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74 VIERNES 24 6 2005 ABC FIRMAS EN ABC RAFAEL DOBADO PROFESOR TITULAR DE HISTORIA E INSTITUCIONES ECONÓMICAS DE LA COMPLUTENSE RESPUESTA AL SEÑOR PUJOL La diferencia de producto por habitante entre las CCAA, o provincias, ricas y pobres es mucho menor que hace medio siglo. Ahora bien, siguen siendo claramente perceptibles: Tarragona todavía duplica a Badajoz... sustanciales. Es más, si bien la dispersión respecto a la media entre 1981 y 2001 se ha reducido sustancialmente, ello es a causa de lo conseguido hasta 1993. Desde entonces, la dispersión aumenta ligeramente o se mantiene constante, pero no se reduce. Esto es, confirmando lo observado en relación con el producto per capita, los avances en términos de igualdad interregional de DH se han detenido hace más de una década. Al observar el DH de las CCAA españolas en perspectiva internacional se percibe la intensidad de las diferencias todavía existentes y lo lejos que estamos de la situación casi idílica de igualdad que habríamos alcanzado según el señor Pujol: Madrid se situaría por delante de Suecia; el País Vasco y Navarra estarían entre Japón y Finlandia; Cataluña se aproximaría mucho a Italia; Castilla- La Mancha, Murcia, Andalucía y Extremadura quedarían por detrás de Portugal, no lejos de Argentina o Chile. Si atendemos a otras variables significativas, como la densidad de población, la producción por unidad de superficie, el stock de capital y hasta la tasa de suicidios, las diferencias inter- territoriales siguen siendo claramente perceptibles. Cabe también preguntarse si los avances, aunque limitados, en términos de convergencia interregional o interprovincial se deben al esfuerzo de contribución solidaria de algunas Comunidades Autónomas, y muy especialmente de Cataluña Ciertamente, la redistribución intra- española ha tenido un papel, pero tampoco convendría supravalorarlo. No deberían olvidarse las ayudas europeas, de las que poco cabe esperar en el futuro, aspecto éste que deberá ser bien tenido en cuenta en cualquier reforma del modelo de financiación de las CCAA. Además, a la vista de la evolución de la- -limitada- -convergencia entre los territorios, no cabe R ECIENTEMENTE, en la Tercera de ABC (16 VI 2005) el señor Pujol reclamaba una financiación más justa de la Autonomía catalana No creo traicionar el sentido de sus palabras al señalar que su propuesta de repensar el concepto de solidaridad debe entenderse como una invitación a que se acepte una menor contribución de Cataluña a la caja común española. Proviniendo de un destacado nacionalista catalán, la propuesta no debería sorprender a nadie. Algo bien distinto es que sus argumentos resulten indiscutibles. Si he entendido bien su razonamiento, la reducción de la solidaridad catalana con el resto de España vendría justificada principalmente porque: 1) ya no sería necesaria, pues una prolongada política de redistribución inter- territorial habría logrado un nivel aceptable de igualación entre nuestras comunidades autónomas (CCAA) 2) la solidaridad catalana ha tenido un papel protagonista en dicha igualación; 3) la no particularmente positiva evolución económica de Cataluña en los últimos tiempos estaría causalmente relacionada con ese excesivo esfuerzo solidario con las restantes CCAA. Es mi intención en lo que sigue discutir la verosimilitud de dichos argumentos. Respecto a la aproximación- -convergencia- -de los niveles de bienestar de nuestras CCAA, no parece que, a la vista de los datos disponibles, el panorama descrito por el señor Pujol refleje fielmente la realidad. Ciertamente, la diferencia de producto por habitante entre las CCAA, o provincias, ricas y pobres es mucho menor que hace medio siglo. Ahora bien, siguen siendo claramente perceptibles: Tarragona todavía duplica a Badajoz y casi lo mismo puede decirse de la comparación entre Gerona y Cáceres (Contabilidad Regional de España, INE, Avance de 2003) Esto es, las diferencias entre dos de nuestras provincias más ricas y las dos más pobres es similar a la existente entre España y Polonia o Argentina en 2002 (Informe sobre el Desarrollo Humano, PNUD, 2004) Esa distancia económica entre territorios españoles puede ser considerada aceptable o no, pero es la que es y, aunque menor que décadas atrás, difícilmente se corresponde con la imagen de cercanía que el señor Pujol quiere trasmitirnos. Por otra parte, la reducción de las di- Las diferencias entre dos de nuestras provincias más ricas y las dos más pobres es similar a la existente entre España y Polonia o Argentina en 2002 ferencias fue mucho más rápida durante las décadas de transformación económica intensa anteriores a la LOFCA que más tarde. Por tanto, convendría no exagerar los efectos igualitarios del sistema vigente durante las últimas décadas: la dispersión respecto a la media nacional- -una aproximación a la desigualdad- -de los productos por habitante provinciales era, en 2003, sólo muy poco menor que veinte años atrás y casi idéntica a la de comienzos de la década de los noventa. Ciertamente, en términos de renta disponible, el panorama es un poco más igualitario, aunque todavía alejado de la impresión que se desprende de las palabras del señor Pujol, pues la ratio entre las regiones más rica y más pobre aun equivale a la que separa a España de algunos de los países de Europa oriental recientemente incorporados a la Unión Europea. A este respecto, resultan muy ilustrativos los datos que ofrece un detenido estudio sobre el desarrollo humano (DH) en España publicado (Capital Humano y Desarrollo Humano en España, sus comunidades Autónomas y Provincias, IVIE, Valencia, 2004) Este indicador que, además del PIB, incluye la salud y la educación, viene a confirmar que los indudables logros del pasado no carecen de límites: a excepción de Baleares y Asturias, las CCAA que estaban por encima de la media española en 1981 (Madrid, País Vasco, Navarra, la Rioja, Aragón, Castilla y León y Cataluña) lo siguen estando en 2001; ninguna de las que estaba por debajo de la media nacional en 1981 (Galicia, Comunidad Valenciana, Canarias, CastillaLa Mancha, Murcia, Andalucía y Extremadura) ha logrado dejar de estarlo en 2001) Así, las posiciones relativas no experimentan modificaciones Debe ponerse en duda la culpabilidad de esa supuestamente excesiva solidaridad en el declive económico relativo de Cataluña. Una indagación detenida de las causas del éxito histórico comparativo de Cataluña tal vez moderaría ciertas autoestimas excesivas sino concluir que ésta fue mucho más intensa cuando fue impulsada por la mera dinámica del sistema económico en forma de masivos desplazamientos de población que en los últimos tiempos. Así, algunas regiones se han aproximado en renta a otras pero han visto reducirse sus poblaciones hasta extremos ciertamente preocupantes para su viabilidad futura. Deberíamos preguntarnos, pues, por el auténtico efecto de esa solidaridad de la que habla el señor Pujol sobre una convergencia todavía bastante incompleta y que se ha logrado gracias a la casi desertización económica y demográfica de amplias áreas del país. Razón por la que algunos historiadores económicos han acuñado términos como los de convergencia aparente o por defecto Por otra parte, sea cual sea la contribución- -más bien pequeña, en cualquier caso- -de la solidaridad a la convergencia, la mayoría de balanzas fiscales ponen de manifiesto que Cataluña no sale peor parada que otras comunidades relativamente ricas de régimen común y, en particular, que Madrid. Es por ello que debe ponerse en duda la culpabilidad de esa supuestamente excesiva solidaridad en el declive económico relativo de Cataluña. Una indagación detenida de las causas del éxito histórico comparativo de Cataluña tal vez moderaría ciertas autoestimas excesivas. Pero más interesante que la discusión sobre el pasado es la comparación presente con Madrid. ¿Por qué esta comunidad, cuya contribución a la caja común excede ampliamente a la de Cataluña, viene creciendo más en una España cada vez más abierta y descentralizada y menos intervencionista? Por el interés de todos, la respuesta debería ser objeto de atención detenida. El mayor peso de la industria, que tan beneficioso fue para Cataluña en otra época, puede formar parte de la explicación. Pero seguramente también deba incluirse en ella las políticas de la Generalidad. ¿Se ha hecho un examen minucioso de su gasto y de su gestión? Parecen existir indicios de que los criterios de eficiencia económica no siempre han primado en uno y otra. A estas alturas, ha llegado el momento de ocuparse no sólo de los ingresos autonómicos sino también de la forma en que se utilizan. En lo que indiscutiblemente sí tiene razón el señor Pujol, aunque él lo sugiere con gran cautela, es que cualquier arreglo razonable del enmarañado asunto de la financiación autonómica pasa por una reconsideración del régimen foral. No resulta de recibo la excepcionalidad de que, por motivos dudosamente legítimos en un Estado democrático, gozan algunos ciudadanos españoles, que, por otra parte, son relativamente ricos. Ello explica la falta de simetría de un sistema en el que son sólo unas pocas CCAA las que ponen en la caja entre ellas Cataluña, aunque no sola ni en la mayor medida, y muchas, no sin justos títulos y en proporciones variables, las que sacan