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40 DOMINGO 19 6 2005 ABC Madrid Centenares de miles de madrileños siguieron ayer el ritmo y la pasión del artista bahiano en el multitudinario carnaval que recorrió durante cuatro horas el Paseo de la Castellana. Carlinhos Brown: timbalero de la felicidad, hechicero de la alegría TEXTO: MANUEL DE LA FUENTE FOTOS: ÁNGEL DE ANTONIO MADRID. ¡Pum, pum, pum, pumpumpapa, pumpumpapa! ¡Pum, pum, pum, pumpumpapa, pumpumpapa! ¡Pum, pum, pum, pumpumpapa, pumpumpapa! Y centenares de miles de almas (aunque tenían toda la pinta de ser cuerpos y cuerpazos, para mí que el alma se había quedado en casa) brazos arriba, brazos abajo, palmas, palmas, palmas, pitos, pitos, pitos, torrentes de sudor como los ríos de Babilonia, mientras surcaba el cielo el carro en llamas de Elías (bueno era el helicóptero de Telemadrid) y el sol caía con nombre y apellidos, personal e intransferible, cada cual con su propio rayo de sol (uouo- uo, me trajo tu amor) para él solito: treinta y pico (pero un buen pico) grados por barba, treinta y pico grados por escotamen, aunque después unos nubarroncillos libraron al gentío de las penitencias de Lorenzo, pero no del calor. Y luego dicen que hace un sol de justicia. Así está la justicia. Y arriba del camión el gran y único chamán brasilero Carlinhos Brown invitando a la gigantesca ceremonia de la alegría Castellana del derecho, Castellana del revés. Una muchedumbre en pie de juerga y haciendo cariño, roce que te va, roce que te viene. El carnaval parecía la ONU, pero sin el pesao de la barba: ecuatorianos, colombianos, peruanos, guacamayos os llaman, pues guacas del mundo uníos, madrileños del adosado (pocos) y del suburbio (muchos más) negros de los topmanta de la Gran Vía, mustafás del Avapiés, rumanos, búlgaros, brasileños y brasileños, casi toda la colonia, nacionales de las provincias peninsulares y hasta de las de allende el mar, muchos canarios, gente de color de rosa (lorquianos, los muchachos cantaban enseñando sus cinturas) pero sobre todo gente de todos los colores y de todos los sabores, porque aunque no lo crean, estos festejos tienen su sabor. Y supo bien. Dulce pero sin exceso de almíbar. Eso sí, ni un solo chino. Alguien tiene que trabajar. A sabiendas de que el dios de la lluvia no iba a llorar sobre Madrid, ni estaba dispuesto a apiadarse de tan gigantesca tropa de gentiles, los centenares de miles de pecadores que inunda- ban los chamartines fueron bien pertrechados de líquidos elementos, además de los que eran repartidos como refrescante maná por la organización. Ya saben lo que decía aquel vasco de piedra blindada con la chapela de la esperanza siempre dispuesta: A la calle que ya es hora de pasearnos a cuerpo y mostrar que pues vivimos anunciamos algo nuevo A lo hecho, pecho La verdad es que tampoco es muy nuevo lo de ir con media humanidad al aire, colgando o asomándose a las balconadas pectorales, pero ayer el personal bien que parecía dispuesto a lo de a lo hecho, pecho. Vamos que la ciudad (mira que tiene ganas de que le dejen ser feliz desde aquel fatídico día de marzo, qué ganas y reganas tiene de vivir) sacó pecho, sacó cacha, y disfrutó de una suculenta patente de torso para ir por el mundo (la Castellana ayer entre la plaza de Castilla y los Nuevos Ministerios era un mundo) más o menos como iban los bisabuelos de Atapuerca. Casi en pelotilla picada. Quizá allí, en Atapuerca, empezó todo. O más atrás. Cuando la tatarabuela Lucy o alguno de sus primos, quijada en mano y golpeando sobre un coco, descubrió la música y la fiesta. Que al La Castellana, un gigantesco mar de gente rompiendo de alegría y ganas de juerga Los madrileños, un día más, mostraron las ganas de vivir que tiene la ciudad desde aquel terrible día de marzo