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ABC JUEVES 23 6 2005 Madrid 47 El establecimiento, un clásico de la ciudad, es, desde hoy, historia Madrid Rock echó ayer el cierre definitivo, lo que supone que casi 50 empleados se queden en la calle Réquiem en Gran Vía TEXTO: C. H. FOTO: JULIÁN DE DOMINGO Igor Shchurovsky Violinista de la calle Lloré cuando dejé la orquesta de San Petesburgo Han sido las primeras semanas que trabajo en la calle. Es difícil porque está prohibido poner equipos de amplificación y tocar el violín, pero se debe hacer para ganarse la vida. El primer día estuve nervioso; me sentí solitario, pero, con el acompañamiento musical, me tranquilicé. La Policía, a veces, molesta, pero yo los entiendo: hacen su trabajo y yo el mío. Me gusta tocar en la calle cuando está tran- quila, pero no me agrada cuando la gente sólo se acerca a molestar. Soy un profesional del violín. En Rusia toqué 21 años e incluso fui parte de la orquesta de San Petesburgo, pero la tuve que dejar porque el salario no me alcanzaba. Lloré cuando renuncié. Aún no tengo mis papeles en regla y tengo que tocar en las calles para tener dinero. Hasta ahora me gusta, pero no quiero hacerlo toda la vida. Siento que a las personas les llega mucho la música clásica y yo comparto ese sentimiento. Nunca cambiaré por temas comerciales. Mientras interpreto mi repertorio, sobre todo composiciones de Bach, no se admite pensar. Tal vez estoy cantando en silencio. Mi futuro ideal es tocar en una orquesta en Madrid, pero sé que es difícil entrar en una MADRID. Por tan esperada no dejó de ser dolorosa la jornada de ayer. Después de cuatro meses de litigio, nada pudo hacerse, y la tienda de música por excelencia en la capital, Madrid Rock, se marcó su último riff a la par que su portón gris caía para siempre a los pies de la Gran Vía. Casi un cuarto de siglo a lomos del pentagrama que pasa a la historia, pero, lo que aún es peor, 46 personas que ven cómo se quedan en la calle tras vanos intentos de reflotar el negocio. Según sus propietarios, no se trata más que de la sangrante consecuencia de la piratería musical, que campa a sus anchas en la propia puerta del establecimiento. Pero los empleados consideran que, detrás de todo, se esconde una operación urbanística, puesto que el local, en plena Gran Vía, es un dulce al que pretenden varias importantes firmas textiles. Digan lo que digan los sindicatos, cerramos sólo por la piratería Tenemos varias ofertas por el local, pero no hay nada decidido dijo a Ser- vimedia el director de la tienda, Miguel Ángel Moreno. Miguel Ángel Domínguez, uno de los 11 empleados que se han quedado para hacer la liquidación final, niega la versión de los propietarios y reafirma su convencimiento de que el cierre obedece únicamente a una clara operación inmobiliaria. Prueba de ello es que presentaron un expediente de regulación de empleo a la Comunidad de Madrid, el cual les fue desestimado. No ha habido una caída acusada de ventas ni el negocio iba mal señaló el trabajador. La empresa ha pactado con la mayoría del medio centenar de empleados una indemnización de 45 días por año trabajado. Podíamos haber sacado mucho más, pero las cosas son así dijo Domínguez, que defendió en vano junto a otros compañeros 80 días por año y una indemnización por trabajador de 8.000 euros. La propiedad dice que se va con la conciencia tranquila: No somos sólo nosotros los que estamos sufriendo el top manta y la piratería