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ABC MIÉRCOLES 22 6 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC ¿QUÉ OCURRIÓ EL 18 DE JUNIO? POR ÁLVARO DELGADO- GAL ESCRITOR Y PERIODISTA Un cotejo somero permite comprobar que los progresistas están trasladando a la soberanía popular los atributos tradicionales de Dios, cuyos decretos insondables lo determinan todo, incluido qué es el bien. Descartes fue más allá... A manifestación del 18 de junio contra el matrimonio gay se ha visto adornada por disparidades contables absolutamente fantásticas. El Delegado del Gobierno estimó en 150.000 el número de concurrentes, contra el millón y medio reivindicado por los organizadores. El fundamento de estas discrepancias es claro. Las autoridades desafectas a la causa de los manifestantes tasan muy por bajo la multitud que se ha reunido en la calle, mientras que los organizadores, por espíritu de compensación, prefieren tirar por lo alto. Sugiero un arreglo entre caballeros, que se aplique de oficio en el futuro: aceptaremos que unos cuenten cero, y otros infinito. Fuera bromas, acudió muchísima gente. Y no sólo porque la Iglesia sigue siendo un agente social formidable, sino también porque el contencioso del matrimonio homosexual levanta pasiones. Pasiones ideológicas, y en absoluto pueriles. L Por desgracia, la polémica ha adquirido un giro predominantemente lingüístico. Los conservadores sostienen que por matrimonio ha de entenderse lo que de momento reza el diccionario: unión entre hombre y mujer. El argumento, enunciado así, no es bueno. Si en su próxima edición el D. R. A. E. mudara la definición de matrimonio persistiría el contencioso, de donde se desprende que éste no gira meramente sobre la acepción de una palabra. La objeción conservadora es susceptible, con todo, de una formulación mejor, y contigua asimismo a la lengua. Desde un punto de vista histórico, la institución matrimonial ha servido para ordenar los deberes y derechos que se siguen de la reproducción. De aquí no cabe deducir, claro está, que sólo se admita el matrimonio entre personas que van a reproducirse, o cuyo propósito sea el de generar descendencia. A veces se casan individuos muy añosos, y por añosos, infértiles. Y otras veces se casan individuos que, siendo fértiles, no tienen intención alguna de fundar una familia. En cierto sentido, estas personas se acogen a un marco institucional dado para iniciar proyectos vitales que no estaban previstos en el diseño primitivo. Quienes afirman no comprender la posición de los conservadores recuerdan esta circunstancia y se preguntan por qué dos homosexuales han de quedar excluidos de un arreglo que se admite en el caso de dos solteros de ochenta años o de dos jóvenes rompedores que valoran por encima de todo su carrera profesional y rehúyen desviar sus energías hacia la crianza de los hijos. Esta réplica no recoge el pensamiento de fondo de los conservadores. En efecto, el Derecho sólo es finalista parcialmente. Es decir, no garantiza que una institución no pueda ser adaptada por un individuo a funciones o empeños personalísimos e inesperados. Imaginen ustedes que yo me inscribo en un club de tenis. Tal vez me he inscrito porque me gusta la comida que sirven en el restaurante del club; o me he inscrito en el club con el designio sincero de jugar al tenis, designio que por los motivos que fuere no termino de llevar a cabo. No por ello seré expulsado del club. Hasta ahora, va todo como una seda. Resultaría sin embargo desconcertante que un club de tenis inaugurara sus instalaciones en los pagos correspondientes a un club de regatas. O sea, en mitad del agua. Esto sería percibido como un disparate, o como una ironía necesitada de una dilucidación ulterior. Los parciales del tenis harían explícito su malestar señalando que tenis no significa impulsar una canoa con remos o navegar a vela Su inquietud, de raíz no léxica, sería formulada como una perplejidad léxica. Otro tanto en lo que toca al matrimonio homosexual. Muchos heterosexuales se casan aunque no esperen ser padres o madres. Pero desplazar la composición del matrimonio fuera de las categorías biológicas que hacen la procreación posible suena raro. No parece una maniobra que se explique por sí misma, sino la premisa parcial de un silogismo todavía por desarrollar. El silogismo, desarrollado, es coherente, como defenderé dentro de un rato. El que sea coherente, no obstante, no implica que sea convincente. Creo que en algunos aspectos no lo es, y en esta medida sintonizo con los que se unieron a una manifestación a la que yo preferí no ir por razones que ahora no vienen al caso. El quid de la cuestión nos remite, sin ambages, al Derecho Natural. de dos principios. El primero, presente ya en la edad clásica y en la teología política medieval, coloca ciertos derechos incondicionales por encima de las normas y decretos dimanantes de los diversos derechos positivos. El Derecho Natural integra la referencia, el listón, con respecto al cual deben medirse las decisiones del príncipe, y en parejo sentido restringe, o limita idealmente, a este último. El segundo principio, que se apunta en la escolástica y adquiere momento imparable a partir, más o menos, de la idea de contrato según fue pensada por los tratadistas barrocos, invoca y en cierto modo inaugura los derechos individuales. Los individuos, sueltos en estado de naturaleza, ceden sus derechos al soberano, o bien, en la versión liberal, confían con cláusulas de reserva la defensa de sus derechos al soberano. Lo que llamamos ahora democracia es esto último, reforzado por una compleja maquinaria constitucional. Pero esto último brota inexcusablemente de lo anterior, en esencia, de la noción de que son inicuos los gobiernos que violan o conculcan derechos lógicamente anteriores a cualquier forma histórica de organización civil. Los manifestantes del 18 de junio se dedicaron a negar que el Estado esté autorizado a cambiar determinadas cosas. El que su filosofía esté teñida de medievalismo no la descalifica como antimoderna, habida cuenta de que la libertad moderna está también teñida de medievalismo. ¿Qué aducen los que se consideran dos veces modernos, esto es, los progresistas? Por lo menos, dos tesis. Primero, que el hombre es un ser proteico que está en grado de reinventar radicalmente su propia naturaleza. Segundo, que el instrumento democrático por excelencia de que el hombre dispone para reinventar su propia naturaleza es la soberanía popular. Si ésta proclama que dos hombres o dos mujeres pueden casarse entre sí como si fueran hombre y mujer, podrán casarse como si fueran hombre y mujer. Y será lo mismo que si fueran hombre y mujer. La manzana de la discordia, es esencial recordarlo, no han sido los derechos prácticos- -herencia, subrogación de alquileres, etc... Ha sido un órdago: esta variante de matrimonio- -la homosexual- -es tan matrimonio como el convencional. Y punto. No creo que el hombre se pueda redefinir como le venga en gana. Y no me gusta que la soberanía popular haya de decidir cómo se redefine el hombre. Estos conceptos, además, son medievales también, o más que medievales. Un cotejo somero permite comprobar que los progresistas están trasladando a la soberanía popular los atributos tradicionales de Dios, cuyos decretos insondables lo determinan todo, incluido qué es el bien. Descartes fue más allá y escribió que la voluntad de Dios determina las verdades eternas. Verbigracia: que dos más dos son cuatro, en lugar de diecisiete. Pero la soberanía popular no es Dios, exista o no exista Dios. Muchos españoles no practicantes, ¡ay! nos mostramos por completo de acuerdo sobre este extremo. El Derecho Natural evoca polémicas abstrusas y polvorientas, y es descartado como una antigualla por muchos valedores de la libertad moderna. Estas reticencias son imprudentes. Las libertades modernas surgen del Derecho Natural, según fue éste reelaborado entre el XVII y finales del XVIII. El texto de filosofía política más influyente de los últimos treinta años, A Theory of Justice, de John Rawls, es Derecho Natural puesto à la page. El Derecho Natural como salvaguarda de las libertades individuales aparece por el machihembramiento