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ABC SÁBADO 18 6 2005 Opinión 5 HOMENAJE A JAIME CAMPMANY UN MAGO DEL LENGUAJE S ¿HOMOFOBIA? OS advertía Lionel Jospin, ex primer ministro francés, que se ha impuesto una nueva tentación biempensante que tacha de homófobos a quienes se declaran reticentes o contrarios al llamado matrimonio homosexual; el político socialista, tras rebelarse contra esta identificación marrullera, exponía las razones que lo impulsaban a combatir un dislate jurídico que, a su juicio, quebraba el sentido de una institución sobre la que se asienta la continuación de la sociedad. Algunos de mis escritores más venerados, desde Marcel Proust a Truman Capote, fueron homosexuales; también he disfrutado de la amistad de homosexuales notorios, como el llorado Terenci Moix. La frecuentación de tantos homosexuales admirables, en quienes he podido apreciar el genio artístico, el ímpetu generoso y una sensibilidad siempre en vilo, me ha enseñado que la homofobia es JUAN MANUEL pasión ínfima, propia de gentes DE PRADA energúmenas e ignaras. Llevo muchos años reclamando en mis artículos un reconocimiento legal de las relaciones afectivas que se entablan entre homosexuales. Desde el respeto a las preferencias amorosas de los individuos, considero inaceptable que una convivencia entre personas del mismo sexo, sostenida a lo largo del tiempo y con intereses comunes, no genere efectos jurídicos. Pero la extensión de derechos a las parejas homosexuales no justifica la eliminación de diferencias. La institución matrimonial se funda sobre la dualidad se sexos, requisito indispensable para la continuación de la sociedad. El matrimonio no es un mero contrato civil de convivencia, ni la mera sanción de un vínculo amoroso, ni un mero artefacto que garantice la seguridad patrimonial de los cónyuges. El matrimonio se establece con la finalidad de la procreación, que se completa con un poste- N rior deber de crianza y educación de los hijos; puesto que el Derecho considera primordial este hecho para el mantenimiento de la sociedad, es natural que recompense a quienes asumen tan difícil encomienda con una serie de ventajas patrimoniales que se extienden a su descendencia. Esta es la esencia de la institución civil; las religiones le han incorporado luego otros elementos- -indisolubilidad del vínculo, etcétera- -que uno puede libremente asumir, en consonancia con sus convicciones personales. Pero la interferencia del factor religioso no debe distraernos de la esencia de la institución civil. Esencia que las uniones homosexuales nunca podrán incorporar, puesto que les falta el requisito indispensable de la dualidad de sexos. Esencia que se trata de suplir, pisoteando el derecho fundamental del niño a una filiación completa, concediéndose a las parejas homosexuales la facultad de adoptar. El matrimonio no institucionaliza las preferencias sexuales de los contrayentes, sino su idoneidad complementaria para transmitir vida. Afirmar esta verdad de Perogrullo no nos convierte en homófobos, sino en simples vindicadores del sentido común y de la naturaleza verdadera de las instituciones jurídicas. La reforma legal impulsada por el Gobierno interpreta torticeramente un precepto constitucional en el que se alude de forma evidente a la dualidad sexual. La aritmética parlamentaria no legitima el fraude de ley; las reclamaciones justas de los homosexuales no pueden satisfacerse mediante la destrucción de las instituciones jurídicas. Quizá no sea una manifestación callejera el ámbito idóneo para una reivindicación de esta índole, por el riesgo de que en ella confluyen intereses heterogéneos y espurios; pero esta manifestación nunca se habría celebrado si se hubiese facilitado el debate de ideas. Un debate que el Gobierno ha preferido soslayar, con una descarada intención electorera. I tuviera que quedarme con una de las variadas virtudes que adornaban la personalidad de Jaime Campmany, lo haría, sin género de dudas- -aun siendo muchas las facetas dignas de elogio- -con su condición de mago del lenguaje. Alguien quien, siguiendo una de las acepciones, precisamente, ¡y qué mejor reconocimiento! del Diccionario de la Real Academia Española, hacía de su ejercicio diario como columnista una labor de encanto, hechizo o atractivo con que una persona o cosa deleita y sorprende. Campmany era, por encima de cualquier otra faceta, un extraorPEDRO dinario dominador GONZÁLEZ- -siempre sobrao, que TREVIJANO diría un taurino- -de las palabras, a las que sometía, bien de forma aislada o ligadas con otras, a las bridas de una severa disciplina, exprimiendo, hasta el final, todo lo que eran capaces de expresar o sugerir. Una labor que desplegaba en ocasiones con mansedumbre y suavidad, para en otras, sin embargo, no parar hasta retorcerlas y, si era menester, zaherirlas. Reunía en su prosa o poesía, pues tan poderoso era con una como con la otra, muchas de las condiciones que han adornado a los grandes de las letras españolas. De Garcilaso de la Vega tomaba la elegancia y frescura de su verso. De Lope de Vega, la inigualable facilidad para la métrica y la más exuberante versificación. De Quevedo, la ironía y la sátira más mordaz. Y de Miguel de Cervantes, su insuperable riqueza en el uso del idioma. Dicho esto, no tuve la fortuna de conocer a Campmany. O, para ser más exacto, mi relación se limitó a una rápida y anónima presentación. Pero lo que sí he podido hacer, y además durante largo tiempo, ha sido disfrutar de una manera de escribir imposible de emular. Y termino este brevísimo recordatorio. Alfredo Bryce Echenique impartía una conferencia en el Aula Magna de la Universidad de Oviedo en el año 2002 con un sugestivo título, Del humor quevedesco a la ironía cervantina, y que me parece describe el perfil literario de nuestro hombre, cuando, al acercarse a los rasgos que definen el humor y la ironía, señalaba: El artista común sólo presta atención al cuerpo; el artista irónico se ocupa a la vez del cuerpo y de la sombra, y en ocasiones más de la sombra que del cuerpo. Así veo yo, dada su completiva pluma, a Jaime Campmany. En resumidas cuentas, se podía no compartir sus ideas, pero no huir de la tupida sombra de su palabra. ¡Sus formas, como en el caso del mismísimo Friedrich Nietzsche, nos subyugan pues por encima de cualquier consideración de fondo!