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ABC MARTES 14 6 2005 Opinión 17 En la muerte de Jaime Campmany Andrés Amorós Escritor Tenía una cultura amplísima, y detrás de su ironía y su sarcasmo tan murciano había una persona con una cultura clásica muy bien aprendida Leopoldo de Luis Poeta El mundo de la poesía perdió a un gran poeta cuando Campmany se dedicó al periodismo. No cabe duda de que ahora el periodismo ha perdido una gran figura Marina Castaño Escritora Estoy consternada por su muerte. Fue un gran amigo de Camilo José y mío, y un gran defensor nuestro cuando nos atacaron. Se marcha un hermano mayor y mi maestro de periodismo César Antonio Molina Director del Cervantes Fue un maestro del periodismo y de la ironía como recurso expresivo en la línea de los grandes escritores como Camba, González- Ruano o el propio Camilo José Cela alguna cosa pequeña e inocente, no sé, alguna breve cosa que le lleve un aroma de recuerdos infantiles, de recuerdos de los años en que su voz de poeta y de hombre no había sido obligada, todavía, a tomar partido entre las partidas de los hombres. Quiero dejarle algo, no sé, que a nadie duela: una piña de pino, entreabierta, balsámica, olorosa, o una maravillosa oveja blanca de lana desteñida; algo como las cosas que él explicaba que quería cambiar con los niños, como si todos, él y nosotros, fuésemos niños que aún no se conocen, que ni siquiera saben si son pobres o ricos, si viven en el mármol o habitan la madera, si mañana se van a encontrar, el uno frente al otro. con las manos armadas del palo, de la piedra, del fusil, quizá de la palabra. Algo, no sé, que pueda ser de todos, sin quitárselo a nadie: una gacela con la forma del llanto, unos calcetines de lana, unas gotas de aceite, porque yo no sé escribir los versos mas tristes esta noche ni decir, en la tarde de otoño, Una canción desesperada, mientras los árboles del parque del Oeste empiezan a vestirse el color de los cobres de Chile. Todo esto querría hacer, a pesar de la ira. Nos hablaba del pan y de la hormiga, del olor de la leña, de la cebolla y de la lagartija, de la lavandera nocturna y del color de la pobreza. Y ahora estará ya sentado, departiendo con su voz de cansancio inagotable, con Rubén, el de los cisnes unánimes y los claros clarines. Y con Gustavo Adolfo, desmayado en las arpas, perseguidor de los rayos de luna. Y con Machado, el bueno, que anotará en su cuaderno el paso de los chopos por la ventanilla de su vagón de tercera. Y con Juan Ramón, con su ramo de malvas y su jardín muriente. Con ellos estará, a pesar de la ira. Porque todos ellos nos enseñaron a salvar el amor, que salvado el amor, lo demás son palabras Sólo y sólo palabras. FELISA Artículo publicado el 30 de agosto de 2002 EN LA PLAZA DE MURCIA te, sin mezcla de mal alguno, a todas las personas que los rodean. Me amaba con cariño animal e irrazonado, dócil y ciego, y cuando dejó de responder a mi madre sí, señora lo que mande la señora heredé sus síes, aunque a mí no me llamaba señor, claro está, sino hijo mío, lo que tú quieras, hijo mío Vivió en Roma conmigo. No aprendió el italiano, pero cumplió su deseo más vehemente: ver al Papa. Era mi crítica literaria más benigna. Cuando yo le leía a mi madre mis primeras prosas o mis primeros versos (ella a todo eso lo llamaba retólicas escuchaba escondida desde la puerta y al final se declaraba con una frase que era un estallido: Vamos, eso no lo escribe ni don José María Pemán Felisa, además de la mía, tenía tres devociones: la de Pemán, la de Fraga y la de san Antonio bendito, y cantaba la canción de sus milagros cuando el santo encerró en su casa a los pajaritos para que no picotearan el sembrado mientras su padre andaba a oír misa. No recuerdo ninguna enfermedad mía sin que Felisa estuviese sentada en una silla baja a la cabecera de mi cama, y adivinaba mi sed, mis dolores, mi deseo de oscuridad, mi sueño o mi mejoría. Adivinaba mi mejoría antes que el médico y que nadie. Estoy seguro de que la Muerte le habrá llegado soñada, y cuando le haya dicho en sueños: Felisa, debes venir conmigo ella habrá respondido lo de su costumbre: Sí, señora Lo que mande la señora E me ha muerto Felisa. Se ha dormido dormida, así que ha pasado del sueño de la vida al sueño de la muerte, que la vida es sueño y la muerte también. En cierto modo, la vida es un rato de duermevela entre muerte y muerte. Como tantas veces os he hablado de Felisa viva, me creo con derecho de hablaros de ella muerta. Hoy, otra vez, escribir es llorar. Yo sé que las lágrimas personales del periodista son como las del payaso, que debe sorberlas y que continúe como si nada la representación. Tenía noventa y seis años, y aunque ya vivía sin vivir en ella, yo esperaba que me durase un siglo, que es lo que iba a cumplir su madre cuando murió, y que aún traducía reales a pesetas o duros a reales con velocidad de calculadora electrónica. Hace ahora ochenta años exactos que Felisa forma parte de mi familia. Entró a servir a mi bisabuela, y de ella pasó a la de mi abuelo y a la de mi madre, y de la de mi madre a la mía, y ha criado a mis hijos y alcanzó a cuidar a mis nietos. Ha entregado sucesivamente amor y solicitud, un amor laborioso e incondicional, a seis generaciones de mi familia. Antes de que yo naciera, se fue a vivir a casa de mi madre, de modo que me tomó en sus brazos al nacer y me ha acompañado hasta su morir. Felisa es, era, uno de esos seres angélicos, sabios de lo esencial por don del Espíritu Santo, que el Creador vierte sobre la tierra con cuentagotas para que hagan infatigablemente el bien, un bien solícito y diligen- S -S Que haya puesto el nalgatósobre pieles de chinchí- visones o cibelí- por mor de la alta costúno lo perdona a su cúnadie de la ecologí- Mirad a esa Magdalé- la del piropo a Galí- dispuesta a hacer el desfí- honor de la pasaré- Tire la primera piéquien libre esté de pecáy en un lírico arrebáo un disculpable descuíno se le escape algún díesa palabra tan guá- Que está feo poner mier en boca tan femeníni de pavo ni mosquíy ni siquiera de cer- Más a micrófono abierporque lo oiga toda Espá- que si gusta esa palátan sucia y escatoló- que le pongan un dodóen el lugar de la brá- Allí está la Sansegún- que Naomí no la supéy es como una enciclopécon todo el saber del mún- Responde a toda pregúncual Pitonisa de Apóy posee el sólido apló- que concede la ignorán- Rebuznará el estudiáncon sus planes pedagó- Todas aparecen línluciendo bella figú- No hallaréis un bello grúde tan socialista pín- Al frente del Paranínque forman tales cané- figura María Teré- toda vestida de blánvicepresidenta cándel cándido Zapaté- Todos los artículos publicados por Jaime Campmany en ABC desde febrero de 2001, en abc. es IÉNTATE aquí, Jaime. Quiero charlar contigo este par de horas de sol que aún nos quedan. La última vez que tomé café aquí, yo solo, en esta plaza abrumadoramente bella de la catedral, estuve dando vueltas al sentido de nuestras relaciones. ¿Por qué razón terminamos por entendernos tú y yo, tan divinamente, sin necesidad alguna de darnos explicaciones, después de un desencuentro político tan prolongado? La respuesta me vino de la contemplación de este triunfo de las CÉSAR formas que es la ALONSO DE catedral de MurLOS RÍOS cia. Los dos sabemos que nuestra coincidencia básica viene de la misma devoción por la estética y, a partir de ahí, de la moral que nace de aquélla. La forma, Jaime. El estilo, que es ciertamente el hombre. Tu vocación por la perfección. Tu asco a la mediocridad. No hay sino que mirar a esta plaza de Murcia. No habrían bastado los propósitos de los que encargaron estas obras catedralicias si los maestros no hubieran tenido el genio creador y no hubieran ido dejando la marca de sus estilos, desde el gótico al rococó, en torre, naves, portadas, girola, trascoro, sillerías, cúpulas... y en este Palacio Episcopal, en el que compiten el sentido del orden y la seducción de la decadencia (el aire mueve las cortinas que aseguran las sombras interiores... Al final, lo que cuentan son las formas, Jaime. El lenguaje y sus exigencias: tu apuesta por la excelencia. Tu entrega sin tasa a la escritura. Como Flaubert, llorabas por el adjetivo y Juan Ramón Jiménez, por el nombre exacto de las cosas. Así levantaste una obra mágica, como esta plaza murciana y, como ella, encantadoramente irregular por la variedad de los géneros. Y tan desconocida. Ha caído la noche. Espérame, Jaime. Volverá el día y seguiremos hablando...