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ABC DOMINGO 26 6 2005 Internacional GUERRA Y HAMBRE EN ÁFRICA 35 La esperanza del padre Carlos Yo no soy alguien especial, soy simplemente uno de los muchos que luchamos por y para la paz de esta generación afectada por la guerra afirma desde la humildad que le caracteriza este sacerdote madrileño llamado José Carlos Rodríguez. De complexión fuerte y mirada viva el padre Carlos lleva 16 años luchando para recuperar de las manos de la guerrilla a un número indeterminado de menores inocentes que han sido secuestrados por los rebeldes. La situación no es fácil. La realidad de los menores que logran huir o ser rescatados de la guerrilla es un calvario que tardan mucho tiempo en superar y no siempre lo logran. Según el padre Carlos, cuando estos chicos salen de la guerrilla, al huir o ser capturados por el Ejército, llegan completamente traumatizados. Muchos de ellos han sido obligados a asesinar a sus propios familiares y a atacar a sus propias aldeas. Esto les deja marcados por lo que cuando logran salir de ese infierno tienen una gran necesidad de rehabilitación y de volver a construir los lazos con sus comunidades de origen a las que a su pesar han tenido que atacar. Es gran tarea para la que hacen falta muchos medios Los que tienen suerte y llegan a manos de este religioso español o de alguna ONG internacional comienzan un camino lleno de dificultades y miedos hacia su rehabilitación, pero muchos otros simplemente son alistados de nuevo en el Ejercito ugandés y vuelven al frente de combate. Todos estos niños y niñas quieren salir adelante. El padre Carlos cuenta como ellos mismos cuando empiezan a tomar de nuevo las riendas de su vida, todos o la mayor parte de ellos, consideran que son los estudios la mejor forma para salir adelante, y es ahí donde les tenemos que apoyar timos diecinueve años ha llevado el miedo y el hambre al norte de Uganda. Sin un ideal político que justifique su lucha y sin un claro propósito militar, ha tomado como objetivo prioritario la esclavitud de menores para engrosar sus filas. Durante los ataques secuestrábamos el mayor número de niños y niñas posible, preferiblemente entre los diez y los quince años. Las mujeres, al margen de su edad, se convertían en las esclavas de los comandantes y a los chicos les dábamos un fusil y les enseñábamos a combatir nos cuenta Francis ex guerrillero del LRA. Su comandante en jefe es Joseph Kony, un psicópata criminal que dice ser el enviado de Dios y obliga a los menores a romper todo vínculo con su vida anterior. Para ello les fuerza nada más ser secuestrados a atacar su propia aldea, logrando con ello que el menor sólo vea como alternativa de vida la fidelidad al LRA. Al atacar tu aldea, atacas a los tuyos, a tus hermanos, por lo que nunca podrás volver y es entonces cuando sabes que lo único que te queda es la guerra, la guerrilla y lo importante es sobrevivir afirma Francis. Temido por sus hombres, que lo catalogan directamente de asesino Joseph Kony es, según aseguran los analistas, el único motivo por el que aún continúa la guerra en el norte de Uganda. El problema es Kony, aquí todo apunta a que pueda repetirse el caso de Angola. Con la muerte de Savimbi llegó la paz y aquí puede ocurrir lo mismo con la muerte de Kony asegura Lars Eric Sakansar. Edgard Kilagatama, ex niño soldado de catorce años Tienes que matar sin ningún motivo Testimonio de Edgard Kilagatama, de catorce años: Todos los días con los rebeldes es lo mismo, nos obligan a caminar muchísimo, caminamos hasta que sentimos que nos morimos. Nos hacen caminar de día, de noche, sin comer, sin beber, durante días. Nos obligaron a hacer cosas que jamás imaginé que podría llegar a hacer. Cosas que en mi casa nunca pensé que un ser humano podría llegar a cometer, sobre todo matar. Te adiestran para matar y tienes que matar a personas sin ningún motivo. Nos obligaban a golpearlas hasta matarlas porque si no lo hacías te mataban a tí. Tenía nueve años cuando me secuestraron, permanecí seis con la guerrilla, el último antes de escaparme estuve herido durante todo el tiempo, por una bala que me alcanzó en la cintura durante un combate. Todavía la tengo y aún me duele. Me llevaron a un campamento donde cuidan a los heridos, y fue ahí donde aproveché para escaparme