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6 Opinión MIÉRCOLES 15 6 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA TRISTAN GAREL- JONES EX MINISTRO DE ASUNTOS EUROPEOS DEL GOBIERNO BRITÁNICO ¿MENOS FUNCIONARIOS? E L problema no reside, aun siendo un gran lastre para el metabolismo nacional, en los casi seiscientos mil funcionarios que pueblan la Administración central del Estado. El afrancesamiento de nuestro modelo burocrático exige muchas manos atentas a la voz de mando de los políticos de turno y, sobre todo, de las figuras integradas en los grandes cuerpos, que no tienen más turno que el de su propio capricho para traspasar su presencia de la rutina pública, en la que son perpetuos, a la amenidad privada y mejor retribuida. El verdadero problema, al que no se refiere el ministro de Administraciones Públicas, un poco en razón de la incompetencia geM. MARTÍN neral del Gobierno y un FERRAND mucho en acatamiento a su falta de competencias, es el de la elefantiasis de las administraciones autonómicas y, por extensión y contagio, de las municipales. Aun no siendo la parte principal del problema, el Gobierno anuncia ahora, en la voz de Jordi Sevilla, la prejubilación incentivada de los funcionarios con más de 58 años. Es decir, que el Gobierno toma para sí la solución a los excesos de plantilla que desaconsejan a las empresas privadas. Parecen más sabios en la casa ajena que en la propia; pero dese todo por bueno si, en una de ésas, se reduce en algo, aunque sea en poquito, la carga del hiperfuncionariado en nuestros esquilmados bolsillos contribuyentes. Entre las razones, no todas económicas, que manejan los sabios gubernamentales para fundar su proyecto figura, y me alarma, el afán de rejuvenecer el funcionariado. Quieren que los servidores del Estado sepan, por ejemplo, manejar el ordenador sin temor a los calambres de la ignorancia. ¿No se puede formar a los funcionarios talluditos para podernos ahorrar el gasto de su jubilación anticipada sin el bien complementario de la amortización de sus plazas? Dos millones y pico de funcionarios para atender las necesidades administrativas de cuarenta millones de vecinos nos proporcionan, siempre con el consuelo del mal ejemplo francés, el porcentaje más alto de funcionarios por mil habitantes de todo el continente. Peor aún: tenemos, redondeando, el mismo número de empleados públicos que los siempre vituperados EE. UU. ¿Hay algo que lo justifique, además de una mala costumbre establecida y el irresponsable sentido nacional de que lo público no lo paga nadie y que los cauces del Estado son tan elásticos como los criterios de José Luis Rodríguez Zapatero cuando dice, supongo que después de haberlo pensado, que cada país de la UE debe seguir su propio ritmo El diablo, cuando no sabe qué hacer, mata moscas con el rabo, y este Gobierno, que tiende a no saber nunca cuál es el camino conveniente, le imita haciendo proyectos vanos, huecos, para que al final todo siga donde estaba, pero con un pelín menos de rigor. Una calamidad. LA UNIÓN EUROPEA: ¿Y AHORA QUÉ? El autor analiza las lecciones que Europa ha de aprender tras los reveses sufridos por el Tratado constitucional y apunta la mejor solución: el cumplimiento de la agenda de Lisboa y que se afronte el reto de la competitividad, de la que depende el futuro económico y social de la Unión URIOSA sensación me produjo el reciente titular de un periódico francés: Blair da el golpe de gracia al Tratado A lo mejor me equivoco, pero creo que el pueblo francés dio un no rotundo al Tratado- -un volapié de los que daba Rafael Ortega en sus mejores tiempos. Borda en la impertinencia el clamor franco- alemán para que los demás países que no hemos ratificado sigamos con el proceso- máxime después de la puntilla holandesa. Bastante ha hecho Blair con sólo posponer el referéndum británico. Otra cosa sería si el presidente Chirac se hubiese comprometido a volver a presentar el Tratado al pueblo francés una vez ratificado por los demás. Silencio. ¿O es que pretende conseguir una serie de enmiendas? Menos razón aún para que los demás no sigamos adelante con el Tratado en su forma actual. España, cumplidora con sacrificio y éxito del Pacto de Estabilidad y ratificadora del Tratado, no tiene por qué escuchar sermones de nadie; menos aún de un país que incumplió el pacto y rechazó el Tratado. Francia es un país que, con razón, muchos admiramos y queremos. Ante su situación actual debemos adoptar la misma posición que madame de Staël. Exiliada por Napoleón, nunca dejó de escribir contra los peores excesos de la dictadura napoleónica, pero tal era su afecto hacia Francia que en varias ocasiones arriesgó su propia vida para volver allí. Sobre el no francés debemos- -y podemos- -avanzar el proyecto europeo de una manera sensata, aunque suponga un corto periodo de exilio de ese país tan querido. ¿Y ahora qué? La primera lección del no franco- holandés es que existe C una brecha entre las clases gobernantes europeas y sus pueblos. Un déficit democrático. Pues bien, hay una serie de propuestas dentro del Tratado que se pueden ir aplicando sin la necesidad de enmiendas ni ratificaciones. En primer lugar, las sesiones del Consejo Europeo podrían celebrarse en público. No es comprensible que una Unión compuesta por países democráticos- -basada precisamente en valores democráticos- -celebre las reuniones de su máximo órgano legislativo en secreto. Este paso lo puede dar el Consejo Europeo por decisión propia. Que la tome ya. En segundo lugar está la participación de los órganos legislativos nacionales en el proceso legislativo de la Unión. Existe, dentro del Tratado, una propuesta que imponía a la Comisión la obligación de someter a las cámaras legislativas nacionales toda proposición de ley. Personalmente, me hubiera gustado algo más ambicioso que implicara a los legisladores nacionales en todo el proceso legislativo. Pero la propuesta que contiene el Tratado está bien. No hace falta proceso ratificador alguno para que se haga. Basta con una decisión del Consejo y de la Comisión. Así, paso a paso, podía irse cerrando el déficit democrático. Pero el impasse en el que nos ha metido el no francoholandés (y digo por delante que yo hubiera votado sí al Tratado) nos obliga a enfrentarnos de cara con el auténtico drama del futuro económico y social de la Unión: la competitividad. En todos nuestros países, economistas distinguidos- -como en España, Guillermo de la Dehesa- -nos avisan del desafío que supone para Europa nuestra falta de