérpretes Obras de Schumann, Falla, Liszt, Mozart y Franck. Intérpretes: M. Argerich, G. Hosszu- Legocky, L. Chen- Argerich, M. Denemark, K. Merle y M. Vallina. Lugar: Auditorio Nacional, Madrid. Fecha: 1- VII TEATRO Ricardo III Autor: William Shakespeare. Director: Manuel Guede Oliva. Escenografía: F. Oti Ríos. Vestuario: A. Rodríguez y C. Abad. Iluminación: J. Amado. Intérpretes: Xosé M. Oliveira Pico M. Viéitez, M. Areoso, A. Trillo. Lugar: Teatro Español. Madrid. MARTHA ARGERICH Y AMIGOS ANTONIO IGLESIAS MAMBO MACABRO JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN I ntervino en cinco de las siete obras programadas y siempre en gran dama del piano que domina en sus más amplios recursos, hasta el punto de abandonarlos en algún momento breve, precisamente porque sabe que han sido resueltos con inteligente y muy seguro proceso. Lección para tantos otros que carecen de una autocrítica como se deduce de la de Martha Argerich, la muy famosa pianista argentina, que ha llegado a Madid con este concierto en el que recaba la participación de habituales colaboradores suyos; se citan por el orden de su aparición en la sesión: el suizo Geza Hosszu- Legocky (violín) la hija primogénita de la pianista, Lida Chen- Argerich (viola) el ucraniano Marek Denemark (clarinete) la hispano- austríaca Karin Merle y el cubano Mauricio Vallina (pianistas) Con este plantel de hija y amigos un programa indudablemente interesante, aun cuando sólo fuese por aquellas páginas schumannianas de muy infrecuente escucha. La última de las sesiones del ciclo de Grandes Intérpretes- -larga, muy larga por acercarnos a las tres horas de su duración- -se aplaude con sinceridad, tanto por su programa como por los artífices de una audición bien preparada en la responsabilidad de la gran Martha Argerich. La Primera Sonata para violín y piano de Schumann, correcta, evidenció cierta ausencia dialogante, lo mismo que el Trío Op. 132 para clarinete, viola y piano del mismo compositor, porque la Argerich sobresalió en momentos en demasía. En cuanto a las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla, muy apartadas de su verdadero espíritu por la españolada que dictó Karin Merle desde un piano que, a renglón seguido, enriquecería con largos medios Mauricio Vallina, buenos dedos que deberá cuidar algo más en esa claridad lisztiana que siempre asombra. En la segunda parte, las Sonatas para cuatro manos de Mozart, K. 521, y la inefable hermosísima que César Franck nos legó para violín y piano, toda ella conmovedora como más no cabe; y, en medio, la Phantaisiestücke para clarinete y piano, Op. 73 de Robert Schumann, contaron con el admirable piano de Martha Argerich. N Alberto Lattuada, fotografiado en Niza en el año 1980 AFP Muere en Roma el cineasta italiano Alberto Lattuada a los 91 años Su delicado estado de salud le tenía apartado de la vida social desde hacía algún tiempo trasladó a la gran pantalla su pasión por la literatura en títulos como El abrigo de Gogol o El molino del Po de Bacchelli JUAN VICENTE BOO ROMA. El cine italiano perdió ayer un testigo de su historia con el fallecimiento de Alberto Lattuada en su casa de campo situada en las afueras de Roma. Desde la altura de sus 91 años, Lattuada había ido despidiendo a todos los grandes protagonistas del cine italiano del siglo XX, al que se incorporó en 1941 como ayudante de Mario Soldati en Piccolo mondo antico para debutar como director en 1942 con Giacomo l idealista Junto con Luigi Comencini y Renato Castellani, Lattuada era uno de los arquitectos del Politécnico de Milán convertidos en cineastas en la explosión de creatividad que se produjo durante la Segunda Guerra Mundial. Hijo de un compositor, Alberto Lattuada mantuvo toda su vida un gran amor por la literatura, y llevó a la pantalla relatos como El abrigo de Gogol en 1952 o El molino del Po de Bacchelli en 1949. b El director cinematográfico Al inicio de la posguerra entró de lleno en el neorrealismo con películas como El bandido de 1946, que es al mismo tiempo una versión italiana de las películas de gangsters al estilo americano. En manos de Lattuada, el regreso a casa de un soldado veterano que lo ha perdido todo y se convierte en jefe de delincuentes sirve para lograr vez un documental sobre los bajos fondos y, a la vez, una pequeña obra maestra del género policíaco. Su amor por los personajes de sus películas contrasta con la crítica a la sociedad en la que viven, plagada de hipocresía, oportunismo y codicia. A veces fustigaba con un drama, pero también sabía hacerlo a través de comedias. Su filmografía incluye dos películas, Luci del varietá (1951) y La lupa (1953) dirigidas codo a codo con Federico Fellini, mientras que en Un eroi dei nostri tempi (1955) se limita al papel de actor bajo la dirección de Mario Monicelli. Su última intervención fue como actor en El toro (1994) dirigida por Carlo Mazzacurati. La edad y el declive de salud le habían alejado de la vida social, pero el mundo cinematográfico italiano ha seguido adorándole y mañana le rendirá el último homenaje en la iglesia de los artistas de la Piazza del Popolo. o había cumplido aún treinta años Shakesperare cuando escribió Ricardo III cuyo argumento tomó, al parecer, de una obra Tomás Moro, el autor de la famosa Utopía El episodio final de la larga Guerra de las dos Rosas lo concentra el bardo de Stratford en la figura de uno de sus villanos mejor dibujados, hasta el punto de haberlo convertido en símbolo de las más voraces y despiadadas ansias de poder: la deformidad física y la degradación moral se unen- -como si una fuera constatación y consecuencia de la otra, y viceversa- -en la persona de este rey Ricardo, que asciende al trono de Inglaterra aupándose sobre los cadáveres de quienes estorban sus propósitos. El Teatro Español acoge una producción de Ricardo III procedente del Centro Dramático Gallego. Se trata de un montaje que acumula todos los tópicos de la modernidad transgresora impulsada en España por directores como Calixto Bieito o Alex Rigola y pocas de sus virtudes: nada de su fiereza radical o de la coherencia interna de sus propuestas. Da la impresión de que Manuel Guede ha puesto en el escaparate algunos de los aspectos superficiales de esa corriente escénica: vestuario contemporáneo, una estética de la crueldad ritualizada con elementos cotidianos, tonos oscuros, ecléctica y ucrónica selección musical (de un mambo de Pérez Prado- -que bailan al comienzo chicos con chicos y chicas con chicas- -a Tom Waits) Unos ingredientes que Guede utiliza de forma plana, sin ritmo y sin justificación sobre un espacio escénico opresivo y gris estructurado en tres niveles, que igual puede remitir al interior de un búnker que servir de escenografía para un montaje de Historia de una escalera Hay cierto barullo en la dirección de actores, que, no obstante, dicen bien y con sentido sus parlamentos ayudados por micrófonos. Xosé Manuel Oliveira da a su Ricardo, que cojea pero no luce su característica joroba, un tono tartufesco, campechano y sentencioso, que añade matices al personaje aunque tal vez lo aleje un tanto de su perfil despótico de malvado shakesperiano.