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ABC MARTES 14 6 2005 Opinión 15 En la muerte de Jaime Campmany José María García Periodista Era un amigo y un auténtico maestro, con una inmensa cultura y una generosidad impropia de esta profesión. Será recordado como un hombre bueno Fernando González Urbaneja Periodista Ha sido un ejemplo de periodista de raza con talento para escribir y con un enorme tesón. Se ha ido después de escribir su columna, como siempre le hubiese gustado hacer Carlos Dávila Periodista Fue uno de los mejores escritores de periódico de España en los últimos cincuenta años. Es una pérdida lamentable, porque gente de esa talla queda muy poca José Oneto Periodista Destacaría su gran sentido del humor, en ocasiones corrosivo y surrealista. Ha tenido una muerte como muchos esperamos: plácida y digna Jaime Dulce Buda gentil, celeste ingenio, esplendor que a los aires desconcierta, ternura de verdad, conciencia cierta, voz con algo de fuego primigenio. ¿Quién te puso en tu mano ese cuidado? ¿Quién trazó tanta fuerza en tu lenguaje? ¿Quién adornó de verbo tu estalaje? ¿Quién se hizo azul de fragua en tu costado? Todo en tu largo andar es geometría, clasicismo romano de luz pura, clámide y sueño en junco de poesía. En ti todo es un viento que se baña desde Murcia hasta el cielo en calentura de un lírico dolor de amor a España. Santiago Castelo EL GENIO INTELECTUAL N España tenemos un miedo tremendo a la palabra intelectual. Por una razón u otra, aquí todo el mundo esboza una sonrisa maliciosa cuando alguien pretende identificar un intelectual. Y si ese intelectual escribe en un periódico, mucho más; ¡siempre el eterno desprecio hacia el periodismo! como si el periodismo escrito no fuera desde hace décadas el lugar privilegiado de la creación de ideas. Pues bien, Jaime Campmany era un intelectual, alguien que ha creado ideas, que se ha comprometido con ellas y que las ha EDURNE expresado con la URIARTE palabra escrita. Pero no era un intelectual cualquiera. Intento emular torpemente su precisión conceptual y busco en el diccionario el significado de la palabra genio, y compruebo que fue ideado para esas pocas personas privilegiadas como Campmany; porque el genio es la capacidad mental extraordinaria para crear cosas nuevas y admirables. Eso era lo que todos admirábamos, y envidiábamos, de sus columnas, esa creatividad desbordante que inventaba una idea y una forma nuevas cada día. Mientras los demás nos peleamos con nuestras limitaciones por encontrar uno o dos argumentos cada semana, él entrelazaba uno tras otro sin descanso con una fluidez insultante. Y, para colmo, dominaba la forma. En realidad, y a diferencia de los artistas, la forma ha sido siempre llamativamente secundaria entre los intelectuales. Tanto es así que hasta se ha confundido el mal escribir con la profundidad del pensamiento. Quizá porque muy pocas personas poseen, también en ese mundo, el domino de la palabra escrita. Y Campmany pertenecía a esa minoría. Pero hay un segundo rasgo casi tan malo como el del gusto por el periodismo escrito por el que regatearán el calificativo de intelectual a Jaime Campmany: además de periodista, era de derechas. Y si ya se minusvalora tanto la creación de ideas, ¡qué decir cuando las ideas son de derechas! E do al través del ojo de la cerradura las mil y una noches de la comedia humana y la sala de los siete pecados capitales y el filme cochon de Sodoma y Gomorra, y después se extasiaba ya se embebecía en el claustro prohibido de los cipreses y las palomas. Luego, prorrumpía en primera persona del presente o del pretérito y hablaba de todo eso con desvergüenza misericordiosa de hermanita de la Caridad, y otras veces con los melindres y eufemismos de un tratante de blancas. Nunca sabremos si César, cuando se confesaba con nosotros, que era siempre que no se le ocurría otra cosa de qué escribir, nos decía la mitad de su verdad o el doble de su mentira. Y nunca sabremos tampoco cuándo escamoteaba adrede el tintero del desdén para trocarlo con el de la maravilla, y ni siquiera podremos nunca adivinar hasta qué punto ejercía, con la máxima seriedad profesional, el oficio servil y sublime de reírse de todos nosotros, obligándonos a tenerle casi más desprecio que admiración. No, no. No es necesario que toméis ahora sus libros ni que busquéis por los periódicos atrasados sus artículos. Las flores literarias de César, como las de la verdad, están destinadas a nacer con el alba y a morir con la noche. ¡Tanto sucede en término de un día! Las frescas rosas de César, que el periódico despertaba al albor de cada mañana, vana lástima fueron a la tarde, y habrán muerto ya, con él, en brazos de la noche fría. No las busquéis, no las toquéis ya más; son ya sólo recuerdo, aroma, fuente cegada, callada música, nada, nada. Nada, menos que nada. César escribió para hoy, sólo para hoy. ¡Qué estúpidos los que dicen escribir para la posteridad! Y escriben las Jaime Campmany, en la presentación de su libro Romancero de la Historia de España JULIÁN DE DOMINGO Me gustaría apostrofar su cadáver con las injurias más tiernas, con los más lacerantes piropos y con los más divinos improperios Nunca sabremos si César, cuando se confesaba con nosotros, nos decía la mitad de su verdad o el doble de su mentira cosas obvias, las cosas que se repiten eternamente, sólo porque cada año nacen nuevos ignorantes que las desconocen. Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar. Yo cobraré éste que aquí termino. Y hasta es posible que aproveche la ocasión para pedirle al director un aumento de la tarifa de mis colaboraciones con el argumento de que, ido César, a mí los muertos se me dan como a nadie. Luego, mientras cuente las monedas, apretaré los dientes para que no se me salgan las lágrimas.