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64 Cultura JUEVES 16 6 2005 ABC Iberia II relato viajero de Manuel de Lope para narrar la identidad de España b El autor recorrió las 17 Comuni- Muere Carlo Maria Giulini, el gran caballero de la dirección de orquesta El músico italiano falleció en un hospital de Brescia a los 91 años en nuestro país fue en 1998, en un concierto en el que dirigió a la Jonde, pero hace cuatro años vino para recibir el premio Yehudi Menuhin ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE MADRID. Carlo Maria Giulini solía decir que se moriría sin entender jamás el misterio que se desprende de una batuta manejada delante de una orquesta: El director es el único músico sin instrumento que hace nacer la música sin tocarla Con su muerte el enigma se perpetúa. Porque hay otros muchos que le siguen en la profesión, pero son escogidos los que hacen bueno este arte. Quizá porque no han comprendido lo que él demostró: que ese momento es un acto de fe. Hace tres días que Radio Clásica emitía la primera sinfonía de Brahms con Giulini al frente de la Jonde, en un concierto de 1998 que fue su última actuación en España. Sonaban sus ojos cerrados, el gesto trascendido y esa batuta que apresaba con el puño, amasando la belleza del sonido y la largura de la emoción. Giulini ha sido un sacerdote de la música, un místico y un poeta de mente lúcida que afirmaba revivir a diario la experiencia como último viola de la Orquesta Augusteo de Roma. Allí se forjó dirigido por los mejores (Erich Kleiber, Otto Klemperer, Bruno Walter... y comprendió la raíz del oficio antes de estudiar con Antonio Guarnieri y Bernardino Molinari. Verá, entonces, el derrumbe de la única sala de conciertos de Roma, bajo la cual Mussolini buscó los balsámicos restos del emperador Augusto, y en 1944 se presentaba como director ante la Orquesta de la RAI, en un concierto con motivo de la liberación de capital italiana. Todavía interpreta a Salviucci, Dallapicola, Petrassi y Turchi, luego estrenará a Von Einem y Ladermann, pero ya se decanta por los grandes del XIX. Más recuerdos. Algunos inevitablemente asociados a la ópera, a la que se acercó en 1948, antes de saltar con La vida breve a La Scala, donde sucedería a Victor de Sabata. En este caso La Traviata junto a Callas, en una grabación que revienta en ese Amami, Alfredo! gritado con un desgarro como jamás se ha escuchado. O el Don Carlo con Caballé y Domingo, aunque el primero tenga el valor del directo y no el de esas grabaciones que parecen bellísimos muertos Director permanente de la RAI de Milán, de la Sinfónica de Viena, de la Filarmónica de Los Ángeles, frecuentó España con la Philharmonia, la Orquesta de la Scala, y hasta dirigiendo a la vieja ONE. Estuvo, por última vez, en 2001, recogiendo el premio Menuhin de la Fundación Albéniz. No es nostalgia. Se echan de menos músicos como Giulini. b La última actuación dades Autónomas españolas y, en dos volúmenes, las retrató desde su geografía, su historia y su gente. Ahora ve la luz el segundo GUSTAVO GALLO MACHADO MADRID. Fueron cinco años de ir en coche, en avión, a pie. En esos cinco años hubo tiempo suficiente para extasiarse con la riqueza de los paisajes, de las montañas, de los mares, de los ríos. También para enriquecerse con los diálogos espontáneos con paisanos, turistas, artistas, pastores y una infinidad de personajes pintorescos y comunes. Así fue el largo viaje que hizo Manuel de Lope para visitar las 17 Comunidades españolas y retratarlas en el libro Iberia II, la imagen múltiple (Debate) que presentó ayer. En esta segunda entrega, el autor propone continuar su viaje literario iniciado en Iberia I, la puerta iluminada con un nuevo recorrido por los rincones, pueblos y paisajes que dan origen a la identidad de España. En el libro, el escritor viajero prosigue su andadura pausada por Madrid, Extremadura, Aragón, Baleares, Cataluña, Canarias, País Vasco y Castilla y León, que se complementa al recorrido inicial hecho por Galicia, Asturias, Cantabria, La Rioja, Navarra, Castilla La Mancha, Valencia, Murcia y Andalucía. Un recorrido enriquecedor El primer volumen es más sobrio mientras que el segundo respira libertad explicó Manuel de Lope. El libro, dice, se hizo bajo tres conceptos: el geográfico, el histórico y el humano. El primero me permitió conocer los pormenores de un territorio tan diverso como el español. El histórico me llevó a ver y palpar las fortalezas, los vestigios de los hechos que a lo largo de muchos años han ocurrido en España y que siguen allí para el disfrute de propios y extraños, como lo sucedido en la Batalla de Teruel. Y el paisaje humano me dejó ver el rostro de cientos de personas que viven en lugares aislados, en las ciudades, con ansias de hablar o muchas veces muy reservados, narrando lo que a diario les sucede sostuvo. De Lope escribió la realidad de todo lo que vio, sintió en todo su recorrido, porque tenía que vencer el relato de la novela. Fue un recorrido enriquecedor que me dejó muchos amigos, cientos de recuerdos, unos paisajes que sólo se pueden ver aquí en España y que de cierta forma se parecen a los de América. Pequeñas historias, anécdotas y modos de vida, todo ello fue posible durante el viaje, que algunas veces lo hice con mi mujer apuntó. Giulini, en su última visita a Madrid, en junio de 2001 CHEMA BARROSO SIEMPRE AL SERVICIO DEL COMPOSITOR JESÚS LÓPEZ COBOS arlo Maria Giulini ha sido, de entre los directores contemporáneos, mi gran modelo, como lo fue en el pasado Bruno Walter. Admiraba de él su humanismo, su profunda inteligencia y, por encima de todo, su actitud intachable ante la música, esa vocación de servicio permanente al compositor, que para él era siempre lo más importante, y lo que situaba por enci- C ma de todo lo demás. Giulini, a quien tuve la ocasión de tratar en la época en que él era el titular de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles y yo era director invitado. No hacía de la dirección una actividad egoísta, y decía que el podio estaba elevado para que los músicos le vieran mejor, no para estar por encima de ellos. El director, decía, es primus inter pares, como el solista de un cuarteto. Si dividimos a los directores de orquesta entre apolíneos y dionisíacos, Giulini era sin duda el mejor ejemplo de los primeros, con una vena lírica que le hizo tener tanto éxito en la ópera, un género que desgraciadamente no cultivó en sus últimos años.