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ABC DOMINGO 3 7 2005 Los domingos 65 ¿Por fin el Fin en el Finisterre POR FERNANDO JÁUREGUI son, más que retazos históricos, la radiografía del personaje y también un poco la expresión del posibilismo para quienes en los largos años del franquismo ni se fueron al exilio ni se echaron al monte ni se incrustaron en la clandestinidad. Tan es así que, como ministro, impulsa la legalización, sin llegar al PCE, de asociaciones políticas ilegales hasta entonces y en 1977 funda AP, la madre del cordero para la Transición del centro derecha sociológico y, tanto o más importante en la perspectiva que ya nos da el tiempo, ponerlo a la altura del centro izquierda y cerrar el paso de una inquietante, y nuevamente latente, extrema derecha. Sería injusto, incluso desde la izquierda, no reconocerle su papel a favor de las libertades en España a penúltima vez que entrevisté a Manuel Fraga, en mayo de 2004, me habló, ilusionado, de su tercer volumen de memorias. Pensaba llamarlo Fin en el Finisterre y ya había medio preparado, me dijo, un plan de trabajo, aunque aún no había comenzado a redactarlo en serio. Andaba Don Manuel, allá en su desordenadísimo despacho en San Caetano, pensando en su retirada de la política. No, por cierto, por primera vez en su vida: hasta quince anuncios de su marcha, luego con marcha atrás (valga la redundancia) le he contabilizado en su largo trayecto político. La última vez que entrevisté a Fraga, mismo despacho de la Xunta, fue dos meses después, en julio de 2004, la víspera del patrón Santiago. Ya no recordaba él haber querido escribir memoria alguna y se había lanzado de lleno a la que a mí me parecía completamente loca aventura de presentarse nuevamente a las elecciones. Es más: me dijo- -así quedó grabado- -que un político en activo no debe andar escribiendo memorias hasta que se retire Olvidaba Don Manuel, claro, sus muchos libros, algunos, eso sí, casi meros dietarios: lunes, almuerzo con Fulano, cena con Mengano. Poco más que aportar a la curiosidad del lector. Pero, por supuesto, Fraga es un político de raza, un superdotado, para bien y para mal, de la política, y ello implica a veces olvidar lo obvio. Me habló aquel día de julio de su voluntad de servicio a Galicia hasta el último aliento. De todas esas cosas que, con mayor o me- L nor convicción, ha ido repitiendo después, en este año de pasiones y agonías que han acabado dando con él ya casi fuera de aquel despacho lleno de cuadros apiñados por los suelos, de metopas y de libros, un despacho en el que tan contradictoria, y a veces tan iracundamente, respondiese a mis preguntas, según que estuviésemos en mayo o en julio. Ha llegado para Manuel Fraga Iribarne, una biografía irrepetible, una trayectoria casi única en Europa, quizá en el mundo- -a él, que no es precisamente experto en la propia imagen, a veces le gusta compararse con Balaguer, que no le llega a la suela de los zapatos- el momento de la retirada, y no por voluntad propia. Usted, amable lector, y yo sabemos que no se quedará mucho tiempo de líder de la oposición, diga él ahora lo que diga, que ya lo va diciendo, por cierto, con matices. Y entonces, ¿qué futuro? Me parece que a Fraga le ocurrirá, si sabe irse con la dignidad de sus mejores momentos, como a Tarradellas, o a Pujol; recibirá el reconocimiento unánime de sus paisanos. Y la generosidad que merece una trayectoria honesta y básicamente útil a la sociedad. Por lo demás, la soledad ya se sabe que no hay forma de aminorarla, cuando quiere enredársete en la garganta, y esa viene acompañando a Fraga desde hace ya tiempo. No va a estar más solo en el inmediato futuro que ahora en la gélida residencia del presidente de la Xunta, pienso. Me dicen que se enfadó no poco conmigo por atreverme a opinar públicamente, en su día, que era una locura volverse a presentar a los 82 años. Y que lo que le venimos reclamando son esas memorias, al fin demoradas, al fin con tiempo y con la serenidad y la sinceridad de quien ya no está en activo, y con nadie, y menos con los electores, tiene que quedar bien. Le dije, aquel mayo de 2004, que me gustaba mucho el título que pensaba, Fin en el Finisterre No le dije, porque cualquiera mete la mano en la boca del león, que a ver si al fin escribía el libro apasionante que merece y nos merecemos. Él ha conocido a los personajes más importantes de medio siglo de Historia, estuvo en la cabecera de Franco el día antes de que el dictador muriese, tomó partido por Don Juan Carlos como futuro Rey frente a otros competidores, ha participado, desde el protagonismo, en tareas públicas irrepetibles, ha tomado partido hasta mancharse en lo peor- -pero eso lo hemos olvidado- -y en lo mejor. Así que tiene que rendirnos aún un último servicio quien dispone de capacidad física y, por supuesto, intelectual más que suficientes: déjese de monsergas de encabezar la oposición, deje paso de una vez a un sucesor y escriba, escriba sin prisa y sin pausa ese gran libro que nadie más, Don Manuel, puede legarnos. La Historia y todos nosotros, los españoles, necesitamos ese Fin en el Finisterre De liderar la oposición a Touriño se pueden encargar otros; de esto, solamente usted. Fernando Jáuregui es autor del libro Cinco horas y toda una vida con Fraga. Historia de un fracaso admirable Después de Galicia Ahora, en la plenitud de una victoria electoral, insuficiente para Gobernar y camino de los 83 años, Fraga está ahí. Ha sido uno de los padres de la Constitución y, condiciones caracterológicas al margen, nadie puede negarle su valor y su ejemplaridad democráticos. Es víctima del deseable fenómeno de la alternancia, del debilitamiento del partido que fundó y que, tras el paso de José María Aznar, tiene pendiente una revisión renovadora. Observo entre los suyos un menor entusiasmo en el reconocimiento de la labor pasada que el que evidencian los más viejos del lugar en las filas de la izquierda; pero esto, por la derecha o por la izquierda, no deja de ser España: una patria que en lugar de hacer españoles se alimenta de ellos. Fraga Iribarne, anfitrión en Santiago de Mariano Rajoy, en un mitín sobre la Constitución Europea