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72 DOMINGO 26 6 2005 ABC Cultura y espectáculos Jordi Mollá, interpretando a San Antonio de Padua, en un momento del rodaje El actor español mide sus fuerzas en Cinecittá con la personalidad arrolladora de Antonio de Padua, noble portugués y uno de los mayores intelectuales de Europa. El director Antonello Belluco seleccionó a Mollá por su interpretación en Dos policías rebeldes 2 Jordi Mollá, el guerrero de Dios TEXTO: JUAN VICENTE BOO, CORRESPONSAL ROMA. La vigorosa interpretación de Jordi Mollá como el cubano despiadado en Dos policías rebeldes 2 le ha traído como premio un cambio radical en su repertorio de actor. En lugar de encarnar a un delincuente, ahora mide sus fuerzas artísticas con un noble portugués justiciero y valeroso, que era modelo de elocuencia en ocho idiomas, desde el árabe al francés, y que fue uno de los mayores intelectuales en la Europa convulsa del siglo XIII. Aquel personaje se convirtió en uno de los santos más populares del mundo: Antonio de Lisboa, más conocido como San Antonio de Padua por el lugar de su última predicación y de su muerte. El director italiano Antonello Belluco vio en los ojos del bad boy Jordi Mollá toda la perfidia del mal, y por eso le eligió para representar la intensidad del bien. A diferencia del patético telepredicador de No somos nadie que era un producto de consumo light contemporáneo, meterse en el pellejo, o al menos en el áspero hábito marrón de Antonio de Padua, no está al alcance de cualquier actor. Pero el protagonista de Segunda piel y Son de mar había mostrado ya las tablas necesarias incluso antes de que su etapa americana- -desde el Blow de 2001 hasta El Álamo del año pasado- -le promocionase a nivel mundial y llamase la atención de Antonello Belluco, un director con una historia poderosa que contar, pero que no encontraba en toda Italia un actor lo suficientemente intenso para dar vida a Antonio de Padua. El personaje me fascina reconoce Mollá en el Estudio 5 de Cinecittá, mientras vuelve a secarse de la frente las oleadas de sudor que continúan aflorando después de rodar una escena de la enfermedad final de Antonio. Era una persona que caminaba, que trabajaba, que desbordaba una gran energía. No es una figura etérea. Aunque a veces buscaba la soledad para rezar, era un hombre práctico, un político, un combatiente Como tantos otros grandes personajes de la historia, Antonio de Padua es tan popular en lo anecdótico (el santo que encuentra las cosas perdidas o los novios de calidad) como desconocido en los rasgos fundamentales de su carácter o en la intensidad de una vida de sólo 36 años. Era un hombre que ponía toda su alma en levantar los ánimos a una mul- titud, pero también en devolver la sonrisa a una niña. En el legendario Estudio 5 de Cinecittá, dominado por una Asís medieval a cielo abierto, el director, Antonello Belluco, anuncia que el título final será Antonio, guerrero de Dios pues el primer largometraje cinematográfico sobre el santo presenta, sobre todo, el lado humano de una persona que se enfrentó desarmada a los poderosos usureros de Padua, de un fraile franciscano que criticaba ante el Papa las corruptelas de la Iglesia, y de un predicador itinerante que cautivaba con su palabra incluso a herejes y enemigos. Las viejas lacras de Padua- -como la usura o la explotación de los débiles- -en su momento de mayor esplendor siguen presentes, de otro modo, en las