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58 MIÉRCOLES 15 6 2005 ABC Cultura y espectáculos La viuda de Campmany, Conchita, rodeada de sus tres hijos y amigos, como Guillermo Luca de Tena y Federico Trillo, dieron su último adiós al maestro de periodistas Jaime Campmany se entrega al último y cálido abrazo de su tierra Cientos de personas despidieron al periodista en el cementerio de Nuestro Padre Jesús de Murcia b Una esposa y tres hijos embarga- dos de dolor, pero confortados por un torrente de afecto. Campmany ya descansa bajo la luz mediterránea de su Murcia natal BLANCA TORQUEMADA MURCIA. Hubo aladas almas de las rosas (las rojas, las de la corona de Conchita, su esposa) y sombras de cipreses alargados. Los almendros ya no son de nata, en estas fechas. La tierra, su tierra, herida de cicatrices sedientas, le esperaba para un último y cálido abrazo de eternidad, aunque él no muera mientras los demás le recordemos. Pasaban veinte minutos de las cuatro. Antes, una vuelta por el camposanto con el sobrino, que también ha llegado pronto, por si acaso. Viene de Castellón. Sabe que la última morada de Jaime Campmany está a dos pasos de la puerta principal de este cementerio de Nuestro Padre Jesús de la ciudad de Murcia, lacerado bajo un sol implacable y silente. El recinto está dibujado a cuadrícula y tiralíneas, con la rutina parcelaria y el nomenclátor convencional de esta última hora: calle de los Afligidos. En ella nos asomamos al panteón familiar, en ladrillo visto y discreto tejado a dos aguas: Díez de Revenga, el apellido materno, rubrica la entrada recoleta. Apenas llama la atención, al lado como está de un grandilocuente monumento funerario con angelote y trompetas apocalípticas. Dos tramos de escalones de mármol blanco nos llevan a las tripas umbrías y frescas de la cripta. Veinte nichos y un andamio dispuesto para la ocasión, para esta ocasión de dolor rabioso e incrédulo: El país, en la calle había escrito sólo unas horas antes para ABC, su Casa de los últimos veintiocho años, feraces de madurez frescachona y de sabiduría inagotable. Entre las inscripciones mortuorias, la de la madre de Campmany, Josefa, fallecida a los 56 años de vida laboriosa y triste Toda una novela contenida en nueve melancólicas palabras. Luego una comitiva de cuatro coches funerarios, oscuros y opacos, devolvía a su hijo querido a Murcia, su país sin ombligo, ese rincón tan español en sus ambiciones como en su modestia de huerta y de laboriosidad poco ostentosa. Un calor infinito y sin moscas ¿qué fue de las moscas legendarias de la periferia seca? ciñe dos montañas de coronas de flores deshechas en aromas y evapora un río de lágrimas apenas contenidas. Los amigos van afluyendo, poco a poco, para cincelar en la lápida de las hemerotecas la memoria de este día inhóspito y necesario. Decenas, cientos, arracimados en homenaje y tributo al que se ha ido tan sin avisar, justo en el último suspiro del cierre, cuando apenas las rotativas podían dar cobijo a su pérdida. Con el sobrino, todo es más fácil para el cronista y a la vez más hiriente, más cercano. También descansa aquí la suegra dice, a medio camino entre la nostalgia y una mueca que alguna vez fue sonrisa, antes del mazazo. Está a unas pocas calles, en otro panteón familiar, arropada en otros mármoles que evocan su memoria: Dolores Mecho falleció en enero de 2004, aunque no figura la fecha de nacimiento: Uno de esos grandes misterios... Lo que no sé es dónde estará Felisa se encoge de hombros, algo frustrado, nuestro cicerone. Ella, ese otro eslabón de esas referencias familiares y afectivas de puertas adentro con las que Jaime Campmany trascendía de lo cotidiano a lo candente o a lo universal y a lo eterno, como sólo los privilegiados pueden hacerlo. Federico, quítate del sol Conchita y sus hijos, a jirones, se bebían la hiel amarga de este trance. Deshechos y llenos de gratitud. Federico, quítate del sol decía la viuda del periodista y escritor al ex ministro Trillo, como un salvífico ángel de la guarda que no dimite ni en las horas más