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68 MIÉRCOLES 15 6 2005 ABC FIRMAS EN ABC JULIO JOSÉ ORDOVÁS ESCRITOR CENIZAS DE CALENDARIO Jesús Moncada hizo de un pequeño pueblo perdido en la zona más oriental del mapa aragonés el centro del mundo, y sobre él aplicó una potente lente de aumento para que pudiéramos ver pasar la vida, la historia y la muerte... AY una fotografía antigua de Jesús Moncada en la que se le ve sentado frente a la máquina de escribir, con la barba negra y espesa cubriéndole el cuello, y con un montón de papeles y una botella de cocacola sobre la mesa. Entre esa fotografía y la que debe de ser la última, en la que aparece, hace apenas un par zana localidad de Mequinenza en 1941, trasladándose a Zaragoza a estudiar el bachillerato y la carrera de Magisterio, que finalizó a los diecisiete años y que sólo ejerció durante dos cursos en su pueblo natal, yéndose después a Barcelona, donde se instaló definitivamente. Allí entró a trabajar en la editorial Muntaner y Simón, a las órdenes de Pere Calders, que fue, junto con Edmon Vallès, el que le animó a escribir en catalán y el que en buena medida encarriló su formación literaria. Trabajando por las mañanas en la editorial, y dedicando las tardes y las noches a pintar y a escribir, encerrado en un minúsculo estudio del paseo H de meses, recibiendo el Premio de las Letras Aragonesas 2004, con la cara y el cráneo por completo rasurados, ha pasado el tiempo, naturalmente, pero sobre todo ha pasado el soplo de ceniza de la enfermedad, del cáncer que en poco más de un año le ha arrancado la vida. Jesús Moncada nació en la zarago- CARLOS MURCIANO ESCRITOR DOS QUINTETOS E L 30 de marzo de 1784, Mozart fecha su Quinteto de piano e instrumentos de viento, en Mi bemol mayor, K. 452. Semanas antes- -27 de enero- ha cumplido veintiocho años. Lo que en otros compositores pudiera entenderse todavía una edad temprana, clave para su formación, en el genial salzburgués, muerto a los treinta y cinco, representa la madurez plena. Ese mismo mes, compone los dos conciertos para piano K. 450 y 451, al hilo de una actividad incesante, que abarca también la atención a sus alumnos y sus intervenciones en veladas privadas y públicas. El quinteto en cuestión, en el que acompañan al piano- -con menos carácter solista que en otras obras de esta índole- -un oboe, un clarinete, un fagot y una trompa, va a convertirse en pieza cimera de su literatura de cámara. Concebido en tres movimientos (Largo- Allegro modérate, Larghetto y Allegretto) la fusión de las cinco voces esté conseguida con tan perfecto pulso que del conjunto emana un hálito armónico en el que la habitual gracilidad mozartiana alterna, llevada de una admirable fluidez, con instantes de grave hondura reflexiva. Lo considero lo mejor que he escrito jamás afirmó el propio Mozart. La crítica de ayer y de hoy ha ratificado sin vacilar sus bondades. Gema entre las gemas dijo Ghéon; el más noble ejemplo de música de cámara para instrumentos de viento Paumgartner; una de las más grandes obras camerísticas de Mozart Haylock; obra maestra Massin; ejemplo perfecto de diálogo concertante, algo que ningún otro compositor ha igualado Halbreich... La obra se estrenó en el teatro de la Corte de Viena, dos días después de escrita. Pero la sesión más recordada es la que se celebró el 10 de junio en Döbling, organizada por la familia Ployer, en presencia del gran operista italiano Giovanni Paisiello, con uno de esos programas usuales en la época, que cualquier melómano de nuestros días consideraría interminable: tres sinfonías, un concierto, tres arias a cargo de intérpretes distintos, con este añadido: el señor Mozart improvisará solo en el pianoforte Y el quinteto, claro, también con Mozart al teclado. Trece años después, Beethoven aborda su primer quinteto. Y no vacila en tomar como modelo el K. 452 de Mozart: idéntica tonalidad, idéntica formación instrumental, idénticos tres movimientos e idéntico clima. Anotados los primeros esbozos en su gira europea de 1796, culminará el quinteto en los primeros meses de 1797, cuando cuenta veintiséis años. Pero los veintiséis de Beethoven no son los veintiocho de Mozart. Obsérvese sólo que donde éste cifra 452, aquel 16. El opus 16 beethoveniano es un decidido homenaje a quien durante su período formativo tuvo como ejemplo, mas también como muro a superar. Si continúa como ha comenzado, llegará a ser un segundo Mozart dirá de él su primer maestro, Neefe. Pero él no ha nacido para segundón; quiere ser Beethoven. Apunta Specht que lo que el de Bonn no le perdonará nunca al salzburgués es el no poder evitarlo; tener que pasar adelante a través de él Y pasa, claro, porque le sobra tenacidad, y talento, y música, para ello. No se me malentienda: no estoy diciendo que se hace más grande que Mozart, sino que se hace Beethoven. Con ello basta. Pero, en este caso, lo valiente no quita lo cortés. Y Beethoven sabe, acaso mejor que nadie, quién es Mozart. Su quinteto es un diáfano reconocimiento de su grandeza. (Ahí está también, compuesto por entonces, su trío con piano en La mayor, opus 11, tomando como modelo el de Mozart, K. 498) Esa dualidad que antes señalaba en el quinteto de Mozart: -gracilidad, reflexión- está también en el de Beethoven, quizá de manera más acusada. Si, como Halbreich afirma, el larghetto es uno de los más raros milagros mozartianos el andante de Beethoven, de una belleza turbadora, no le va a la zaga. Aquellas palabras de Haydn a un joven Beethoven ...me parece que usted es un hombre que tiene varias cabezas, varios corazones, varias almas; creo que se descubrirá siempre en sus obras algo inesperado, insólito, sombrío, porque usted mismo es un poco sombrío y extraño encuentran confirmación en este andante, sobre el que llueven gotas de sombra, no ominosas, sí mistéricas, que acaban disolviéndose en el delicioso rondó. Dice Paumgartner, respecto del K, 452 de Mozart, que, con su opus 16, Beethoven no lo supera Tampoco creo que Beethoven intentara competir; sí disfrutar, dentro de esa bienaventurada zona franca de su proceso creador, en la que el rigor que signaría su escritura futura aún no se había impuesto a su libertad electiva. Lo que nos queda, pues, transcurridos más de dos siglos, son dos obras imperecederas, que unen con su invisible cordón sonoro los nombres de dos colosos de la creación musical, que el implacable paso del tiempo ni desvae ni mancilla. de Gracia, no sería hasta 1981 cuando Moncada vio publicado su primer libro, Històries de la mà esquerra (Historias de la mano izquierda) un volumen de cuentos ambientados en Mequinenza, en el lugar en el que él había descubierto el mundo y que diez años atrás, al inicio de los setenta, había sido enterrado bajo las aguas de un pantano. Cuatro años después vería la luz El Cafè de la Granota (El Café de la Rana) una nueva entrega de cuentos mequinenzanos, que fue saludado con idéntico entusiasmo por la crítica. En 1988 aparecería su primera novela, sin duda una de las grandes novelas de la década, Camí de sirga (Camino de sirga) con la que convirtió al Ebro en un río mítico y que elevó a la Mequinenza de su memoria y también de su fantasía a la altura literaria de la Comala de Rulfo, de la Yoknapatawpa de Faulkner o del Macondo de García Márquez. Pero la desaparición de su pueblo natal no hizo escritor a Moncada, porque la literatura fue siempre la razón de su vida, y quizá para demostrarlo escribió La galeria de les estàtues (La galería de las estatuas) publicada en 1992, novela que transcurre en una ciudad ficticia, Torrelloba, que mucho se parece a la Zaragoza que conoció en sus años de estudiante. Si con su tercera novela, aparecida en 1997, Estremida memòria (Estremecida memoria) regresó a su pueblo, pero a una Mequinenza muy anterior, la de finales del XIX, con Calaveres atònites (Calaveras atónitas) su tercer libro de relatos, publicado en 1999, Moncada sí volvió a la Mequinenza en la que vivió su niñez, una población rota por la guerra, y tal vez lo hizo para ajustar cuentas con algunos fantasmas de su pasado. Con engañosa precisión de chronicler, una firmísima voluntad de estilo y un humor de clara raíz dickensiana, aunque tan negro como el lignito que los mequinenzanos extraían de las minas y transportaban en laúdes por el Ebro, Jesús Moncada hizo de un pequeño pueblo perdido en la zona más oriental del mapa aragonés el centro del mundo, y sobre él aplicó una potente lente de aumento para que por su puerto, por sus calles, por sus cafés, por sus boticas, por su juzgado y por sus dormitorios pudiéramos nosotros ver pasar la vida, la historia y la muerte. Ajeno a modas y a timbas, Moncada fue insobornablemente fiel a sí mismo, traduciendo al catalán a Verne, a Apollinaire, a Boris Vian o a Alejandro Dumas, y entretejiendo nieblas melancólicas con el algodón de las nubes más o menos oscuras de la ironía. La muerte le ha impedido concluir una novela que llevaba ya muy avanzada, sobre el viejo mundo editorial de Barcelona, pero no consiguió privarle del placer de tener entre las manos su último libro traducido al español, al final de cuyo prólogo leemos: No trabaje tanto, deje el papeleo y venga a echar un vistazo. Mire, fíjese en aquella chica tan guapa que atraviesa la plaza. No se distraiga, créame, esto dura poco. En menos que canta un gallo, pasamos de embriones inciertos a calaveras atónitas