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ABC DOMINGO 19 6 2005 Los domingos 71 prende en Lozoya (Madrid) y que, por peripecias diversas, que también se cuentan, acaba en Valencia. Parte de la familia está en la otra España y, gracias a la Cruz Roja, consigue ponerse en contacto- -aunque la carta tardó meses en llegar- -para anunciar el nacimiento de una de las hijas. La temática es diversa, y algunos se meten en plena acción bélica y narran las batallas. En la del Jarama, por ejemplo, Ramón, como el resto de los soldados franquistas, es consciente del fracaso en su asalto a Madrid. No hemos entrado en combate- -dice- -por el mal tiempo, y estamos en Fuenlabrada esperando. Vamos a Pinto y a la Marañosa donde un cañonazo mata al capellán de una batería A él también le hieren y cuenta cómo una vez hecha la primera cura en el campo, voy andando, por falta de camillas, unos dos kilómetros hasta la ambulancia. En Pinto me ven la herida y en Griñón me sacan el casquillo Cartas que reflejan las preocupaciones normales de la gente, que dependían del lado donde se estuviese. En el republicano, al principio, lo que más les preocupaba era vencer la reacción, el fascismo y los enemigos de la república Las cartas de los combatientes anarquistas como las de Luis, un comunista convencido de lo que hace, expresan esa preocupación. Estamos aquí para defender una idea que merece defender decía. El hambre y el miedo, a medida que avanza la guerra, aparece en muchas cartas. Luis el comunista dice: Permanecemos hacinados en estado miserable, sin el menor vestigio de higiene, sin apenas agua para beber, comiendo de rancho que da náuseas, harapientos. El trato de los guardianes es brutal, nos insultan de continuo y nos apalean con frecuencia En la otra España hay mucho convencimiento ideológico en los combatientes, al igual que en los republicanos, y, en cambio, en la retaguardia hay preocupaciones que, en un contexto tan horrible como la guerra, parecen triviales. Este año la fiesta del pueblo va a ser más deslucida por ésto Tendrás muchas novias allí le dice un soldado a un hermano. También se ve por las cartas que en la España franquista no había tanta escasez ni hambre como en la republicana. Muchas cartas se encabezan o finalizan con consignas o expresiones tipo Salud y República Salud libertaria para el lado republicano; las del franquista eran Saludo a Franco, ¡Arriba España! Primer o segundo año triunfal Llama la atención entre los combatientes de ambos lados lo fatalistas que eran. Me va a tocar ese obús o esa bala a mí Javier Cervera comenta las últimas cartas de condenados a muerte, que hay varias en el libro, escritas la noche antes de morir. Impresiona leer cómo se despiden de su madre, hermanos... Hay otra, espeluznante, en la que un anarquista se jacta de haber dado el paseo a 10 personas en Madrid. Escenas de guerra. Prisión de Lorca (Murcia) donde un condenado a muerte escribe la carta de despedida a su madre y a sus hermanos. A los dos días le ejecutaron Cervera no ha escrito un libro de historia sino de retazos de nuestra historia, que son las historias personales Las cartas de los curas vascos Cuando Javier Cervera se propuso escribir este libro, con un trazado ameno de historia íntimas, se encontró con una serie de documentos impresionantes procedentes de los sacerdotes y, entre ellos, de las cartas de los que estaban como capellanes en el País Vasco, porque el nacionalismo vasco no persiguió a la Iglesia como en otras zonas republicanas. Estas cartas son de las cosas que más ha impresionado al historiador. Hay muchas cartas que me han hecho pensar, pero las que más, han sido las que los sacerdotes nacionalistas vascos dirigían al obispo y a la Santa Sede. Son cartas de unos hombres que se sienten muy mal porque dicen barbaridades contra ellos, pues observan cómo se les tacha de anticatólicos, porque el nacionalismo vasco, siempre católico, se puso al lado de la República. Se duelen de que les tachen de ser contrarios a la fe. Estas cartas son sobrecogedoras. Y todo, porque la propaganda del régimen franquista decide que eran los rojos quienes habían quemado conventos e iglesias, y como estaban en la España republicana, los nacionales les acusan a ellos. Los obispos del lado nacional no les creen y tienen que acudir al obispo Múgica En las cartas se ve muy claro cómo se está manipulando la religión. Las que mandaron a la Santa Sede también sobrecogen por la preocupación que reflejan. Pío XI, que se negó a adherirse a un bando u otro, sí les cree y sus emisarios les reconfortan. Todo este material lo he encontrado en los archivo de los jesuitas- -que lo guardan todo- -y son cartas de capellanes de unidades militares. También hay otras de estudiantes de colegios de jesuitas y de novicios que iban a entrar en la Compañía de Jesús, pero la guerra les sorprende. Allí se guarda otra correspondencia que es más bien una dirección espiritual que, por respeto a esa gente, no saco en mi libro. Si en las cartas de los sacerdotes se refleja la preocupación por la vida espiritual de las gentes de sus unidades, en las de los estudiantes, se ve que lo único que querían era que la guerra acabase para volver a la vida normal. Las hay de gente que escriben a la central de los jesuitas españoles que se trasladó a Bélgica y en ellas hablan de cómo les va en el frente y de la vida en los hospitales, pues muchos fueron voluntarios a ayudar enfermos En el Madrid republicano la religión se practicaba de forma clandestina. Los sacerdotes cuentan cómo se camuflaban de dependientes y uno de ello, Maximino escribía: Un día la Policía entra en las oficinas y se lleva a cinco sujetos como sospechosos de espionaje. Me buscan con fotografía en mano como jesuita salido de Murcia, según ha comunicado a mi hermana el portero de la casa en que vivimos y que, por haber caído granadas en dos ocasiones, hemos tenido que abandonar. Durante este tiempo en Madrid he celebrado todos los días en mi casa y cuando me avisaban de alguna casa conocida también lo he hecho. Confieso a muchas personas y familias a quienes frecuentemente llevo la Sagrada Comunión y en tres casas distintas tengo un Jesucristo para en caso de necesidad llevarlo a los enfermos. Administro el Viático y la Unción a 10 personas; he casado a dos parejas, bautizado a tres niños y, por último, confieso a los hermanos coadjutores que viven por los alrededores de mi casa