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16 Opinión MARTES 14 6 2005 ABC En la muerte de Jaime Campmany Victoria Prego Periodista Aunque no le conocí, ha sido un articulista magistral, capaz de mantener un altísimo tono con sus artículos cada día, lo que es una hazaña irrepetible Julio César Iglesias Periodista Jaime Campmany ha sido un columnista de toda la vida, cuyo estilo, matizado por la ironía y el gracejo, le hizo, sobre todas las cosas, distinto Enrique Cornejo Empresario teatral En estos tiempos en los que tanto se confunde el periodismo, él era periodismo en estado puro: cultura, ética y deontología, y los lectores vamos a echarle de menos Gustavo Pérez Puig Director teatral Era uno de mis cuatro mejores amigos, y tenía con él una relación casi fraternal; era un hombre generoso, un ser humano verdaderamente grande CAMPMANY, EN LA GENERACIÓN DEL 50 E llega la noticia cuando acabo de redactar la presentación de un libro de Fabián Estapé, otro miembro egregio de la generación del 50. Había hecho yo, con ese motivo, una especie de recuento de algunos importantes miembros de ella, la surgida en un momento de cambio profundo, porque éramos sus componentes los que habíamos vivido de niños la Guerra Civil, pero no habíamos sido sus protagonistas. En sus artículos, con prosa admirable, nos había sabido interpretar admirablemente. ¡Ay, aquella PajariJUAN VELARDE ta en un Arriba FUERTES que tantas veces había sido nuestro vehículo, sobre la pregunta de su Conchita sobre qué hacer con la camisa azul de Jaime! Quizá por eso me llevó con él a Epoca y por eso los dos estábamos contentos con nuestra cercanía en ABC. Hoy mismo acompaño su postrer y delicioso artículo con una aportación mía sobre la agricultura española. Y subrayo esto porque Jaime más de una vez desde su columna, lo que para mi era un honor, me aludía como autoridad. Y era importante, porque en ella se hacía, de modo diario también otro censo, el de aquellos definidos así por Ramón de Basterra en su poema Espera Existen seres bastos, espesos, cuya boca Da el pestífero aliento que mustia cuanto toca. Más de una vez al hablar de Jaime Campmany pensé en su paisano Azorín, que, conviene recordarlo, fue también articulista de ABC desde que se le expulsó de El Imparcial por pedir la Reforma Agraria para Andalucía. Hoy, ante su último artículo, creo que siempre hacía suyo Campmany un párrafo procedente de aquella Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín (Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 1915) en la que éste declaró: Ya en Madrid, ya en el Salón de Conferencias, ya con las diarias informaciones políticas delante de los ojos, no acertamos- -perplejos, desorientados- -a casar la realidad angustiosa o brutal que acabamosde ver conla siniestra frivolidad que desfila frente a nosotros Por eso se rebeló Campmany frente a esto hasta el mismo momento de su muerte. Reproducimos en esta página tres artículos de Jaime Campmany publicados en ABC, tres muestras muy distintas de su magistral y aguda escritura A PESAR DE LA IRA Tercera publicada el 26 de septiembre de 1973. Primer artículo de Jaime Campmany en ABC M o dicen los telégrafos temblorosos de Chile: Pablo Neruda ha muerto. Pablo Neruda ya no tiene su residencia en la tierra. Su casa de Isla Negra, allí donde brotaba la torrentera manantial más ancha de la lengua en que escribo, se ha quedado vacía, y ahora, para escribirle del amor o la cólera, tendremos que enviarle nuestras cartas al cielo chileno, por encima de los viñedos y del cobre, sobre el nivel de las uvas y el viento, aún más arriba que las alturas de Macchu Picchu, que por él fueran águila sideral, viña de bruma. Lo había dejado escrito: La poderosa muerte me invitó muchas veces y por fin ha subido a nacer para siempre al lugar donde ya todos, todos, podremos ser hermanos y cantar juntos los poemas de amor, las canciones puras del silencio, del agua y la esperanza. Alguien, aquí y allá, a una orilla y a otra, no sólo del Atlántico, tendrá que desgarrar el castellano imperial y fraterno con plañidos como pájaros que píen por su muerte, que espíen su cólera y la nuestra, que levanten a un tiempo sus versos y nuestras elegías sobre las furias y las penas de los pueblos ardiendo, sobre el labio sucesivo de la sangre dividida. Pablo Neruda ha muerto en Chile, con las pupilas aterradas de cañonazos y los sueños heridos de decepciones. Quizá estaba a punto de convencerse de que ya sus versos no eran de este mundo, no tenían ya otra patria posible sino la de la gloria, en donde no se lucha: solamente se pide. Pablo Neruda ha muerto, y alguien, desde España, tendrá que enviarle una urgente gacela con la forma del llanto para decirle todo lo suyo que habremos de instalar en el recuerdo fragante, todo cuanto de él debemos destinar al difícil olvido. Alguien tendrá que hacerlo. A pesar de la ira. Decía Pablo que el corazón de los poetas es una interminable alcachofa donde no hay solamente hojas para amores verdaderos o sueños persistentes, sino para todas las tentaciones de la vida. Su gran corazón dio una hoja para la maldición y cien para la ternura; dio una hoja para el odio y mil para el ensueño; dio una hoja para el fuego y diez mil pa- L ra el trigo. La vida, la poesía, le fue deshojando, oda a oda, canto a canto, aquella enorme alcachofa, vestida de guerrero, que tenía dentro la pacífica pasta de su corazón verde. Yo no puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo no puedo decir una canción desesperada. Pero alguien tendrá que reconocer que aquel corazón que se agitaba frente a las barbas rojas de los conquistadores de Castilla, que ardía como un volcán desde Guatemala a Stalingrado, se enternecía luego, cual ninguno lo hizo, junto al aceite, el vino o la araucaria, se desangraba ante unos zapatos abiertos señal de la pobreza o se dormía dulcemente, dócilmente, metido dentro de unos humildes, preciosos, campestres calcetines de lana. España en el corazón Dentro de aquel corazón hizo Pablo un sitio para España. Cuando Pablo Neruda metió a España dentro de la interminable alcachofa de su corazón, era, quizá, verano. Pero no era el verano virginal de su oda. No era, no era aquel verano, violín rojo, nube clara, zumbido de cigarra, barriguita de abeja, tambor de cobre rojo, carro de manzanas maduras. Era el verano en que estallaba la flor negra de la pólvora, y en los cielos volaban pájaros azules de plumas férreas, y se abría sobre la tierra el tomate doloroso de las sangres gemelas. Caía de los árboles la hoja de la muerte. Caía sobre los campos la hoja de la guerra. Pablo vivía en Madrid. La Casa de las Flores era un balcón sobre el infierno. España en el corazón. Pero España ya no estaba entera. De nuevo, la sangre dividida. Y en el racimo de los versos claros comenzaron a brotar las uvas de la ira. Pablo, va lo sabéis, quedó, como tantos otros, del lado de allá de la raya de sangre. No han muerto. Ellos están de pie en el trigo les decía a las madres de los milicianos. Las madres de los que morían en el lado de acá no supieron nunca del consuelo de su canto, del llanto de su canto. Quería llorar de miedo en una casa sola, quería arrancarse los ojos y comérselos cuando se apagó la voz de naranjo enlutado de Federico. Luchó contra nosotros con espadas como labios. Antes que por los hermanos del otro lado se preguntaba por las lilas y por la metafísica cubierta de amapolas y encontraba a su alrededor solamente chacales y cuchillos. Su corazón estaba ya marcado, y nunca quiso volver a buscar entre nosotros las ofrendas habituales de la primavera. Son asuntos del corazón, que sólo con el corazón mueren. Ya está muerto. Ya ha sido arrancada de él la última hoja, la tierna, la indefensa, la inerme, la inofensiva hoja de la muerte: la hoja que sólo tiene debajo una pacífica, vegetal, comestible pasta verde. Y yo os pido licencia a todos los que, como él, contemplásteis un día la sangre dividida, para acercarme a su tumba y dejar sobre su nombre LAS MINISTRAS DEL VOGUE Artículo publicado el 22 de agosto de 2004 D e las ministras del Vogue se ha dicho lo más diverso. Porque el reír no me ahogue, lo repito, pero en verso. Como si fueran modéposan en una revíslas ocho alegres minísque controla Zapaté- Al fin y al cabo mujé- están locas por la móy se retratan en Vó vestidas con modelí- haciendo de niñas píministras que eran de cuó- Está Cristina Narbó- ministra de Medio Ambién- sentada tan ricaménsobre unas pieles lujó-