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ABC MARTES 21 6 2005 Opinión 5 MEDITACIONES HORQUILLAS N Alemania, Francia u Holanda, la demoscopia es casi una ciencia exacta, como el álgebra lineal o la geometría diferencial. En España, el de encuestador es un oficio de alto riesgo, que en Galicia adquiere tintes heroicos y ha obligado a los institutos encargados de medir la opinión pública a cumplir con una estricta normativa en materia de seguridad laboral. Hace tiempo que se trabaja con red, eso que los expertos denominan horquilla y que, básicamente, consiste en estirar, palmo arriba, palmo abajo, los márgenes de error. Ante un gallego, la horquilla demoscópica se queda pequeña y hay que recurrir al rastrillo. Para no pillarselos dedos, el domingo los cocineros de encuestas utilizaron bieldos, pero ni por ésas. Un gallego ante una urna es mucho más ambiguo que en una escalera. MARCO AURELIO E LEER Y PENSAR SARTRE 1905- 1980 DE ANNE COHEN- SOLAL Trad. de Agustín Tobajas y Christine Monot Ediciones Edhasa 768 páginas 31,50 euros POLÍTICOS CON ENVASE INCLUIDO un partido que está en la oposición y quiere ser alternativa de gobierno no le encaja- -por ejemplo- -proclamar que el euro es el origen de todo mal europeo o que la política exterior de España consiste en reclamar las Islas Filipinas como colonia. Por ser oposición, pudiera hacerlo, pero no debe. Es una responsabilidad, pesada y oscura, que se añade de forma algo gravosa a los deberes de la oposición cuando el partido que está en el Gobierno actúa sin esa mesura, sin explicar parlamentariamente sus posiciones de negociación en la Unión Europea o concediendo la naturaleza de nación a entidades que constitucionalmente están definidas como regiones o nacionalidades. Que al PSOE le parezca oportuno hacer lo que le venga en gana no quiere decir que Mariano Rajoy vaya a incrementar su predicamento haciendo lo mismo. Son cuestiones de formato o de envase, indisolublemente unidas a su contenido líquido y sólido. Uno se pregunta si esa dosis adicional VALENTÍ de responsabilidad política que la coyunPUIG tura exige a Rajoy y, curiosamente, no a Zapatero, al final repercutirá en una más amplia aceptación del líder del PP, mermando el perfil de Zapatero, o si a fin de cuentas perjudica a Mariano Rajoy el intento de representar mayor cordura que el presidente del Gobierno. No es por nada que en la franja ambivalente entre la política y el negocio del espectáculo abunden los contratos para Carlinhos Brown, ese chamán del timbal. Incluso el ejercicio más serio de la política pasa hoy por la familiaridad y la sonrisa: se exige del político que logre la síntesis tan apretada del soundbite para comprimir lo discursivo hasta convertirlo en píldora mediática, del mismo modo que los tertulianos audiovisuales únicamente necesitan saber lo estrictamente necesario para simplificarlo al máximo. Por fortuna, tertulianos, opinantes y políticos casi siempre saben más de lo que dicen, pero lo que queda es el envase, como una lata de cerveza aplastada por un autobús. La correlación mediática de esos envases de la política A Filosofía política sin historia Una frase de Raymond Aron, repasando su vida, me parece esclarecedora: no quiso ser la conciencia de su tiempo. Sartre, a partir de 1945, lo fue y no dejó de serlo hasta el final de su vida, a pesar de los numerosos errores que cometió y de los que tuvo clara conciencia. Pero la conciencia de esos errores no formó parte de su responsabilidad intelectual. Su mirada hacia atrás (Las palabras) se detuvo en la infancia. A su filosofía política le faltó precisamente historia, de ahí que el diálogo con gente como Camus, Aron y otros se viera reducido a polémicas resueltas, falsamente, en juicios morales. Sartre, como se vislumbra a lo largo de toda la biografía de Cohen- Solal (y muchas veces a pesar de ella) fue un moralista: no sólo porque teorizara sobre la necesidad de hacerse responsable de sus actos y de las situaciones históricas (lo que los otros hacen y quieren hacer con uno) sino porque sus valoraciones se supeditaban a un fin de carácter totalizador: al menos desde 1950 ese fin es el espíritu revolucionario que le permitió ver con buenos ojos las diversas tentativas totalitarias a pesar de las evidencias terribles del presente. JUAN MALPARTIDA es algo distinto: de hecho, se presta con mayor holgura a trasladar datos fluidos que componentes sólidos. La pregunta del millón está en si vale más la pena insistir en mensajes políticos consistentes que en machacar mensajes tan leves como sugestivos. Lo cierto es que han dejado estela propia los políticos duchos en el envasado de una situación y en su tratamiento al vacío, sin sentido histórico ni proporción real: de esa índole son a menudo las políticas cortoplacistas del gobierno del PSOE, su respuesta a las inquisiciones de la oposición y su capacidad de eclipse en momentos tan ásperos como fue la sugestión de negociar con ETA. En la duración de lo mediático, la unidad de rendimiento político es el sprint, mientras que en las políticas de lo duradero la medida es la inteligencia de la realidad. Para el efecto demoscópico inmediato esa disparidad de ritmos da preferencia al favorito de los cien metros lisos y posterga la capacidad de fondo del maratonista. En realidad, la política española está ahora mismo entregada a esa contraposición: saber cuántas veces puede Rodríguez Zapatero correr los cien metros y si Rajoy tiene condiciones para registrarse en el maratón. A primera vista, Zapatero ofrece porciones líricas de felicidad y Rajoy está más en la prosa incolora de aportar alguna coherencia. Son envases diametralmente opuestos, de perfume distinto y de durabilidad del todo diferente. El hecho es que ambos están corriendo, sean los cien metros o el maratón, y que cada una de sus zancadas es un paso hacia lo desconocido, en la tierra incógnita, tan cruel y difícil, de la política. Los dos corren, en proporción aún desconocida, por una ambición propia y por una voluntad de bien común, aunque ése sea un concepto negado por sabios y practicantes. Al final de la pista, de todos modos, nunca pierde razón un aforismo de Gore Vidal: No basta con tener éxito: otros tienen que fracasar Alguien tiene que perder para que haya de verdad un ganador. Más allá de esa alternativa sin término medio, existe una política que se concentra en la organización de las apariencias y otra que da más validez a la organización de las eficiencias. Por eso hay envases de celofán, de cartón piedra, de aluminio o de acero.