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6 Opinión SÁBADO 18 6 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA JAIME MAYOR OREJA VICEPRESIDENTE DEL GRUPO POPULAR EUROPEO LA NACIÓN SEGÚN ZAPATERO E XISTE también un sentido laico de la fe, muy en desuso en la decadencia de las ideologías, que es el que convierte en grandes a los personajes públicos o, por el contrario, los reduce a las cenizas del olvido. Así, por ejemplo, Abraham Lincoln predicaba hace siglo y medio: Tengamos fe en que el derecho hace el poder y en esta fe hagamos nuestro derecho Algo incuestionable, aunque venga del otro lado del Océano, que no le cuadra en absoluto a los modos y métodos que José Luis Rodríguez Zapatero nos tiene demostrados cuando, en olvido del derecho y en desprecio del Estado, trata de conseguir con el posibilismo la sustitución de principios y M. MARTÍN valores de mayor calado FERRAND y enjundia. Ya nos advierte Baura que el pragmatismo tiende a ser el disfraz de la inmoralidad. Confiesa Zapatero, al hilo de los debates que perpetran un nuevo Estatut para Cataluña, que el concepto nación tiene diversos sentidos y diversas interpretaciones No lo parece a la luz de la Constitución en la que- ¿todavía? -asentamos nuestra convivencia. La indisoluble unidad de la nación española ¿tiene lecturas variadas según el color de las gafas de un militante del PP, tres o cuatro del PSOE y todos cuantos, en distintos grados de visión, completan el catálogo del desenfoque nacionalista y o separatista? La intención del Parlament, su demanda abiertamente inconstitucional para el reconocimiento de Cataluña como nación, no es ingenua. Hay que saber verla como un escalón previo para alcanzar la condición de Estado; pero, sea como fuere, sería exigible que el presidente del Gobierno y líder del primer partido nacional español según sus siglas, tuviese las ideas claras al respecto. Según Zapatero, al margen de Pasqual Maragall y sus colegas de trío, ¿Cataluña es una nación? El socialista, muy en su papel, ha desenfundado el talante y, mientras apunta con él al corazón de España, entiende que habría que escuchar dictámenes al respecto. Personalmente, en tanto en cuanto ciudadano español, me sentiría mucho más tranquilo en un momento político tan complejo como el presente con un primer ministro en los mandos del Gobierno que, en lo que afecta a los supuestos esenciales del Estado, tuviera las ideas más claras y rotundas y no necesitara dictámenes y consejos para defender la piedra angular en la que descansa el arco nacional. Además, por si le flaqueara el ánimo, que la fortaleza es virtud difícil de alcanzar, debiera pensar Zapatero, mejor que en las componendas que tanto le complacen, y ya que hemos arrancado aquí de la fe cívica, en lo que decía Miguel de Unamuno: La fe no es creer lo que no vimos, sino crear lo que no vemos A Cataluña la hemos visto española durante siglos. Apliquemos el talento, mejor que el talante, para hacerla ahora española si alguien no la ve así. LA RECTIFICACIÓN DE LA UNIÓN EUROPEA El autor considera que detrás de la victoria del no al Tratado constitucional en Francia y Holanda están la falta de cohesión y la ausencia de un proyecto político común, que sí existieron en los inicios de la Unión Europea S I ha bastado que Francia y Holanda rechacen la Constitución Europea para que todos coincidan en la necesidad de abrir un período de reflexión, es que algo estaba ocurriendo, alguna marea se movía en el fondo del proceso de la construcción europea. En el fondo, lo que se ha puesto en cuestión no es tanto un concreto texto constitucional cuanto el propio funcionamiento y construcción de la Unión; un funcionamiento que no produce, en demasiados europeos, la sensación de satisfacción y utilidad exigibles de la Unión. Es un déficit de valor añadido lo que los europeos reprochan a la construcción. Por eso no es el ser; es el estar de la Unión lo que debe ser repensado. Llamemos a las cosas por su nombre: la Unión Europea, sus instituciones, exigen, más que una etapa de reflexión, un periodo de sucesivas rectificaciones. Quizás estábamos, en términos políticos, en una construcción nominal y debamos ir a una construcción real de la Unión. Seamos políticamente honestos: ¿no será que los europeos nos exigen, para afrontar sus problemas esenciales, que pongamos un mayor esfuerzo en el ámbito de los contenidos y no en el del mero continente ¿No estaremos construyendo en estos momentos la casa por el tejado, sin haber sabido aún profundizar en los cimientos? ¿Es nuestro método el adecuado? Si falta dirección, liderazgo, utilidad, proximidad de las instituciones europeas, es porque faltan la cohesión y el proyecto político europeo que sí tuvimos en los inicios. Hay que saber retomar altura, elevar la mirada, repensar en profundidad el significado de un proyecto de Unión. Hay que saber superar la inercia, los malos hábitos comunitarios, la burocracia, la rutina, ese equilibrio exagerado que cuando es obsesivo y permanente termina esterilizando las acciones de la Unión. Las instituciones comunitarias no pueden estar picoteando permanentemente sobre todas las cuestiones, hablando mucho pero diciendo poco. Tenemos que desterrar lugares comunes, frases hechas, lenguaje diplomático, y tenemos que encontrar prioridades, acentos, énfasis, proyectos políticos que den valor añadido a la Unión. Cambiemos el método imperante hoy en Europa, identifiquemos los problemas esenciales de los europeos, ordenémoslos, prioricémoslos, alejémonos de la rutina establecida. Un proyecto político no consiste en un mero, interminable y reglamentario listado de medidas parciales sobre la misma cuestión. Un proyecto político es una prioridad, un acento, una síntesis y una experiencia. Habrá que escoger muy pocos proyectos pero muy relevantes para la Unión, de manera que hagan reconocible la tarea de las instituciones europeas. Sólo son proyectos políticos aquellos esfuerzos que son capaces de ser comunicados y