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70 Tribuna MIÉRCOLES 22 6 2005 ABC UNA TESIS DOCTORAL JOSÉ LUIS M. ALBERTOS PERIODISTA CARTA A JAIME CAMPMANY ANA ROSA CARAZO CATEDRÁTICA DE LENGUA Y LITERATURA ESPAÑOLAS N junio de 1989, Jaime Campmany publicó aquí una de sus Escenas políticas bajo el título Sala de grados En este artículo daba cuenta, con la soltura y socarronería en él habituales, que unos días antes- -concretamente, el 12 de junio- -había tenido que acudir de nuevo a la Universidad no como alumno repetidor, que es lo que uno merece, sino como objeto de estudio, como asunto entre doctores, como argumento de tesis doctoral Efectivamente, en el salón de grados de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense se defendió aquel día una tesis doctoral presentada por una profesora peruana Fabiola Morales, de la Universidad de Piura, titulada Recursos de humor en el periodismo de opinión. Análisis de las columnas periodísticas. Escenas políticas (1987) El trabajo mereció la calificación de Apto cum laude, la máxima nota posible en aquellos años. Y hay que añadir que esta tesis logró superar el dificultoso umbral de los trabajos universitarios brillantemente inéditos, para convertirse años después en un excelente libro de consulta para estudiantes de periodismo, poco conocido en España por las obvias razones derivadas de su lugar de publicación. Dejaré aquí su referencia para quien tenga curiosidad: Fabiola Morales Castillo (1999) El recurso del humor en el periodismo de opinión, Universidad de Piura (Perú) 399 págs. Col. Persona y Comunicación. Como dato adicional, ya fuera del ámbito académico, es interesante saber que su autora es actualmente congresista de la República peruana y portavoz en el Congreso del grupo parlamentario Unidad Nacional. Yo estaba allí- -sigue diciendo Campmany, materia prima del estudio- en la sala de grados, como sentado en el banquillo de la gloria o en la mesa de operaciones de la ciencia, mientras escuchaba a la doctora Fabiola Morales, mejor dicho, doctora todavía no, sino doctoranda, clasificar mis recursos humorísticos apli- E cados a la ciencia política, y me parecía asistir a la clasificacion de insectos desconocidos para mí, esos insectos extraños del verano en el monte, como si me estuvieran despiojando en público de parásitos insospechados Realmente, como dice líneas más adelante, aquello fue una verdadera fiesta intelectual. Yo desempeñaba un papel de actor invitado en mi calidad de director de la tesis, pero allí intervinieron con extraordinaria brillantez y sabiduría científica- -desde la doble perspectiva de la Retórica clásica y el Periodismo contemporáneo- -ilustres profesores como José María Desantes, Antonio Roldán, Enrique de Aguinaga, José Julio Perlado y José López Yepes. El acontecimiento tenía un elemento poco habitual en esta clase de actos universitarios, ya que los asistentes al festejo estábamos ante una de esas pocas tesis que pueden llamarse de cuerpo presente, según el profesor Aguinaga, porque el objeto de ella se encontraba allí, vivo y presente, en la sala de grados. Ahora que Jaime Campmany ya no está entre nosotros, vivo y presente como en aquella inolvidable defensa de tesis doctoral de una destacada investigadora peruana, me resulta gratamente emotivo recordar aquí uno de los escasos contactos que tuve con él. Para mí fue, sin duda alguna, un periodista que debe ser valorado como un hito difícilmente igualable por su calidad literaria, demostrada a lo largo de los últimos cincuenta años. Y también un hombre profundamente cordial y dotado de una amistosa retranca sanchopancesca. Estos días se ha escrito que Jaime Campmany ha sido, como periodista, el mejor prosista de la derecha y, como persona, un ser humano hondamente civilizado. Yo suscribo ambas afirmaciones y añadiría que Jaime Campmany era, sustancialmente, un hombre civilizado al modo mediterráneo de los antiguos humanistas del Renacimiento: culto, liberal e insaciablemente curioso ante todo lo que le rodeaba. I querido Jaime: Hace exactamente tres semanas nos encontramos, de pronto, en la fiesta que ABC ofrecía a colaboradores y gente de la Casa. Yo acababa de llegar, despistada como siempre, con mi nieta Irina- -Gregorio estaba en América- -y, de repente, te encontré frente a mí, tu sonrisa cordial, tu oriental mirada, tu silueta oronda ante mis ojos interrogantes y cegatos. Es Campmany me susurró mi nieta. Ya tú y yo habíamos intercambiado los besos de cortesía, pero, al saber que eras tú, tú mismo, tú en carne y hueso, no pude contener la alegría de ¿verte? de nuevo y con el impulso irrefrenable de mi admiración y de mi cariño, te propiné otro par de besos conscientes y fervorosos. No te había visto desde aquella noche magnífica en que presentaste el primer tomo de tu historia de España romanceada y, aunque nos habíamos hablado por teléfono, recupe- M rarte in praesentia fue un verdadero gozo. Como siempre, te sentí cercano, jovial, tan agudo en anécdotas y comentarios, tan rebosante de humanidad y de sencillez que me enorgullecí como nunca de ser tu amiga. Como había estado tan preocupada por el arrechucho que nos dejó sin tu columna unos cuantos días este invierno, saberte allí, tan lúcido y lucido como siempre, sentí esa honda gratitud que nos habita cuando comprobamos que el diario placer de la lectura de tu columna iba a iluminarnos otros ochenta años... Por eso, al oír la noticia de tu muerte a las tres de la madrugada de un día para mí radiante y jubiloso, San Antonio, el santo familiar, la fiesta grande de los Salvador y de los Rosa, se me rompieron todos los esquemas, el mundo se entenebreció, porque la luz, toda mi luz se apagó de pronto. Toda la noche, hasta la amanecida, estuve velando tu muerte en la oscuridad y en el silencio de mi alcoba. Después no tuve fuerzas para acudir a ofrecerte un beso de despedida, ese beso del alma que tiene sabor de eternidad. Tal vez esta carta pueda llevártelo allá, donde quiera que estés, seguramente en un jardín inmarcesible florecido de palabras y de versos, porque para ti eso es lo que forzosamente tiene que ser el Cielo. Se me rompieron todos los esquemas, el mundo se entenebreció, porque la luz, toda mi luz se apagó de pronto EN MEMORIA Y DESCARGO JOSÉ AGUILAR JURADO (FRAY JOSEPHO) ESCRITOR Es pócima la muerte siempre amarga; el más profundo sueño, y el más largo; el más irrenunciable y triste cargo, y la última emoción que nos embarga. Es el alivio, acaso, de una carga; el despertar, tal vez, de algún letargo; dar cuenta al fin, quizá, del sumo encargo, sin yelmo, sin lanzón y sin adarga. La muerte no se aplaza ni posterga; no admite, cuando llega, que se alargue la vida, pues la quita quien la otorga. Ya en ABC su genio no se alberga. Lloremos a don Jaime. Y no le cargue mis versos al maestro, amigo Astorga. Fray Josepho E N el ABC del martes 14 de junio, entre los artículos publicados en memoria de Jaime Campmany, figuraba uno titulado Jaime I, el versificador El autor, A. Astorga, habla de la maestría de don Jaime como poeta satírico, y reproduce un par de poemas míos, lo cual me llena de orgullo. Siempre he agradecido a don Jaime Campmany la oportunidad que me dio de debutar en la prensa cuando, hace ya algunos años, acogió mis colaboraciones satíricas en la revista Época También me hizo el honor de prologar una recopilación de mis versos que se editó por entonces. El caso es que algunos amigos, tras leer el artículo de A. Astorga, me han hecho notar que da la sensación de que el autor toma a Fray Josepho por un pseudónimo de Jaime Campmany. Recuerdo que en el desaparecido diario proetarra Egin también se publicó en tiempos un error semejante, en términos evidentemente menos elogiosos y más inquietantes que los que nos ocupan. En fin, cosas de las sátiras y los pseudónimos. El motivo de esta carta es deshacer el equívoco que, efectivamente, se desprende del artículo publicado en ABC. Ya quisiera yo tener la habilidad, el ingenio y la gracia del maestro, en cuyo homenaje he escrito este soneto: