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14 Opinión MARTES 14 6 2005 ABC En la muerte de Jaime Campmany Miguel Platón Periodista Ante todo, fue un gran español y un hombre de su generación. Ha muerto como a él le hubiera gustado: escribiendo hasta el último día Isabel San Sebastián Periodista Campmany se bebía la vida a grandes sorbos. Fue mi jefe en Época y le recuerdo duro, pero justo. Lo siento por ABC, porque se le ha ido un gran columnista Andrés Aberasturi Periodista Tenía una tremenda facilidad para escribir. Hacía piezas literarias. Al margen de ideologías, era uno de los mejores columnistas de la segunda mitad del siglo XX Tico Medina Periodista Desayunaba con él todas las mañanas, porque su crónica a veces era feroz, pero siempre feraz. Él a veces era discutido, pero siempre indiscutible EL TORO DE LA GUERRERO ON el artículo de Campmany ocurría lo mismo que con el toro que Rafael el Gallo brindó en Sevilla a María Guerrero: todo el mundo, aunque no lo hubiera visto, lo comentaba. -Pase de la muerte, los del Celeste Imperio, derechazos, cambio de manos, naturales, el de pecho... y a empezar otra vez. Para hacerlo todo igual, pero distinto. Igual, pero distinto. Ése fue el secreto articulístico de Jaime Campmany, que cada mañana, durante los últimos treinta años, supo asomarse al mundo con humor y libertad de espíriIGNACIO RUIZ tu, los dos rasgos QUINTANO distintivos del periodismo Luca de Tena, y que ha tenido el privilegio de caer al pie de su columna, como Simón el del desierto, aunque mejor comido, claro, porque Campmany pasaba por ser un gran bendecidor de mesas: el único capaz de hacer un foie- gras siguiendo la receta que en dulces versos dejó Marcial, y eso, en un país gobernado política y culturalmente por una banda de personajes de Ivà, tiene mucho mérito. No es por sacar a Camba a relucir, pero el articulismo y la mesa van unidos. Frente a la ramplonería tocazambombera del artículomahonesa de moda (la salsa mahonesa no es más que la combinación de las dos únicas cosas que había en Mahón durante el sitio que le puso a aquella plaza el duque de Richelieu) se necesita un pulso jodidamente exacto para dosificar- -no caer en el hartazgo- -los elementos de amenidad, doctrina, ironía y seriedad que componen la suprema salsa Campmany Por eso, desde Pemán, ningún articulista había conseguido como Campmany realizar la suma aspiración, según aquél, de todo articulista de ABC, que debe ser que no lo lean a uno, al ver su firma, durante el desayuno, sino que el lector se marche a su oficina encargando a su mujer: -No me pierdas el diario, que quiero leerlo esta noche. Y que al día siguiente lo comente como si comentara lo del toro de la Guerrero. Con esta necrológica a César González- Ruano, publicada en el diario Arriba el 18 de diciembre de 1965, Jaime Campmany obtuvo el premio Mariano de Cavia C CÉSAR O NADA olía decir César, con esa pueril ternura que a veces disfrazaba de cinismo, que a él los muertos se le daban como a nadie. Es verdad. Todos los amigos que le hemos sobrevivido nos hemos perdido la más puntual de las necrológicas, el llanto más urgente y la palabra más desgarradora. Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace un plañidero tan rico en lamentos, tan pródigo de elogios como César, que echaba a correr enseguida, a través de la prisa de los periódicos, elásticas y calientes liebres en forma de elegía. Su pluma- -esa pluma de colegial, de recado de escribir, que trazaba letras desenlazadas y casi griegas, desplegadas en hileras de dóciles hormigas- -es una herencia intransmisible, ni siquiera mortis causa Menos que nadie podría moverla yo, que tengo la mano torpe y desangelada. Pero hoy quisiera tener esa pluma entre los dedos y que él me llevara la mano con su mano, que ya será de hielo, para escribir en el pliego de firmas de su despedida funeral esas cosas que sólo él mismo podría haberse dicho. Me gustaría decir de César, ahora que ya no puede oírme, las más dulces acusaciones, las más desconsoladas calumnias. Me gustaría apostrofar su cadáver con las injurias más tiernas, con los más lacerantes piropos y con los más divinos improperios. Me hubiese gustado echar sobre su tumba recién abierta un puñado de responsos inicuos y una bodeleriana brazada de flores del mal, hechas con cera y organdí, en un escenario cursi y cordialísimo. Decirle, por ejemplo, apresuradamente, no sé, pávido lirio, araña cristalina, cuervo de espuma, colibrí de barro. Llamarlo con descoyuntadas invocaciones: ¡Oh, momia de rocío! ¡Oh, llagado violín! ¡Oh, manso surtidor de cohetes! ¡Oh, insigne caracol del paraíso! ¡Oh, cometa corrupto! ¡Oh, César, César! ¡Oh, César! ¿Lo estás viendo? Se me va la cabeza detrás de los pájaros negros que acaban de traerme noticia de tu muerte y no acierto sino a decirte imprecaciones sin sangre y sin sentido, muertas como tú estás, inhumanas como tú nunca eres. Tú sabías abrirte el corazón bajo el chaleco a cuadros y derramarlo entero sobre tus muertos entrañables de artículo de urgencia, y S Bibliografía y Premios Novela: Jinojito, el lila (1977) El pecado de los dioses (1998) La mitad de una mariposa (1999) El abrazo del agua (2000) Poesía: Alerce (1943) Lo fugitivo permanece El libro de los romances Segundo libro de romances El rey en bolas y otros romances (1997) Teatro: Cyrano de Bergerac traducida y adaptada por Jaime Campmany y su hija Laura Campmany. Adaptación de Marta la piadosa de Tirso de Molina Colecciones de artículos: Cartas batuecas (1995) Crónicas de guerra (1993) Doy mi palabra (1997) Anécdotas y epigramas: El jardín de las víboras (1996) Retratos de personajes: El callejón del gato. Retratos al vitriolo (1999) Poesía satírica: Prólogo de Ópera herética de fray Josepho Romance: Romancero de la Historia de España (De Atapuerca a los Reyes Católicos) (2004) Premios: Mariano de Cavia (1966) Premio Luca de Tena (1979) Premio González Ruano de Periodismo de 1985, Mariano José de Larra; Premio Nacional extraordinario de Periodismo; el Jaime Balmes, I de Octubre, Víctor de la Serna, Ciudad de Murcia, Ejército, África, la Placa de la Orden de Cisneros, la Medalla del Mérito Deportivo; Premio Extraordinario de la Fiesta de las Letras de Barcelona; Premio Nacional de Crítica de Teatro; Premio de Cuentos de la revista Juventud y la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio quedarte de mármol, inesperadamente, al borde mismo de un epitafio balbuciente de amigo desolado, de esos amigos que llegan al cielo y de pronto, se quedan sin saber qué decir, y cuentan una anécdota inoportuna, trivial, conmovedora. Y entonces todos se ponen a llorar como si hasta ese momento no se hubiesen dado cuenta de nada, y los niños rezan jaculatorias azules sin saber por qué, y el sacristán contempla estupefacto cómo florecen en el hisopo oxidado ternísimas rosas increíbles. Me han dicho que César se ha muerto rodeado de linotipias, que recogían sus últimos suspiros. Hasta el último aliento de sus pulmones ha servido para alimentar el latido del periódico. Ahora pienso que todos hemos sido siempre exigentes y crueles con él, que le hemos pedido, cada vez con más sed, palabras y palabras y más palabras, casi con la misma perentoriedad con que él pedía más dinero. Nos hemos aprovechado de él, pobre terco vendedor de humo, que se abrasaba vivo, medio muerto, para seguir humeando, hasta que llegó un momento en que el único testimonio de su existencia era esa diaria columna de humo desde la cual nos estaba diciendo, como siempre, que se moría, que se moría, que estaba empezando a acostumbrase a no vivir. Yo he sorbido desde hace años ese humo que vendía César, y ahora, cuando ya sé que tendré que dejarme el vicio, pienso que nadie, ni siquiera Ramón, que es el padre de todos, ni los vivos ni los muertos, escribió el castellano con una desfachatez tan enternecedora, tan desternillante, tan inocente, tan perversa. César tenía entrada libre en todos los corazones y en todas las cloacas, se paseaba en zapatillas por los pasillos interiores de las viejas actrices de voz de marfil, se colaba de rondón, con toda naturalidad, en los retretes privados de las Lolitas adolescentes y feroces, se daba una vuelta aburrida por las recámaras de los refinados, era visita íntima de los pecadores encallecidos, de los impuros, de los protectores de animales, de los abrasados, de esos seres celestes que lloran la huida de un canario o la pérdida de una sombrilla, de toda la canalla adorable y maldita. César tenía palco abierto a las alcobas de todos los vicios y había contempla-