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ABC MIÉRCOLES 15 6 2005 Opinión 5 HOMENAJE A JAIME CAMPMANY Con motivo de la muerte de Jaime Campmany- -y con el fin de rendir el homenaje que merece su magisterio literario y periodístico- -durante unos días desfilarán por la que fue su columna durante tantos años las plumas de quienes mejor le conocieron. Primeros espadas de la lengua y de este viejo oficio de contar las cosas que es el periodismo acudirán durante estas fechas al lugar donde nuestro colaborador hacía descansar día a día su maestría. Serán estos testimonios los que, en las primeras jornadas del inesperado adiós, contribuyan a hacer algo más llevadera tan triste ausencia y esa especie de orfandad que los que hacemos ABC compartimos con los lectores, dueños últimos de su prosa, sus versos, su ingenio y su infinito talento. Comenzamos hoy con el testimonio de Manuel Alcántara, publicado ayer en otros periódicos de Vocento. HERMANO JAIME AS personas que mejor conocen el contenido de mi corazón, quizá porque residen en él, me llaman para darme el pésame. Jaime Campmany, que decía que sólo aspiraba a que sus amigos escribieran correctamente su apellido, era todo lo que se puede ser en periodismo: director de diarios y agencias, creador de revistas, corresponsal en Roma, articulista señero... Sin embargo, para mí fue algo más importante que todo eso: fue mi hermano mayor. Mayor en todo, incluso en lo que ya va siendo difícil que me supere alguien de la cofradía de la columna: me llevaba un par de años y algunos miles de artículos. Era Jaime un hombre de suerte y lo sabía. En los viejos tiempos, cuanMANUEL do se sorteaba un Seat ALCÁNTARA 600 en un periódico, nos anticipaba: No os molestéis, me va a tocar a mí y así era. Anduvimos juntos muchos caminos, pero él se adelantaba siempre: en el Cavia, por ejemplo. A veces yo le regañaba por darle al naipe y él me regañaba a mí por darle al frasco. Se me agolpan y entrecruzan los recuerdos, las sobremesas y las madrugadas. No se puede escribir una buena necrológica cuando el muerto te importa tanto, entre otras cosas porque se ven turbias las letras con las lágrimas. Sí, Jaime. Siempre tuviste suerte, pero nada en comparación con la que tuvimos contigo tus amigos. Nos conocimos hace medio siglo- -cincuenta y dos años, para ser exactos, que no hay por qué- -y puedo atestiguarlo. No has tenido una mala muerte. Te la cambio sin ver. Para mí la quisiera. Sin rodar por hospitales con tubos en las narices, que no te gustaba que te las tocara nadie. Un poco pronto quizá y estando en plena forma, pero esa es la única forma de darle un plantón a la decrepitud, esa afrenta. También en eso me has adelantado. Los viejos no queremos vivir mucho, pero queremos estar vivos el día siguiente. Me acuerdo, no sé por qué, bueno sí lo sé, de Salvador Jiménez. Cuando pueda hablar llamaré a Concha. L EL ZAPATÓFONO DE SÓLO HABLAR P ARA que luego larguen de nuestra tecnología y recuerden el que inventen ellos de Unamuno. Ahí lo tienen, al alcance de todos los españoles, como el No- Do... ¿Qué era eso del No- Do? -Pues una cosa como 59 segundos pero en cine, y con Matías Prats padre en lugar de Carlos Carnicero, pero lo mismo: propaganda del régimen. A este paso, el día menos pensado inauguran un pantano en 59 segundos -Ojalá. ¡La falta nos haría que inaugurasen un pantano, con esta sequía! Sobre todo donde han suprimido el Plan Hidrológico a cambio de nada. Como muestra de nuestra alta tecnología, ahí lo tienen, al alcance de todos los españoles: el teléfono móvil que sólo sirve para hablar. ¿Ah, pero el teléfono móvil sirve para algo más que para hablar? ANTONIO ¡Qué preguntas tiene usted! Y no BURGOS se dice teléfono móvil sino terminal. A los teléfonos móviles les dicen terminales, como a los enfermos que están buscando las tablas y los caritativos médicos progres de las urgencias de ese hospital les dan la bolilla, como a los perros, para que no sufran los animalitos, digo, los pobrecitos. Los móviles son terminales, como esos edificios perversos de Barajas o del Prat; las terminales. La terminal nacional es una cosa que está a siete mil kilómetros de la terminal internacional. Distancia que hay que recorrer en diez minutos con la lengua fuera y cargado de equipaje de manos, para no perder el transbordo del avión internacional que debe tomar tras dejar el que le trae desde su pueblo. No sé cómo está en perri lo de Madrid 2012. Eso es que los gorrones de los inspectores no vieron Barajas, que tiene la pista de cinco mil metros lisos con más tiendas del mundo: el camino que va desde la terminal nacional a la internacional, y que hay que hacerse en diez minutos como el enlace te lo haya puesto chungo la niña de Iberia. ¿Por dónde iba? Ah, sí, por los teléfonos que sólo sirven para hablar por teléfono. ¡Gran invento español! ¡Ya era hora! Un teléfono que no disponga de todas las tonterías que no nos hacen ninguna falta. Un teléfono que no haga fotos, ni envíe faxes, ni sintonice Punto Radio, ni reciba correos electrónicos, ni haga vídeos, ni tenga flash... -Pues mi niño, en el Día del Padre, me regaló uno que hace hasta café... -No, si el mío no sólo hace café, sino que te pregunta si lo quieres cortado o descafeinado de máquina. ¿Pero quién usa el teléfono para hacerse café? Nos gastamos millonadas en teléfonos móviles con unos archiperres absolutamente infrautilizados. Perdón: no son archiperres, son prestaciones. No sé por qué. Porque de prestadas, nada: compradas en firme, y carísimas. Claro que estos teléfonos móviles que anuncian y que sólo sirven para hablar y para dejarnos de tonterías, no son nada, comparados con el modelo que usa Zapatero. ¿Se acuerdan del zapatófono de aquel telefilm que era como un Julio Verne de las tecnologías que habrían de venir? Pues Zapatero usa el zapatófono, pero sin teléfono y sin nada. A pelo, que tiene más mérito. Zapatero habla, y habla, y habla. Dice que dialoga, y dialoga, y dialoga. Pero después no escucha a nadie. Igual que los nuevos teléfonos sencillitos: Zapatero está programado sólo para hablar. Ojo, hablar, De escuchar no hemos dicho nada. Ni de hacer. Zapatero ha inventado la nueva tecnología del diálogo, que es que aquí hablo yo y de escuchar, ni mijita. Ni aunque un millón de personas se echen a la calle pidiendo que no se negocie con los asesinos. Uno, dos, uno, dos, probando, ¿me se escucha, me se escucha? Pues no, porque al otro lado está Zapatero con el zapatófono.