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6 Opinión SÁBADO 25 6 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA ENRIQUE PORTOCARRERO DIRECTOR DEL CÍRCULO DE EMPRESARIOS VASCOS PLAZA DE ESPAÑA P ARA buena parte de los madrileños voluntarios -quienes dejamos el pueblo y el terruño para militar de capitalinos- el Edificio España, con sus modestos 117 metros de altura, es el tótem de nuestra juventud. En él residía la gran diferencia aparente entre la villa provinciana y el falso cosmopolitismo que, cuando su inauguración- -en 1953- convertía a Madrid en un nido de águilas, siendo, como era, un parapeto para pardillos dispuestos a ser felices con un bocadillo de calamares- ¡cómo ha degenerado el género! -y una revista de Queta Claver o de Maruja Boldoba pasada por la censura de la moralidad obligatoria. El Edificio España ha M. MARTÍN cambiado de dueño. MeFERRAND trovacesa, esa compañía tan ruidosa en sus movimientos frustrados, se lo ha vendido al Banco de Santander, excluyendo el viejo Hotel Plaza, ahora Crowne, por 272 millones de euros. Cabe sospechar que la primera iniciativa del nuevo propietario atiende al mantenimiento del edificio. Hoy está más viejo y ajado de lo que le corresponde a su solo medio siglo de vida porque una de las malas costumbres nacionales es atender a lo nuevo en desprecio de lo que está ahí. El Edificio España y su vecino, la Torre de Madrid, son el decorado en el que el viejo Madrid de los chisperos y las manolas abandonó el sainete para entrar en la modernidad, lo que no es ni mejor ni peor sino lo nuestro. Yo no diré, como Baura, que uno de los encantos madrileños reside en que aquí se producen ruinas en muchísimo menos tiempo, y hasta con mayor contundencia, que en la vieja Atenas o en la más próxima Roma. Aquí la ruina, bien combinada con la zanja, la tunelación del Metro y cuantos impedimentos al tráfico es capaz de inventar el Ayuntamiento, forma parte del paisaje y se construye con sólo unos trienios de incuria, sin tener que esperar el paso de los siglos. Confiemos en que el Santander detenga el proceso de deterioro que ya se observa en el edificio para que pueda volver a ser, aunque bajito, una referencia inequívoca del perfil capitalino. Desde la cuesta de las Perdices viniendo de La Coruña, Madrid también tiene su skyline. La Torre de Madrid también está a la venta. La vimos crecer desde el centro de la Tierra, o un poco más acá, a través de unas ventanas abiertas en la tapia circundante para que disfrutáramos todos del espectáculo que, desde que se tiene memoria, más gusta por estos pagos: ver trabajar a los demás. Es cosa nuestra, que por algo a la plaza en que se instalan dos de los tres primeros rascacielos de Madrid- -no hay que olvidar el de Telefónica- -se la llama de España. Será hermoso ver que, con un poquito de mimo y restauración, vuelven por donde solían: por ser la imagen del futuro de la capital. Torre Picasso y sus cercanías también están muy bien, pero caen más cerca de Burgos que del Madrid propiamente dicho. LAS DOS ESPAÑAS La tensión generada por las exigencias nacionalistas, la revisión histórica programada por la izquierda y la reacción de la derecha amenazan, para el autor, el consenso civilizado con el que la Constitución enterró los demonios de nuestro pasado NO puede aceptar sin resistencia el viejo tópico amenazante de las dos Españas, ya que el mismo sirve por lo menos como admonición frente a esos políticos y ciudadanos de a pie que se empeñan en exacerbar las diferencias, ignorando que la modernidad sociológica de los españoles no está ya ni para enfrentamientos inciviles, ni para cismas sociales atizados por razones partidistas. Pero la verdad es que no existen dos Españas, seguro, sino una que sólo busca y quiere prosperidad y bienestar, además de seguridad y estabilidad. Obviamente, este último deseo no significa renuncia alguna al modo personal de ser y vivir, a la forma de expresarse o a la manera de sentir una propia identidad que en estos tiempos de mestizaje tiende a ser más bien diversa y dispersa. Simplemente, y como diría Laín Entralgo, se trata sólo del deseo de concertar y acordar un conjunto de modos de pensar y vivir, capaces de cooperar en aras de un proyecto y un bien común. Algo que no parece tan difícil de lograr, por lo menos a muchos españoles que no están dispuestos a vivir pendientes de un clima político irredento, de enfrentamientos constantes y de fulanismos permanentes. Sin embargo, está claro que no siempre esa necesidad material y espiritual de bienestar que tiene en la voluntad de concordia su objetivo intermedio es respetada en España o, por lo menos, bien considerada. Lo vemos en el ámbito de la política nacional, por ejemplo, donde ya son muchos y muy prestigiosos los U empeñados en resucitar viejos atavismos desde la izquierda, avivando también una revisión del consenso civilizado con el que la Constitución enterró los demonios de nuestro pasado más reciente. Lo mismo se hace desde la derecha, cuando se quiere convertir la unidad en uniformidad, estremeciendo al ciudadano ante el dudoso riesgo de una desvertebración que derivaría de un mayor grado de autogobierno para ciertas autonomías. En eso, en la miopía de una visión que recela de una realidad histórica española más descentralizada y acompasada con algunas legítimas aspiraciones regionales, se encuentra la fuente que nutre de radicalismo a muchos discursos nacionalistas. De igual manera, y en sentido inverso, la ambigüedad de un socialismo que promete la panacea de la comunión territorial con el único argumento del talante también produce inseguridad para muchos y, por supuesto, frustración para otros cuando el gesto es sólo eso, es decir, pompa y artificio. Como es natural, también es evidente que en esa vieja tensión española entre centro y periferia los nacionalismos más extremos juegan un papel disgregador que resucita el mito ya inexistente de las dos Españas. Es el caso de Cataluña, donde la modernidad de una convivencia civil, que hasta hace bien poco armonizó las aspiraciones del autogobierno con una voluntad integradora y solidaria de cooperación con España, se ve