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ABC JUEVES 16 6 2005 Opinión 7 titución y enviar destellos de advertencia a sus enemigos, los partidos antisistema. Tanto más fuerte será esta obligación cuanto más crecidos se muestren tales enemigos. El mantenimiento de la unidad constitucional exige que PSOE y PP celebren pactos de cuando en cuando. El Pacto Antiterrorista es sólo un ejemplo de esta vía consensual, que siempre ha de estar abierta. Por ello, la cláusula del pacto tripartito que cierra toda vía de acuerdo entre PP y PSOE es directamente contraria a nuestra constitución material; y la gravedad de la infracción aumenta si se tiene en cuenta que la cláusula se estipula en interés de ERC, que estima que la neutralización del Partido Popular es un hito necesario en su proyectado camino de ruptura del orden constitucional. No es necesario añadir que ese interés se comparte por el nacionalismo vasco radical. LA ESPUMA DE LOS DÍAS COMO SI DICEN MISA E CARLOS KILLIAN integran el sustrato material de la Constitución española. Ese sustrato político está sobre todo compuesto por los partidos que dieron vida a la Constitución de 1978 y que, con su respaldo a lo largo de los años, han asegurado su vigencia desde entonces. Dado que nuestro sistema de partidos ha consolidado su carácter bipartidista, toda actuación de relevancia constitucional habrá de ser al menos bipartidaria, aunque esta condición necesaria no sea suficiente en algunos casos. Los dos grandes partidos- -PSOE y PP- -tienen, pues, la obligación de mantener un frente constitucional unido, para de este modo legitimar cotidianamente la Cons- A la vista de esta auténtica y peligrosa mutación constitucional, ¡qué infundada resulta la acusación socialista, recientemente reiterada con solemnidad editorial, de que el PP ha roto el Pacto Antiterrorista! Dicho Pacto se apoya en un suelo político de constante colaboración colegiada entre los dos grandes partidos, que deben otorgarse recíprocamente preferencia en temas de relevancia constitucional. Si la existencia de ese suelo se niega mediante hechos concluyentes y acuerdos formales con partidos antisistema, ¿cómo pretender que el PP acepte pacíficamente la nueva situación y se enganche como furgón de cola en el extraño convoy organizado por el PSOE? En el debate sobre el estado de la Nación, Mariano Rajoy no podía hacer otra cosa que denunciar esta mutación, mucho más peligrosa en sus consecuencias que la moción luego aprobada por el Congreso sobre el diálogo con ETA. El Partido Socialista, que ha sido y es un gran partido constitucional, debería reflexionar sobre todo esto. Las combinaciones con los partidos antisistema acaban causando daños en todo el arco constitucional. Cuando a principios de los años ochenta Mitterrand cambió el sistema electoral francés de manera que el Frente Nacional accediera al Parlamento, calculó que ello perjudicaría al centro derecha. Y así fue, pero el daño fue sobre todo para la República francesa, y luego también para el propio PSF, cuyo candidato en las elecciones presidenciales de 2002, Lionel Jospin, perdió frente al ultra Le Pen. Los partidos antisistema, cuando no son violentos, deben tener su sitio en la ciudad; pero no en su parte más alta, no en la ciudadela constitucional. PALABRAS CRUZADAS ¿Cree que es bueno que Fraga revalide su mayoría absoluta? AY, EL BLOQUE... ¿VIENTOS DE CAMBIO? E S mala cosa que a un periodista se le pida un pronunciamiento político claro, es incluso inconveniente, pero a la abajo firmante le pierden su galleguidad y su conocimiento de esta tierra desde la que hoy escribe. No nos van a ir muy bien las cosas a los gallegos si entra el BNG en el gobierno. Anxo Quintana modera su lenguaje, cuida como el que más su aspecto físico y se pasea con un programa que es un ejemplo de contención, pero, ay, este BNG no tranquiliza a quienes quieren- queremos una Galicia que apueste por un futuro mejor. No estamos ante el BNG de Beiras, sino que se trata de una formación en la PILAR que Quintana manda poco y Francisco CERNUDA Rodríguez manda mucho y el independentismo ha estado siempre en boca de sus gentes, aunque ahora no aparezca en el vocabulario electoral de los candidatos. La UPG ha dejado muchas heridas en Galicia, y hoy es la UPG la que manda en el Bloque. No es ningún secreto que si Fraga no consigue mayoría absoluta Pérez Touriño mirará hacia Quintana con ojos golosos y le ofrecerá un despacho importante en Raxoy o San Caetano. Hasta Paco Vázquez, sensato siempre, lo ve así de claro y expresa su contrariedad. Si lo dice el alcalde de La Coruña, socialista de carné, ¿por qué no va a exponer su inquietud una simple periodista? C LARO que no pienso decantarme ni decir en qué sentido iría mi voto si yo fuese gallego. Lo soy casi, consorte. Acaso por ello, ando con carácter algo morriñoso estos días y veo inconvenientes en ambas salidas posibles. ¿Una coalición socialista con el Bloque, con Anxo Quintana de vicepresidente de la Xunta? No me convence, por lo de Anxo, volátil y disperso, aunque no, contra lo que le achacan, un batasuno a la gallega; de eso nada. ¿Que siga Fraga, otros cuatro años? Imposible, por razones diversas. ¿Entonces? Entonces habría que designar un sucesor en el pepega, FERNANDO entre Barreiro y Núñez Feijoo. No, JÁUREGUI Cuiña, no, que no es digno de eso, por mucho que él se proponga como delfín. Pero enredar, enredará. Así que los movimientos internos en el PP se me antojan más inciertos aún que los vientos de cambio. Que son, en algunos aspectos, necesarios: no es bueno que se perpetúe el mismo en el poder, y quince años son muchos años. Bueno, al grano: a don Manuel no lo veo en la oposición. Ni en el Gobierno. Y pudiera ser, no estoy seguro, que más valga aquí lo quizá malo por conocer que lo bueno, tan gastado, conocido. ¿Y usted qué opina? Déjenos su mensaje o su voto en la página web www. abc. es eldebate L elector, en la soledad de la cabina de voto, con su papeleta en la mano, representa un acto esencial de libertad individual inviolable. Es la sustancia de la democracia representativa, aun con todas sus limitaciones, aun cuando se trate de un acto de participación que implica también, en la mayoría de los casos, una renuncia a cualquier otra vocación de actuar en política que no sea, cuatro o cinco años más tarde, volver a comparecer ante las urnas. Nadie tiene, pues, el derecho de interpretar ese acto más que como lo que es. Ningún determinismo, ninguna influencia puede ser atribuida al resultado de ese acto supremo de libre determinación. Ante todo, porEDUARDO que nadie está capacitaSAN MARTÍN do para escudriñar dentro de una conciencia que se expresa en absoluto secreto. Con esta argumentación, casi imposible de rebatir, los vencedores en las elecciones del 14 de marzo rechazaron que se pudiera atribuir a los terribles atentados de tres días antes cualquier influjo en el resultado de los comicios. La pretensión de los autores de la matanza de condicionar el resultado de las elecciones podría resultar indiscutible; el grado de impacto que finalmente hubiera podido tener sobre cada elector individual era sencillamente indemostrable. ¿A qué viene entonces todo el ruido de estos últimos días sobre la pretendida intención de un partido de influir en la voluntad de los votantes gallegos promoviendo, o participando en, manifestaciones callejeras en coincidencia con la campaña electoral? Quienes esgrimieron en su día los argumentos que anteceden no pueden ignorarlos ahora. Es muy probable que determinadas instancias del Partido Popular hayan caído en la tentación de bajar al asfalto para recargar las pilas de sus fieles, para intimidar a los oponentes, o vaya usted a saber para qué. Sus contrarios no tendrían por qué perder la calma: la inviolabilidad de la conciencia individual de los votantes garantiza la absoluta inanidad de esa intención. Si una masacre con doscientos muertos en el corazón de España no influyó sobre los votantes, ¿cómo podrían hacerlo unas manifestaciones pacíficas que se desarrollan a centenares de kilómetros de las urnas? Algo similar ocurre con la pretendida presión que los obispos estarían ejerciendo sobre el cuerpo social a propósito de determinadas iniciativas parlamentarias. Quienes recuerdan con insistencia las posiciones que en su momento adoptó la jerarquía católica contra el divorcio o contra la despenalización de tres supuestos de aborto, e ilustran con ese recuerdo el escaso eco que la Iglesia tuvo entre los legisladores y quienes les eligieron, ¿por qué se encalabrinan ahora porque los prelados saquen a sus fieles a la calle para protestar contra la ley de matrimonio de homosexuales? A ellos, sobre todo a ellos, debería importarles un ardite lo que digan los obispos. Como si dicen misa. ¿O no?