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68 MIÉRCOLES 29 6 2005 ABC FIRMAS EN ABC CARLOS MURCIANO ESCRITOR VINIENDO DEL OLVIDO Parece ser que Concepción de Estevarena escribía sus poemas en las paredes, los aprendía de memoria y luego los borraba. Su refugio eran los Velilla, una familia de poetas... UANDO Luzmaría Jiménez Faro, a principios de 1996, publica, en la colección Torremozas que ella dirige, el tomo I de sus Poetisas españolas- hasta 1900 reza el subtítulo- recoge, por lo que al siglo XIX respecta, sólo cinco nombres, frente a los doce del XVI y los siete del XVII. (El XVIII, con una presencia mayor de la prosa, los reduce, y no sorprende, a cuatro) Digo Gertrudis Gómez de Avellaneda, Carolina Coronado, Rosalía de Castro, Carolina Valencia y Concepción de Estevarena. Y es ésta la que hoy mueve mi pluma (no es frase hecha, porque con pluma sigo escribiendo en pleno XXI) ya que, con buen criterio, Jiménez Faro ha decidido, nueve años después de aquel panorama, volver sobre ella y dar a la luz, bien espigado, su único libro, Últimas Flores; libro que su autora no vio, porque manos amigas lo entregaron a las prensas tras su temprana muerte, ocurrida cuando sólo contaba veintidós años. Los nueve poemas que la representaban en aquella antología, son ahora treinta y tres. Estremece adentrarse en estos versos lastimados y som- C bríos, donde una muchacha en plenitud parece mirar a través de un cristal oscuro lo que la vida en derredor le brinda, lo que cualquier otra muchacha de su edad, ayer como hoy, llevaría a sus ojos y a sus labios como un ramo fragante. Había nacido en Sevilla, el 10 de enero de 1854. Tiene sólo diecisiete meses cuando el cólera le arrebata a su madre. Su padre, hombre de edad avanzada y severas costumbres, le prohibe escribir, su única ventana al mundo exterior, su única forma de ser alguien. Sabido es que la mujer del XIX era considerada por el varón, en general, como eje de la familia, como referencia hogareña, incluso como musa, mas no como escritora, mester masculino. Parece ser que Concepción de Estevarena escribía sus poemas en las paredes, los aprendía de memoria y luego los borraba. Su refugio eran los Velilla, una familia de poetas, porque lo eran la madre y los cuatro hijos (una de ellas, Mercedes, pasó a las antologías) Digo que estremece adentrarse en la poesía de esta muchacha, y es cierto, Los cielos y la tierra resplandecen, es la felicidad la que se acerca; cierro los ojos; respetad mi sueño; dejad que pase sin que yo la vea escribe. No anhela que la felicidad la alcance, sino que pase de largo y se aleje. Está tan convencida de que lo suyo son las tinieblas que esa luz puede dañarla. No es un ejemplo aislado; es una actitud, una aceptación resignada. No busquéis en mis ojos alegría, que siempre lloran aunque estén serenos dice en otro poema. ¿Fatalismo romántico? Palpable realidad. ...Que para dar la muerte a cada sueño hay una realidad sentencia. Soñar es, pues, vano. Para ella, el poema es espejo de un presente absoluto, cerrado y bruno. ¿De qué sirve el pasado, si no existe, y qué es el porvenir sin esperar? Que una muchacha de apenas veinte años no espere nada de su futuro es terriblemente desolador. Tiene veintiuno cuando su padre muere, en agos- LOLA SANTIAGO ESCRITORA PIROPO ACE un calor asfixiante... En días como estos el tiempo parece detenerse y sólo queda esperar que se dilaten bien los poros de la piel y poder respirar hasta con el alma. Acabas de regresar de una escapada a la playa y la brisa fresca del mar, a cualquier hora del día, contrastaba con estas temperaturas casi infernales. Esta oleada de calor que azota varias provincias, entre ellas tu Madrid de tus pecados lo hace menos piadoso, pero no menos bello. Recuerdas cuando entrabas con el taxi por su paseo de la Castellana, y te acogía en sus edificios modernos, diciéndote un hola que se le llenaban los cristales de todas las terrazas en su azul vespertino. Delante de mí, en la estación de Atocha, me ha parecido ver a un torero famoso y éste no sé por qué asociaciones extrañas ha traído a mi cabeza un paso de baile, más exactamen- H te del ballet de Víctor Ullate. Y de repente toda la compañía estaba puesta en pie interpretando las últimas coreografías que la trajeron a Madrid, al teatro Albéniz, hace poco, con toda su garra, con todo su poderío, triunfando plenamente. Sí, he podido ver este año cómo triunfaba el ballet contemporáneo español en la capital y su alto puesto en el mundo entero y he sabido al ver a sus representantes, por qué: Fuerza, ingenio, dominio técnico, y entrega, mucha entrega, siempre. Y cuando digo todo esto no sólo hablo del ballet de Víctor Ullate, sino del que dirige Nacho Duato y de otros, como el de Blanca Li que arrasó con sus nuevas coreografías y otras ya conocidas por su humor, agilidad y saber hacer. Nacho Duato que se presentó en el teatro Madrid, con toda su corte de bailarines y fans, triunfó también, a pesar de que una de sus coreografías era un poco tediosa. Pero al final su buen hacer técnico y la belleza del último número dejó bien claro quién es Nacho Duato y los que están con él. Todos ellos junto al gran ballet contemporáneo, ya aludido, de Blanca Li nos dieron la prueba de que la danza española contemporánea goza de una estupenda salud, siendo de los primeros por su calidad entre todos los posibles que haya en el mundo. Y esto se nos quedó corroborado en todos los que asistimos a estas jornadas de ballet en Madrid, que fueron jugosamente exprimidas y servidas en copa de lujo para regocijo de paladares exigentes. Nos dejaron en el alma muchas cosas, entre ellas las estelas de su arte y las ganas de volverlos a ver y a saborear cada escenografía como si de la última se tratara. La ola de calor va para largo, aunque dicen que bajarán las temperaturas dentro de un par de días, pero dure o no esta ola de calor, de lo que no hay duda es que aunque quiera volver a recuperar esos días playeros tranquilos y frescos, va a ser difícil, porque el tiempo oscila, varía, y estoy convencida de que aunque quede un resto de tranquilidad y de brisa, no será esa calma, esa frescura casi primaveral, de mitad de junio. to de 1875. Con él se le va todo, incluso la casa. Un pariente suyo, don Juan Nepomuceno Escacena, Chantre de la Catedral de Jaca, le ofrece asilo, y se ve obligada a aceptar, como única salida. La Sevilla de sus pocos amigos, cálida y acogedora, lenitivo al cabo de sus pesares, ha de trocarla por la fría ciudad aragonesa, de la que lo ignora todo. Los Velilla la despiden en la estación el 8 de octubre, justo dos meses después de su orfandad definitiva. Pero no llegará a Jaca hasta el 10 de noviembre, pues ha de detenerse en Madrid, enferma de tisis pulmonar. Sólo diez meses sobrevive en su nuevo destino. La enfermedad se agrava, al par de sus soledades y un clima hostil. El cementerio de Jaca, tan lejos de donde yacen los suyos, la desazona. Pero sabe que su final está próximo. Sus cartas a Mercedes Velilla van dando cuenta de su progresivo empeoramiento. El poema que le envía es del todo revelador: Una herencia de lágrimas amargas voy recorriendo entre penosas luchas; las horas que me quedan serán largas, mas presiento también que no son muchas En efecto, son muy pocas. Muere el 11 de septiembre de 1876, y es enterrada en el nicho 302 del cementerio de La Victoria un nombre que deja en nuestros labios una tristeada sonrisa. Sonrisa capaz de trocarse en lágrima, al comprobar cómo, en ese último poema, esta mujer derrotada y doliente, deja escapar, con su postrer aliento, su afán de quedar: Marcho ya por la senda del olvido como tú por la senda de la gloria; mas en la hermosa patria en que he nacido tú harás que no se extinga mi memoria Mercedes y los suyos lo intentan, al menos. Y un año después de su muerte, en 1877, editan en Sevilla estas Últimas Flores con los versos de Concepción y con una corona poética en su memoria; estas flores últimas que Luzmaría Jiménez Faro riega y hace aromar de nuevo, en un gesto digno de la mayor gratitud. Ella, aparte de la edición de 1877, hace constar las antologías en donde Concepción de Estevarena está incluida, escasas por cierto: la edición de 1880 de Escritoras Españolas Contemporáneas el tomo II de La Literatura Española en el siglo XIX del P. Francisco Blanco (1910) y Safo en Castilla de Vázquez de Aldana (1953) a ellas añadiríamos la obra de Josefina Romo Arregui y Diana Ramírez de Arellano, Poetas románticos desconocidos: Concepción de Estevarena de 1979. De la última dice Jiménez Faro: querida y recordada amiga que me pasó el testigo para que no se olvidara a Concepción Testigo que han tomado mis manos por un momento, llevadas de su poesía conmovedora. Contemporánea y paisana de Bécquer, con el que coincide en determinados puntos, dejó escrito: Distintas al nacer las hizo iguales su misma desventura Versos que pudieran aplicarse a las vidas- -y a las almas- -de estos dos sevillanos, con desigual fortuna en la apreciación popular. Pero Concepción de Estevarena merece profunda atención. Léala quien lo dude.