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ABC JUEVES 30 6 2005 Cultura 67 Muere Rafael Morales, uno de los grandes poetas españoles de la posguerra Premio Nacional de Literatura en 1954, inauguró la colección Adonais b Los restos mortales del autor ROCK Green Day Lugar: Rockódromo. Fecha: 28- 06- 05 toledano, creador de Poemas del toro serán incinerados esta tarde en el cementerio de la Almudena GUSTAVO A. MUÑOZ TALAVERA. El poeta Rafael Morales, una de las voces más destacadas de la lírica española de la posguerra, falleció ayer en el hospital Puerta de Hierro, de Madrid, a los 86 años de edad. Había nacido en Talavera de la Reina (Toledo) localidad que le había nombrado hijo predilecto. Los restos mortales del poeta serán incinerados esta tarde en el cementerio de la Almudena. Morales fue uno de los más destacados poetas de la posguerra. Desvinculado de las corrientes del momento, abrió nuevos caminos con sus reveladores Poemas del toro que inauguraron la colección Adonais en 1943. Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1954. Poco amigo de la autopromoción, como ha destacado en distintas ocasiones su íntimo amigo y también poeta talaverano, Joaquín Benito de Lucas, Rafael Morales recibió diversas distinciones a lo largo de su vida. Actualmente, un premio de poesía patrocinado desde hace más de un cuarto de siglo por el Ayuntamiento de Talavera lleva su nombre. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid y en Literatura Portuguesa por la Universidad de Coimbra, fue director de la Estafeta Literaria y crítico de la revista Ateneo entre otras publicaciones. Colaboró en la sección de Filología y Literatura de la Enciclopedia de la Cultura Española y fue director del Aula de Literatura del Ateneo de Madrid. FIESTA DE FIN DE CURSO PABLO CARRERO Rafael Morales, en una imagen de 2001 Amigo íntimo de otros grandes poetas como Miguel Hernández, con el que convivió en el Madrid de preguerra, vivió desde su juventud en la capital de España, aunque visitaba con frecuencia su ciudad natal. En su obra ha quedado reflejada la palmera que adornaba el patio de su casa de la antigua ABEL MARTÍNEZ calle de la Concha, que hoy lleva su nombre. A un esqueleto de muchacha Cántico doloroso al cubo de basura A unos labios sin amor son algunos de sus celebrados y sensibles poemas, en buena parte olvidados pese a su frescura, modernidad y singular diferencia con sus contemporáneos. NEORROMÁNTICO Y CLÁSICO MIGUEL GARCÍA- POSADA on Rafael Morales desaparece uno de los últimos supervivientes de la primera generación de posguerra. Puede decirse que la voz de Morales aportó lo más sustancial de sus registros en los primeros quince años tras la terminación de la contienda: era la suya una voz neorromántica y clasicista a un tiempo- -por su uso del soneto- que venía mucho más que del garcilasismo del vitalismo de los poetas de preguerra, señaladamente en su caso de Miguel Hernández. Con el gran poeta de Orihuela fueron emparentados los Poemas del toro (1943) de Morales, que C si convergen con los de aquél en el plano retórico, como era inevitable, difieren en su visión del mundo, más reposada, atenta tanto a la fuerza del toro como a su inocencia. En este contexto cabe entender sonetos como Agonía del toro y Muerte del toro Siguió después, con equivalentes líneas temáticas, el poemario El corazón y la tierra (1946) un libro de amor dulce y desdichado, del que, con todo, lo mejor es el soneto A un esqueleto de muchacha homenaje a Lope de Vega, y su famoso soneto a la calavera. Vino luego un libro que armó revuelo por sus problemáticas convergencias con la posterior poesía social, Los desterrados (1947) No había tal, como el propio Morales se encargó de precisar: era un libro escrito desde la charitas cristiana, desde la solidaridad fraternal con los locos, los no amados, los tristes, las amantes vie- jas (no hay huellas de los poetas malditos) los olvidados, los idiotas, etcétera. El cuarto y decisivo libro de Morales fue Canción sobre el asfalto (1954) libro de poesía urbana- -no era tan frecuente en aquel momento- que mantiene el mismo tono solidario y dicción semejante, bajo el dominio de las formas clásicas. En él se encuentra el excelente soneto, de obligada presencia en las antologías canónicas, que seguía a poemas sobre los traperos, el suburbio, los barrenderos, la última chaqueta del poeta... es una delicada sublimación de las materias humildes la de ese poema que indignará con el tiempo a un notorio poeta marxiano, perplejo porque el autor no hubiera sacado las conclusiones que podría haber sacado Brecht sobre las consecuencias miserables de la plusvalía. s frecuentemente asunto delicado el hecho de saber distinguir el sentido más saludablemente lúdico del rock and roll de la mera payasada, y es delicado porque cuando se confunden ambas cosas un concierto puede derivar en un espectáculo tan esperpéntico como el que ofreció Green Day el pasado martes en Madrid. El trío californiano fue durante años un referente en el revival punk- rockero de los noventa. Sus primeros discos y, en particular, el notable Doockie con el que tomaron al asalto las listas de éxitos de todo el mundo, estaban llenos de canciones infecciosas, directas, energéticas y vibrantes, y sus conciertos eran rotundos, poderosos y alocados. Ahora, poco después de que todo el mundo les diera prácticamente por muertos y enterrados, se han convertido en un gigante del rock internacional. Su último álbum, American Idiot una especie de ópera- rock en la que lo cierto es que se muestran bastante más inspirados que en sus decepcionantes anteriores entregas, se ha con vertido nuevamente en un sólido (e inesperado) fenómeno comercial, y, según lo visto la otra noche en el flamante Rockódromo madrileño, Green Day han perdido definitivamente el norte. O tal vez no... el caso es que el público que prácticamente llenaba el nuevo local madrileño se lo pasó en grande, de la misma manera, eso sí, que habría disfrutado de un encierro con vaquillas y sangría, una verbena en un pueblo de la costa o unas fiestas patronales. Vamos, que aquello pareció más una fiesta de fin de curso de algún instituto de la zona que un concierto de rock and roll. Y eso producía sensaciones encontradas: la buena noticia de una buena entrada de gente joven en un concierto de rock frente al hecho de que realmente el de Green Day difícilmente podía ser considerado como tal. Usaron todos los trucos y convenciones posibles, se aferraron a la faceta más pachanguera y vulgar de la música popular y convirtieron sus propias canciones en algo secundario. Fue divertida la idea de improvisar un grupo formado por tres chicos del público- -fue formidable sobre todo para el guitarrista, que se llevó a casa el instrumento de Billy Joe como inolvidable obsequio- -y, bueno, tuvieron su punto las explosiones y los fogonazos, pero de ahí a tocar Los Pajaritos al saxo hay un trecho. E