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6 Opinión JUEVES 30 6 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA DESMOND TUTU PREMIO NOBEL DE LA PAZ LA BATALLA DE TRAFALGAR C OMO los españoles somos así, gente elástica en los recuerdos y rígida en los entendimientos, podemos celebrar, incluso con alborozo, la batalla de Trafalgar. Poco importa que su segundo centenario no se cumpla hasta octubre, que su escenario no fuesen las aguas inglesas de Portsmouth y que por el combate, o de sus resultas, fallecieran Cosme Damián Churruca, Dionisio Alcalá Galiano y Federico Carlos Gravina, tres de los mejores hombres de nuestra Armada en todos los tiempos. La contemplación retrospectiva de la política nacional- -no confundir con la de la Historia- -es un ejercicio baldío que, de tener algún efecto benéfico, no será otro que la M. MARTÍN nostalgia. En consecuenFERRAND cia, y más en tiempos de cambio vertiginoso, no es cosa de tomarse demasiado en serio la contemplación minuciosa del pasado; pero, pregunto con intención retórica y sin esperanza de respuesta, ¿qué demonios pintaban nuestros barcos, el portaaviones Príncipe de Asturias y la fragata Blas de Lezo en los anticipados fastos que, a mayor gloria de la Corona inglesa, ha aprovechado Tony Blair para encalar la cuarteada fachada del laborismo británico en un fino ejercicio de birle conservador? Es muy difícil, en un país de cuya enseñanza media se ha arrancado de cuajo el conocimiento de la Historia, explicar lo que Trafalgar significó como gozne entre dos épocas. Para nosotros, el fin de un gran imperio; y para el Reino Unido, la consolidación de uno nuevo. Allí, con el almirante francés Pierre Charles de Villeneuve como uno de los nuestros, mientras las puertas de los acontecimientos batían sus hojas, se inició una nueva etapa que, no siempre con juego limpio, gastó un siglo en debilitar y diluir nuestra presencia americana, disminuir la expansión de la cultura francesa por el mundo e implantar el modelo anglosajón de dominio. Ese tan fino que, como bien sabe Miguel Ángel Moratinos, está dispuesto a considerarnos como iguales a poco que demostremos una actitud que les reconozca como superiores. Como demuestran los sucesos de cada día, el sentido nacional que nos agrupa, un poco por la ignorancia del pasado y un mucho por el interés de los nuevos caciques regionales, vive un momento de raquitismo. Pase, que es inexorable la condición variable de la Historia; pero pasar de eso, de la decadencia, a la solemne celebración internacional de nuestras derrotas media el abismo del sentido común. Aquí les debemos desde hace dos siglos un verdadero reconocimiento nacional a Churruca, Alcalá Galiano y Gravina- -ninguno inferior a Nelson- -e incluso a Villeneuve. Confiemos en que en octubre, en el verdadero aniversario del acontecimiento, con menos papanatismo internacional y más conciencia nacional, las cercanías del cabo Trafalgar, en Cádiz, sean escenario de algo parecido a un gesto de conducta patriótica y no subordinada. EL VALOR QUE LE DAMOS A LA VIDA El anterior obispo de Ciudad del Cabo reflexiona, a partir del trágico caso de Terri Schiavo, sobre el valor de la vida humana, sometida en África al azote del sida y complicada por la falta de alimentación que sufren las víctimas de esta pandemia OCAS situaciones en tiempos recientes han generado tanta controversia como la suerte de Terri Schiavo, a quien la Justicia retiró la alimentación asistida que la mantenía con vida. Nuestros pensamientos están con su familia y esposo, con quienes batallaron contra esta difícil decisión y con quienes lamentan su pérdida. Durante semanas, la suerte de Terri acaparó las primeras planas de los periódicos no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo, y captó niveles de atención política y religiosa sin precedentes. Al final, resultó buena toda esa atención, puesto que se reafirmó el alto valor que le asignamos a la vida y al principio de que no se debe tratar con ligereza. Terri se mantuvo con vida durante quince años gracias a una dieta líquida concentrada, rica en nutrientes, con un costo médico considerable. A mediados de los ochenta, al inicio de la pandemia de sida en Norteamérica y Europa, miles de enfermos que eran incapaces de digerir alimentos recibieron una dieta similar. Sin la alimentación asistida, también habrían muerto. Muchas de las primeras víctimas de la enfermedad sencillamente murieron de hambre porque ya no podían comer con normalidad. En Estados Unidos, el costo de mantener a un paciente bajo alimentación asistida en el ámbito hospitalario supera los 250.000 dólares al año; los costes de una atención domiciliaria, aunque menores, siguen siendo muy altos. Los contribuyentes de los países desarrollados jamás cuestionarían este gasto, ni deberían hacerlo. La vida no tiene precio, y no se debe evaluar desde la perspectiva de costo- beneficio. El debate en torno a Terri Schiavo era un debate básica- P mente moral, que sólo puede darse en el mundo desarrollado. Es un lujo que nosotros, en África, no podemos permitirnos. Para millones de familias afectadas por el sida en este continente dicho debate es impensable. Aquí, cada día, la única alternativa que les queda a muchos niños es ver morir lentamente de hambre a sus padres y sucumbir a infecciones que no pueden combatir por encontrarse demasiado débiles y desnutridos. Ningún país donante se ha comprometido con una campaña dedicada a nutrir a estas personas. Se han logrado compromisos loables para financiar antirretrovirales y la cantidad de personas que los reciben va en aumento, pero no se ha logrado que estos compromisos incluyan la financiación necesaria para asegurar que estos pacientes y sus familias reciban alimentación. Todo esto resulta difícil de comprender. Los políticos de los países desarrollados aún perciben el sida a través de la lente de sus propias experiencias. Simplemente, se asume que la nutrición está garantizada, y esto es un gran error. En África, los enfermos de sida que son admitidos en los hospitales llegan desnutridos y, desafortunadamente, no existe un mecanismo sistemático para atender sus necesidades. Todavía no se ha logrado un consenso científico sobre las necesidades especiales que se requiere atender, pero sí sabemos que una buena nutrición refuerza el sistema inmunológico y ayuda a las personas a combatir infecciones que resultan fatales para las personas con VIH. Sabemos también que el tratamiento antirretroviral tiene una -Despedir a un presidente que lleva veinte años gobernando una comunidad autónoma es reflejo de un pueblo sabio.