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ABC VIERNES 24 6 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EL SÍNDROME DE AYAX POR J. J. ARMAS MARCELO ESCRITOR Casi siempre la erótica- -y la esclerótica- -del poder lleva a quien lo detenta durante un tiempo a cometer el exceso de la soberbia, consistente en no atender a quienes ayer y hoy mismo le recomiendan con sabiduría que traduzca las señales de humo de la realidad... L final de la guerra de Troya, en la muerte de Aquiles, el general Ayax esperaba la herencia deseada: las armas del héroe de los pies alados. No sólo creía que las merecía, sino que le correspondían a él, por ley, por tradición y por encima de cualquier otro general de la coalición vencedora. Pero no contaba con la proverbial astucia de Odiseo, ni con la voluntad de los dioses, que suelen ser tan caprichosos a la hora de sus dádivas como crueles al repartir los castigos. En esa ocasión, Atenea aconsejó a su ahijado Ulises, le sugirió los pasos que había que dar para quedarse con la herencia de Aquiles y lo condujo, paso a paso, por el camino adecuado para lograr su objetivo. El desventurado Ayax, un tanto primario y en esos momentos entusiasmado con su soberbia de general victorioso, no es capaz de percibir cuanto le fraguan en su entorno los poderes terrenales y los sobrenaturales. Y no entra en sus cálculos la tragedia que lo ronda hasta doblegarle su destino. Sófocles lo cuenta en uno de sus textos teatrales, realmente magistral, y describe la demencia del general en el instante en que cae en la cuenta de que ha perdido las armas de Aquiles. Se vuelve loco, la ira domina todas sus acciones, pierde la voluntad de los dioses que lo propician como favorito, al abstenerse de protegerlo, y el héroe cae en el infierno tan temido: el pecado de hybris, la soberbia que lo llevará a la muerte. Algunos de los episodios de la locura del Ayax escrito por Sófocles (el furor guerrero con que arremete contra la despensa necesaria de los ejércitos, arruinando agua, vino y alimentos, por ejemplo) fueron tomados por Cervantes para adjudicárselos a la eternidad de su caballero andante, por donde se demuestra una vez más que en la mejor literatura lo que no es tradición, e hijo dilecto y directo de cien padres, es plagio. O préstamo. O intertextualidad, según se mire o queramos mirarlo. Además, la aventura del Quijote y su tragedia, y la historia de Ayax y su muerte, se producen a través de parecidas metamorfosis y procedimientos mentales, con las mismas obcecaciones visionarias: la locura, que tanto elogió Erasmo, y la recuperación de la cordura al final de la escapada, que tanto han aplaudido como catarsis obligatoria ciertos exégetas cervantinos. A modo que el complejo de Ayax es pariente cercano del que parece que padece don Quijote, lo que llamamos quijotismo, pero ambos consiguen- -Ayax y el Quijote- en su esfuerzo por la victoria, entronizarse en su eternidad esencial con la rara característica de la excelencia. Se sabe que lo importante en política, así en la paz como en la guerra, no sólo es saber estar sino sobre todo saber salir. Y una vez le oí decir muy serio a Belisario Betancurt que en Colombia, con ser muy importante llegar a ser presidente, lo más importante era llegar a saber ser ex presidente. Pero casi siempre la erótica- -y la esclerótica- -del poder lleva a quien lo detenta durante un tiempo, más o menos prolongado, a cometer el exceso de la soberbia, consistente en no atender a quienes ayer y hoy mismo le recomiendan con sabiduría que traduzca las señales de humo de la realidad, que no pervierta su sentido común y la mesura natural, y que no se deje llevar por el vértigo enloquecido del gobierno- -memento mori- -perdiendo el horizonte entre el cielo que habita y el suelo del que procede y al que volverá sin remisión. Y ocurre en la historia y en la vida lo mismo que describe la literatura universal: que la soberbia nubla la mente de quienes parecían sabios en un momento determinado, y que si la carne de los mortales es débil, mucho más frágil es el alma de los poderosos cuando, atacados de soberbia, pierden pie, se obnubilan, fracasan en el poder y terminan por volver- -pero mal- -a la mortalidad del común. hasta por sus compañeros políticos, anduvo un tiempo en el desierto y eligió después la creación de un nuevo partido que, al principio, parecía crecer con desmesura. La realidad demostró, en un par de años, todo lo contrario. Entonces Suárez asumió con inusitada y ejemplar dignidad, hasta estos aciagos momentos para él, su familia y quienes nos consideramos y somos sus amigos de siempre, lo que Belisario Betancurt estipulaba como el mejor galardón: después de haber sido un gran presidente, saber ser grande como ex presidente, abandonando el peligroso síndrome de Ayax. En el caso de Calvo- Sotelo, sucesor de Suárez en la jefatura del gobierno democrático español, no hubo problemas de ninguna índole: se supo tan breve como su paso por la Moncloa y asumió su papel de ex presidente de una manera natural, sin ínfulas ni complejos trágicos, hasta consolidarse en un discreto papel histórico. El final de Felipe González fue tan lento, infeliz y evidente como patética- -pero también lógica- -su caída presidencial. Hasta sus intentos sucesorios por mantener en el cargo a algunos de sus favoritos resultaron inútiles y, al final, una peligrosa deriva para su propio partido. Ha pasado ya un tiempo tan prudencial como largo para que el ex presidente haya asumido su papel de pasado político lejos de las ambiciones que provoca el síndrome de Ayax. Pero durante años (y, a veces, todavía se le nota el rictus) el complejo del griego sin la herencia de Aquiles le torció el gesto hasta desfigurarle la cara y sufrir una irritación que, al menos desde el punto de vista psicológico, atribuía a la pérdida injusta del poder gubernativo a manos de un ser que, como es hasta natural en quienes padecen temporalmente el complejo de Ayax, González ha considerado y sigue considerando muy inferior a él, al contrario que millones de ciudadanos españoles. El caso de Aznar es, en cierta medida, paralelo al de González. Se sabe ex presidente, pero sin abandonar las tentaciones del poder, y no asume del todo el papel de protagonista pretérito del poder. Parece entender, como bastantes ciudadanos españoles, que fue tan injusta como trágica y manipulada por sus adversarios políticos su voluntaria salida del poder y, sobre todo, el final del poder gubernativo del partido que lideró y cohesionó con tanta brillantez durante los años dorados, hasta que la soberbia del poder (dos años antes del final) le hiciera perder pie frente a la realidad cotidiana. Y en estas estamos, entre el síndrome de Ayax y la celebración del centenario del Quijote. Nada por lo que debamos rasgarnos las vestiduras más de la cuenta. Nada nuevo, en fin, bajo el sol. La democracia española nos da sobradas muestras de la reiteración del alma humana cuando se mira más de la cuenta en el espejo del poder político. A la salida de su presidencia, Adolfo Suárez, después de haber sido vapuleado- -hasta la dimisión- -por sus adversarios y En el Ayax, como en el Quijote, el regreso al tino reclama el final de la locura y la sensatez de la muerte, el merecido descanso del otrora loco. No hay otra salida. Encima, en el Quijote, como en el Ayax de Sófocles, la locura es el motor de la aventura trágica del caballero, lanzado por el rayo de su propio iluminismo a la conquista de un mundo que lo sobrepasa. De