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ABC DOMINGO 19 6 2005 73 Cultura y espectáculos Vuelve el mito de Elvis Presley con la aparición de dos cd y dos dvd con abundante material inédito Después de tres días y tres noches de agitación, el festival de música electrónica cierra su edición más irregular con cierta sensación de agotamiento de la fórmula, aunque el grupo The Chemical Brothers impuso su ley rompepistas el viernes 90.000 personas se atrevieron a Sónar TEXTO: DAVID MORÁN FOTO: EFE BARCELONA. Un año más, se repite la historia. Cambian los protagonistas, sí, pero la esencia sigue siendo la misma. Así, fiel a su tradición de hacer conjugar músicas aparentemente minoritarias con asombrosas cifras de asistencia, el Festival de Música Avanzada y Arte Multimedia, Sónar 2005, cerró ayer su XII edición con una preocupante sensación de agotamiento de la fórmula. Da la sensación de que a medida que crece el número de público disminuye la calidad de la oferta. Este año, sin ir más lejos, el festival ha batido un nuevo récord de asistencia al convocar a cerca de 90.000 personas durante las tres jornadas pero, al mismo tiempo, se las ha tenido que ver con uno de los carteles más irregulares de su historia. La organización busca nuevos posicionamientos programáticos, reorienta su brújula para albergar propuestas que hace cuatro o cinco años no hubiesen tenido cabida y, a la postre, lo único que parece renovarse y avanzar es el público, cada vez más variopinto y en perfecto balance entre la inquietud musical y la simple curiosidad. No deja de ser significativo que, como ocurrió en la tarde de ayer, los grandes triunfadores de la jornada manejasen lenguajes más humanizados y traducidos a través de instrumentos tradicionales. El desfile de las tendencias Mientras que la faceta más nocturna del Sónar tiene en la diversión canalla su máxima razón de ser, al Sónar de día se puede acudir para infinidad de cosas: acampar en cualquier esquina del Centre de Cultura Contemporànea, tostarse al sol criminal que ha castigado el recinto durante estos tres días, escuchar algo de música y, lo que más, pasear por el recinto luciendo modelito, presumiento de camiseta de los Ramones o Motörhead (postmodernidad, lo llaman) y abriendo la puerta a una gran celebración de la diversidad en la que todo el mundo, desde los melómanos a los figurantes, pasando por los sufridos devoradores de tendencias, son bien recibidos. Ah! el Sónar: mitad festival de música avanzada, mitad fenómeno sociológico digno de estudio. Química recreativa Fue el caso del rock matemático con vistas al hip hop de Battles, las crujientes y algo despistadas cápsulas de rock fantasmal de Hood o las cosquillas electrónicas de To Rococo Rot. Más allá de su progresiva humanización, Sónar 2005 también ha dejado claro el peso específico y cada vez más autónomo del hip hop. Mención especial para Noah 23 y, aunque con más gracia que puntería, el canadiense Mocky. Lo de Professor Angel Dust mejor dejarlo en arrebato latino con doble revestimiento de electrónica gruesa. Aún así, para encontrar a los verdaderos protagonistas del Sónar hay que rebobinar hasta la actuación de The Chemical Brothers el viernes por la noche. Era la gran deuda pendiente del festival; uno de los pocos grupos surgidos en la primera gran borrachera de La multitud más diversa se concentra en el festival con ganas de pasarlo bien la electrónica de masas que, aún hoy, parece conservar intacta su capacidad de convocatoria. Puede que Push The Button su último trabajo, no haya gustado a casi nadie y que sus giras sean, año sí año también, reediciones ligeramente modificadas de lo cien veces visto y oído pero, a estas alturas, nadie duda de la capacidad de Tom Rowlands y Ed Simmons para meterse a cerca de 20.000 personas en el bolsillo y hacerlas vibrar con sus ritmos robustos y ácidos. Otra cosa es que lo que se oyó anteanoche en el SonarClub significase algo más que una sudorosa travesía por la electrónica de trazo grueso y los ritmos rotos más obvios. Fue el de los británicos un pase tan frenético como chusco, una boba concesión al techno de estadios deslumbrado por los focos del rock que, durante hora y media, retorció cables y botones para acabar volviendo a Da la sensación de que a medida que crece el número de público disminuye la calidad de la oferta la casilla de salida. La inaugural Hey Boy, Hey Girl desató un ensordecedor delirio y Block Rocking Beats y Out Of Control siguen retumbando con fuerza, pero ni sus trucos sorprenden como antaño ni sus cortocircuitos populistas parecen tener más objetivo que elevar al paraíso al Neng de Buenafuente. Definitivamente, a The Chemical Brothers se les han fundido los plomos. La noche empezó más o menos en la misma dirección, con el Depeche Mode Martin L. Gore esquivando el pop electrónico para sacudir a sus sorprendidos seguidores con una sesión de minimal techno que, a primera hora de la noche, costaba lo suyo digerir. La actuación de The Chemical Brothers vació el resto de escenarios pero, a pesar de todo, la ex cantante de Moloko, Roisin Murphy, atrapó a unos cuantos asistentes con la presentación de su primer trabajo en solitario. Lastrada por una sección de viento omnipresente y por una reconversión orgánica muy mal digerida, la británica desperdició parte del encanto de Ruby Blue situándose más cerca de St. Germain que de Matthew Herbert. Mucho más disfrutables fueron la sesión de James Murphy, capo de DFA y especialista a la hora de trenzar guitarras y agitación electrónica y el delirante director de Jamie Lidell, duendecillo travieso del soul más freak que, en Barcelona, jugó a samplear su voz al tiempo que emulaba a Sam Cooke.