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6 Opinión JUEVES 16 6 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA LEOPOLDO CALVO- SOTELO IBÁÑEZ- MARTÍN EX SUBSECRETARIO DE INTERIOR EL VALOR DEL RESPETO OSPECHO, y me alarma poder estar en lo cierto, que lo que nos pasa es que nos estamos perdiendo el respeto los unos a los otros. Ese respeto que, de repente, escasea tanto como el agua en los embalses es la columna sobre la que puede levantarse una convivencia inteligente en el campo de una democracia mínimamente asumida. Sin él, el juego ciudadano se convierte en esperpento. Cuando, por ejemplo, el fiscal general del Estado, el muy obediente y disciplinado socialista Cándido CondePumpido, sostiene que dos militantes del PP son sospechosos- ¡de agredir al no agredido José Bono! -porque apareM. MARTÍN cen en unas fotografías FERRAND en actitud vociferante no es que esté atentando contra los fundamentos del Estado de Derecho, que eso ha pasado a ser rutina en la mezcolanza promiscua de los poderes clásicos del Estado. Es que les está faltando al respeto a todos los protagonistas de la historia, desde las Fuerzas de Seguridad, que no vieron lo que el fiscal asegura que llegaron a ver, hasta los vociferantes, pero no por ello agresores, devotos del PP. La anunciada próxima excarcelación de Ignacio de Juana Chaos, después de cumplir 18 años de cárcel y redimir 12 de una condena de 3.000- -que así funcionan las matemáticas de la Justicia- es otra más entre las muchas faltas de respeto con las que, conscientes o inconscientes, nos ofenden los poderes del Estado, y, con más ahínco, sus servidores perpetuos y, en los hechos, infalibles y omnímodos. ¿Qué nos ocurriría a nosotros, modestos ciudadanos, si en una pretensión de simetría en el trato acudiéramos, en formación, a las puertas de los despachos de Conde- Pumpido, del juez Pedraz, del ministro Alonso, o de cualquiera de los muchos posibles autores de nuestro desconsuelo cívico, para hacerles una trompetilla en los solemnes momentos de sus entradas y salidas? El problema no se queda ahí, en los suburbios de uno de los tres poderes del Estado. Florece también en los otros dos. Cuando José Luis Rodríguez Zapatero, para poder obtener el respaldo parlamentario que le permite ser presidente del Gobierno, pacta con fuerzas contrarias al sistema, hostiles a la Constitución y contrarias a su propio programa electoral, está faltándonos al respeto a todos. A sus votantes, por supuesto: pero también, y no en muy diferente medida, a quienes le asumen por espíritu democrático aun después de haber votado a otros. Asegura Baura que el respeto a los demás es un valor moral indispensable y la única herramienta válida para construir sosiego ciudadano. Bien es verdad que también sospecho que para respetar a los demás es preciso arrancar del propio. Y no debe de ser fácil de alcanzar con algunos antecedentes, en ciertas compañías y con la ambición aplastando con su peso el delicado esqueleto de la sutileza. S MOCIONES Y MUTACIONES El autor reivindica el consenso entre los grandes partidos que sirvió de matriz para el pacto que desembocó en la Constitución de 1978 frente a la alianza del PSOE con ERC, un característico partido antisistema, hostil a la forma del Estado AY partidos que nacen y se desarrollan en un orden político constituido, y que contribuyen a lo largo de su vida a sostenerlo y transformarlo. Los grandes partidos ingleses y norteamericanos son un buen ejemplo de ello. Hay partidos que forman la matriz constituyente de un orden político nuevo, y que suelen asumir una especial responsabilidad en su conservación. Así, en Italia, los partidos demócrata- cristiano, comunista, socialista y liberal, entre otros, formaron en 1943 un Comité de Liberación Nacional y actuaron de manera colegiada y decisiva durante el proceso que desembocó en la aprobación de la hoy vigente Constitución de 1947. Un autor calificó aquellos partidos de órganos constitucionales paritarios de un ordenamiento nuevo La República italiana tuvo luego una historia agitada e inestable, pero incluso en los momentos de mayor confrontación los partidos fundadores supieron mantenerse unidos en defensa del régimen que habían creado. La Constitución española de 1978 también nació en la matriz de un preexistente grupo de partidos políticos: la UCD (cuyo lugar ocupa hoy el Partido Popular) el PSOE, el Partido Comunista y Convergencia i Uniò. El Partido Nacionalista Vasco se quedó en la abstención, que, unida a su aceptación del Estatuto de Guernica, venía a equivaler a un sí, pero y en el no se arrinconaron los componentes de lo que el periodismo de lengua inglesa suele llamar las franjas lunáticas Después de veinticinco años de experiencia constitucional exitosa, y unos pocos meses de confusión de confusio- H nes, la situación tiene mucho peor aspecto. Los elementos antisistema han pasado de ocupar posiciones marginales a navegar cerca de la corriente principal. Tras el pacto de Estella, el PNV está más próximo del no que de su sí, pero original. Todas las formas de la vida política catalana están distorsionadas por la irrupción de Esquerra Republicana, un característico partido antisistema, en cuanto que partidario de la secesión y hostil a la forma del Estado. Incluso se diría que Convergencia i Uniò, antaño tan importante entre los partidos fundadores, vacila en su antigua fe constitucional. Pero lo peor de todo es que el PSOE, partido de gobierno y gran baluarte de nuestro orden político, parece creer que la solución a tanto desafío está en abrirse a los elementos antisistema y darles un trato mejor que el que concede al Partido Popular. Esta impresión se apoya al menos en dos pruebas circunstanciales: el PSC suscribió en 2003 un pacto tripartito de gobierno entre cuyos firmantes está un partido antisistema, ERC, y entre cuyas cláusulas figura la prohibición de que el Partido Socialista celebre acuerdos permanentes con el Partido Popular en las Cortes Generales; y el Gobierno ha hecho aprobar en el Congreso de los Diputados una moción relativa al diálogo con ETA cuyo antecedente no es un acuerdo con el Partido Popular, sino una conversación confidencial del presidente del Gobierno con el lendakari Ibarretxe. Este modo de operar es contrario a las bases políticas que