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ABC DOMINGO 19 6 2005 Nacional 25 ÁLVARO DELGADO- GAL MEDITACIÓN DEL CENTRO gnoro cuánta gente fue a la manifestación del sábado, ya que imperativos de intendencia me han forzado a redactar esta columna antes de que los manifestantes se congregaran en la calle. Presumo que se juntaron muchas personas, por razones ideológicas y también técnicas. La Iglesia, en efecto, conserva un poder de convocatoria importante. Pero en fin, no parece oportuno que especule aquí sobre futuribles que serán hechos consumados cuando ustedes me lean. La cuestión que me interesa es ésta: ¿por qué se ha sumado el PP a la manifestación, en vez de expresar un sentimiento de apoyo más difuso y menos comprometedor? La pregunta resulta tanto más pertinente cuanto que la protesta contra el matrimonio homosexual, perfectamente legítima en el orden de las ideas, ofrece un flanco constitucional más débil. No me refiero en absoluto a cierta tontería que se ha estado oyendo por ahí. A saber, que resulta poco democrático criticar una ley aprobada por el Parlamento. Si esto fuera así, la democracia sería incompatible con la disidencia, y habría que proscribir las manifestaciones o incluso los periódicos de oposición. Mi reflexión está motivada por la naturaleza excepcional de la propia Iglesia. Los católicos que lo quieran pueden matrimoniarse pasando por el altar, además de los juzgados. O si se prefiere, sujetarse a una disciplina que no es solamente civil sino que dimana de una autoridad específica y se expresa en una sanción sacramental igualmente específica. Resulta por tanto raro que los obispos, aparte de criticar, con todo derecho, la visión de las cosas que subyace a la ley de Zapatero, pidan su revocación, es decir, reclamen medidas que afectarían también a los no católicos. Esto, como digo, es raro. E introduce una intimidad entre el PP y la militancia católica que no es seguro, o no es evidente, que vaya a favorecer al partido en su estrategia de allegarse a los votantes que pudieran rebotar en la derecha después de haberse dado un garbeo por la izquierda. ¿Entonces? Pues está empezando a suceder, y sucederá más en lo sucesivo, un fenómeno recurrente en las sociedades civiles en fase de movilización. Para que haya movilización, han de pasar dos cosas: 1) Que alguien esgrima un lema o símbolo, contundente y de contenido simple; 2) Que ese lema arrastre a una porción significativa de la población. Cuando se verifica lo primero, aunque no lo segundo, el movilizador no logra superar su condición marginal y sus denuedos son tachados de testimoniales y poco realistas. En verificándose también lo segundo, el movilizador se hace dueño de la palabra, y I poco después de la voluntad política. Y esto es letal para los partidos que no han sabido sintonizar con la fuerza emergente. El PP, que votó en contra de la ley de los matrimonios homosexuales, pero que a la vez no pretendía llevar esta discrepancia al centro de su escenografía política, ha considerado imprudente no sumarse a una causa que es muy popular en un tanto por ciento elevado de su electorado. Y ha juntado fuerzas, más por cálculo o porque a la fuerza ahorcan, que por desbordante entusiasmo. ¿Costes? En esencia, una precarización del centro. Pero resultaría incompleto o desenfocado imputar el abandono del centro a un solo partido. De hecho, la indagación del centro por los partidos sólo es posible cuando todos ellos, o al menos los más importantes, se deciden de consuno a buscarlo. La porción centrada del electorado, o dicho lo mismo en otros términos, la porción de electorado que periódicamente cambia de colores políticos, es pequeña. Por ejemplo, un 10 por ciento. Los partidos de vocación centrista buscan hacerse con este segmento modesto poniendo sordina a las pasiones de sus votantes fijos. Para que la estrategia salga bien, ha de ser simétrica. Si el partido B, rival de A, corteja también al centro, usará un lenguaje que no saque de quicio a los elementos doctrinarios de A. Pero si B hace una política radical, y de resultas excita la indignación de la parroquia que vota siempre a A, éste tenderá a radicalizarse, en el temor de que surjan escisiones en su retaguardia. El radicalismo, en fin, promueve radicalismo. El desenlace es una desertización del centro. No la ocupación de éste por el partido que ha iniciado movimientos para desertizarlo, sino su abandono por todos los partidos dominantes. Recuerdo esto porque no estoy de acuerdo con una idea muy maquiavélica que en la derecha circula sobre Zapatero. Según esa idea, Zapatero, luego de desplazar al PP hacia la derecha, hará una finta y reconquistará el centro. No. Ni creo que Zapatero sea sólo maquiavélico, ni las mudanzas de mensaje o tono son tan fáciles. Cuando se empieza, es todo cuesta abajo. Cuando se quiere rectificar, todo cuesta arriba. El PP ha considerado imprudente no sumarse a una causa que es muy popular en un tanto por ciento elevado de su electorado