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40 Internacional LUNES 20 6 2005 ABC EE. UU. Y CHINA: COOPERACIÓN EN LUGAR DE CONFLICTO HENRY A. KISSINGER a relación entre Estados Unidos y China está cargada de ambigüedad. Por una parte, representa tal vez la expresión más congruente de política exterior estadounidense a largo plazo respaldada por ambos partidos. Empezando por Richard Nixon, siete presidentes han afirmado la importancia de establecer relaciones de cooperación con China, y el compromiso estadounidense de mantener una sola política respecto a China, aunque con desvíos temporales al comienzo de los gobiernos de Reagan, Clinton y George W. Bush. El presidente Bush y los secretarios de Estado Condoleezza Rice y Colin Powell han declarado que las relaciones con China son las mejores desde la apertura a Pekín en 1971. Los presidentes de ambos países, Bush y Hu Jintao, tienen intención de realizar sendas visitas a Washington y Pekín este año y de reunirse varias veces en foros multilaterales. No obstante, la ambivalencia ha reaparecido repentinamente. Diversos altos cargos, miembros del Congreso y de los medios de comunicación critican las políticas chinas, desde el tipo de cambio hasta su rearme militar en general con un tono que induce a pensar que China estuviera a prueba. Para muchos el auge de China se ha convertido en la amenaza más significativa para la seguridad estadounidense. Antes de exponer una idea general de cómo impedir que la relación se convierta en rehén de alfilerazos recíprocos, debo señalar que la empresa consultora que presido asesora a clientes con intereses empresariales en todo el mundo, China incluida. Además, a comienzos de mayo pasé una semana en China, buena parte de ella como invitado del gobierno. El auge de China- -y de Asia- -provocará en las próximas décadas un importante reordenamiento del sistema internacional. El centro de gravedad de los asuntos mundiales está cambiando del Atlántico, donde se mantuvo los pasados tres siglos, al Pacífico. Los países de desarrollo más rápido están situados en Asia, y cada vez tienen más medios para defender su percepción del interés nacional. El nuevo papel de China se suele comparar con el desempeñado por la Alemania imperial a principios del siglo pasado, dándose a entender que es inevitable el enfrentamiento estratégico y que Estados Unidos haría bien en prepararse para él. Se trata de una suposición peligrosa y errónea. El sistema europeo del siglo XIX daba por sentado que las grandes potencias acabarían defendiendo sus intereses por la fuerza. Cada país pensaba que la guerra sería breve y que, cuando acabara, su posición estratégica habría mejorado. Sólo los irresponsables podrían hacer tales cábalas en un mundo globalizado de armas nucleares. La guerra entre grandes potencias sería una catástrofe para todos los participantes; no habría ganadores; la tarea de reconstrucción convertiría en naderías las causas del L conflicto. ¿Cuál de los dirigentes que tan inconscientemente entraron en la Primera Guerra Mundial en 1914 no habría retrocedido si hubiera podido imaginar cómo sería el mundo a su final, en 1918? Nuestra era conoce las consecuencias, al menos en buena medida. Los estadistas inteligentes harán todo lo posible por evitar la reaparición del cálculo mortal que, tras el ascenso de Alemania, convirtió el sistema internacional en una profecía de obligado cumplimiento. Otro factor especial que hace un siglo llevó al sistema internacional al enfrentamiento fue el estilo provocativo de la diplomacia alemana. En 1900, una combinación de Rusia, Francia y Reino Unido habría parecido inconcebible dados los conflictos entre Rusia y Reino Unido en Asia Central y entre Francia y Reino Unido por las fuentes del Nilo. Catorce años después, una diplomacia alemana agresiva la había provocado al retar a Reino Unido con el rearme naval e intentar humillar a Rusia en Bosnia y a Francia en dos crisis sobre Marruecos, en 1905 y 1911. El imperialismo militar no es el estilo de China. Clausewitz, el principal teórico estratégico occidental, aborda la preparación y desarrollo de una batalla central. Sun Tzu, su homólogo chino, se centra en el debilitamiento psicológico del adversario. China persigue sus objetivos mediante el estudio cuidadoso, la paciencia y la acumulación de matices; raramente se arriesga a un enfrentamiento a todo o nada. Es poco inteligente sustituir a la Unión Soviética por China en nuestro pensamiento y aplicarle la política de contención militar de la Guerra Fría. La Unión Soviética era heredera de una tradición imperialista que, entre Pedro el Grande y el final de la Segunda Guerra Mundial, había proyectado a Rusia desde las cercanías de Moscú hasta el centro de Europa. El Estado chino lleva existiendo en sus actuales dimensiones prácticamente 2.000 años. El imperio ruso se gobernaba mediante la fuerza; el imperio chino mediante la conformidad cultural con una considerable fuerza de fondo. Al final de la Segunda Guerra Mundial, Rusia se encontró frente a países débiles en todas sus fronteras, e imprudentemente estableció una política de ocupación e intimidación que superaba la capacidad a largo plazo del Estado ruso. La ecuación estratégica en Asia es completamente distinta. La política estadounidense en Asia no debe obsesionarse con el rearme militar chino. No cabe duda de que China está aumentando sus fuerzas militares, descuidadas durante la primera fase de su reforma económica. Pero hasta en los cálculos más elevados, el presupuesto militar chino no llega al 20 del estadounidense; supera por los pelos al de Japón; y, por supuesto, es muy inferior al presupuesto militar combinado de Japón, India y Rusia, países fronterizos con China; por no hablar de la modernización militar de Taiwán, apoyada por decisiones tomadas por Estados Unidos en 2001. Rusia e India poseen armas nucleares. En una crisis que amenazara su supervivencia, Japón podría adquirirlas rápidamente y tal vez lo haga formalmente si no se resuelve el problema nuclear norcoreano. Cuando China afirma sus intenciones de cooperar y niega que represente un desafío militar, no expresa tanto una preferencia como una realidad estratégica. El reto planteado por China para el futuro a medio plazo será, con toda probabilidad, político y económico, no militar. El problema de Taiwán es una excepción, y a menudo se invoca como un posible detonante. Esto podría ocurrir si cualquiera de los bandos abandona el comedimiento que desde hace una generación caracteriza a las relaciones chinoestadounidenses en este tema. Pero dista mucho de ser inevitable. La mayoría de los países- -y todos los grandes- -han reconocido la reivindicación china de Estados Unidos debe entender que el tono intimidatorio evoca en China recuerdos de condescendencia imperialista que Taiwán forma parte del país. También los presidentes estadounidenses de ambos partidos, y ninguno más tajantemente que George W. Bush. Ambos bandos han manejado con cierta habilidad las ocasionales incongruencias de esta situación. En 1972, Pekín aceptó la visita del presidente Nixon, a pesar de que Estados Unidos reconocía a Taipei como la capital de toda China, y de otro presidente- -Gerald Ford- -bajo las mismas normas básicas en 1975. Las relaciones diplomáticas no se establecieron hasta 1979. A pesar de las importantes ventas de armas por parte de Estados Unidos a Taiwán, las relaciones chino- estadounidenses han seguido mejorando basadas en tres principios: el reconocimiento por parte de Estados Unidos del principio de una sola China y su oposición a la independencia de Taiwán; la aceptación por parte de China de que Estados Unidos exige que la solución sea pacífica y está dispuesto a defender ese principio; comedimiento de todas las partes, para no exacerbar las tensiones en el estrecho de Formosa. Ese delicado equilibrio se mantiene estable desde hace 33 años. La tarea ahora es mantener el asunto de Taiwán dentro de un marco negociador. La reciente visita a Pekín de los presidentes de dos de los tres grandes partidos taiwaneses puede servir de precursor. Las conversaciones para reducir la escalada militar en el estrecho de Formosa parecen factibles. Con respecto al equilibrio general, la grande y preparada población china, sus enormes mercados y su creciente influencia en la economía y en el sistema financiero mundiales presagian una capacidad cada vez mayor para plantear diversos incentivos y riesgos, la divisa de la influencia internacional. Sin embargo, a menos que se pretenda destruir a China como entidad funcional, esta capacidad es inherente a los procesos econó- El ejército chino realiza una demostración de su fuerza en un desfile en Pekín