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ABC JUEVES 16 6 2005 Opinión 5 HOMENAJE A JAIME CAMPMANY UN SILLÓN IMAGINARIO H HACE DEMASIADO CALOR E dirá que hacemos vil demagogia, pero el calor madrileño de los primeros días de junio ¿no hace pensar? Hay problemas (la Constitución europea embarrancada) y hay grandes problemas, enormes problemas. El responsable del consejo de calidad ambiental de la Casa Blanca, Philip Cooney, ha sido despedido. Había alterado informes de la administración Bush. Además de un indecoroso manipulador, Cooney debía ser muy incompetente: quiso engañar al New York Times. El periódico tardó en descubrir el engaño. Casi 48 horas: Bush hubo de poner a Cooney en la calle. Nunca se había alcanzado antes tal alianza de mentira y capullez. Queremos decir: la administración Bush deforma, manipula y miente en las emisiones de CO 2 y en el calentamiento de la Tierra, un problema que afecta a los seis mil y pico millones de habitantes del planeta. Tres paneles de las Naciones Unidas con casi 2000 científicos se pronunciaDARÍO ron hace tres años: el cambio climátiVALCÁRCEL co está provocado por la acción del hombre. Acción del hombre significa entre otras cosas, sobres, maletines y baúles entregados bajo cuerda por las compañías petroleras y carboneras a algunos partidos: rusos, norteamericanos, australianos (no hay sobornos de esta clase en la República Popular; no hay partidos) Pero hay academias de ciencias: las de India, Brasil y también China que respaldan la tesis europea sobre la degradación de la biosfera. La Casa Blanca ha falseado la realidad una vez más. No podemos fiarnos de lo que sale de sus despachos ni de otras agencias oficiales. A Bush se le veía venir. Los más proamericanos hemos puesto el grito en el cielo. Hay que pedir al altísimo que estos tres años pasen sin grandes daños. Cheney y Bush (es el orden real) con Philip Cooney o Karl Rove en las cocinas siembran la alarma. Quizá la Unión Europea, una vez salvado el golpe constitucional, vuelva a exigir orden en esta materia. S El editorial del FT, 9 junio, era duro para Bush (que no lee periódicos) insiste el FT en la opinión del presidente, todavía no sabe lo bastante acerca de este evidentísimo fenómeno mundial, visible en la última década y en el último año del calentamiento de la Tierra. En 1750 había en la atmósfera 280 partes de dióxido de carbono millón: hoy la concentración es de 375 millón. Esta es, cree la comunidad científica, la causa principal del calentamiento. Entre tanto, Bush toma el problema con parecido interés al de las subvenciones remolacheras de Florida. Es el peligro del actual presidente. Expertos que él ha elegido son, como Cooney, manipuladores profesionales, deseosos de servir a su señor, tipos sin la mínima preparación científica... Han mentido y seguirán mintiendo sobre la relación de los combustibles fósiles y el cambio climático. Lo malo, concluye el FT, es que la realidad es difícil de refutar. Hablamos del mundo como si fuera una balsa de civilización: constituciones europeas, referéndums... ¿Han leído las condiciones del secuestro de Florence Aubenas, encerrada en un sótano cerca de Bagdad, 175 días, a oscuras, cuatro por dos metros, 1,50 de altura? Atada de pies y manos, ojos vendados, prohibido hablar. Sus secuestradores la pegaban cuando se movía demasiado en el colchón. Iba dos veces al día a una letrina, 24 pasos en total. Se duchó cinco veces, una al mes. Hubo de recitar en televisión lo que le dijeron sus captores. Volvieron a pegarla porque no lloraba lo bastante ante la cámara. Esto ¿tiene que ver con lo anterior? Creemos que sí: son modos de aplicar la fuerza contra el derecho. Quizá el derecho pueda defenderse con el protocolo de Kioto, que Bush no quiere firmar. El lunes hubo 41 muertos en Irak. La semana anterior, más de 100, nueve soldados americanos entre ellos. Las cifras, que no significan todo, suben en vez de retroceder. Al lado de los verdaderos problemas que amenazan al peor presidente de Estados Unidos en los últimos cien años, ¿qué es un civilizado rechazo a una propuesta constitucional? ABLAR de Jaime Campmany aquí, en su espacio de tantos años, me produce un escalofrío inicial y una palpitación acelerada del corazón por su ausencia definitiva y por la necesidad de llenarla hoy con palabras mías dedicadas a él. He de decir que mi admiración por Jaime Campmany es vieja y ha sido constante. Se originó allá por 1952 o 53, cuando publicó en alguna revista universitaria un artículo titulado El rector y la Celestina El rector era el de mi universidad, la de Granada, y la Celestina era la obra de Rojas, cuya representación teatral, que iba a ser la primera en la historia, había siGREGORIO do minuciosamente preSALVADOR parada por un grupo universitario y fue suspendida la víspera, se supone que a instancias del arzobispo, por el magnífico señor rector, sin otra razón que la evidente inmoralidad de la obra La suspensión tuvo su eco en todo el ámbito nacional y el artículo de Campmany resultó concluyente y a mí me pareció magistral. Así pues, cada vez que encontré, con posterioridad, su firma al pie de un texto, fuese cual fuese: artículo, columna, crónica deportiva o reportaje, lo leí sin dudarlo y, si quiero precisar más, tendré que añadir que, de hecho, lo devoré con fruición. Personalmente no lo conocí hasta hace muy pocos años; nunca he tenido demasiada prisa en conocer a los escritores que admiro, por lo que pueda ocurrir: bastantes desilusiones se lleva uno en la vida como para añadir innecesarias decepciones en el mundo ideal y refulgente de su particular olimpo literario. Pero el caso es que conocí, por fin, a Jaime Campmany y puedo decir que no me defraudó en absoluto la persona. Si de algunos escritores se suele alabar que escriban bien, lo que debería darse por supuesto, habrá que distinguir a los realmente excepcionales y prodigiosos, los que conocen los entresijos de la lengua y se mueven por ella como Pedro por su casa. No me quiero quedar corto, y quizá haya ahora mismo un par de docenas, acaso tres, entre España y América. Y Campmany era uno de ellos. Alguien puede que se esté preguntando: ¿Y por qué no entró en la Academia? Yo también me lo pregunto. La verdad es que todos tenemos dos Academias: la que hay, que es como es y va resultando como va resultando, y la que cada uno desearía, desde su razón, desde su juicio, desde su voluntad, acaso desde sus preferencias personales más o menos justificadas. En esa otra Academia mía tenía yo sentado a Jaime Campmany desde hace años: en un sillón imaginario que me hubiera gustado ayudar a convertir en verdadero y que se me ha ido el tiempo sin lograrlo. Y hoy tengo esa tristeza sobre esta gran pesadumbre de su muerte.