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ABC MARTES 14 6 2005 Opinión 11 En la muerte de Jaime Campmany Cándido Periodista Le conocí en los años cincuenta y entonces aprendí a admirarle; de él destacaría su serenidad vital. Era un hombre sereno, un gran escritor y un gran hombre Francisco Umbral Periodista Jaime Campmany nos deja un puñado de metáforas y un puñado de nísperos. Nos deja un manojo de versos y una cita feliz y equivocada Raúl del Pozo Periodista Junto con Umbral, ha sido la cumbre del columnismo político, que elevó la columna a la categoría de arte; fue un escritor que enlazaba con los clásicos Luis del Olmo Periodista Jaime contaba las verdades al lucero del alba a través de su poesía. Su aportación ha sido la crítica profunda sin ser ácida, la crítica dura sin hacer sangre UN GOZO LITERARIO AIME escribía gozos literarios, sus artículos eran piezas maestras del español. De inimitable estilo, ha muerto la columna vertebral del ABC, ante cuya escritura nos inclinamos, con reverencia, el resto de las demás. No importaba el tema que eligiera, daba igual la palabra que escogiera, siempre justa, siempre exacta, siempre un dardo, una pieza certera, Jaime era el ABC, el periodismo, el arte, la palabra, Murcia, la libertad republicana y, sobre todo, España milenaria. Y hacia España, esa España que ya vio deshacerse en su JORGE TRIAS niñez, encaminó SAGNIER sus últimas columnas, algunas escritas desde la triste e irónica realidad en que se ha convertido su política. Y a su amada historia le dedicó ese monumental romancero, cuyo destino, como el de España, será el de quedar incompleto por los siglos de los siglos. Jaime fue, sobre todo, un patriota y por eso estuvo al lado de las gentes de Franco por la misma razón que el otro día Alonso de los Ríos nos recordaba qué le había contestado D Ors a Picasso: Porque esas gentes, como dices tú, eran las únicas capaces de salvar a España y, en efecto, han conseguido salvar todo lo que tú y yo amamos de ella Todo eso que tanto amaron Picasso y D Ors, lo mismo que han amado en estos años del cambio, Cela y Campmany, es la España que esa ristra de personajes, sobre los que Jaime ironizó con elegancia pero hasta el desprecio, ahora intentan descuartizar. Pero Jaime era, sobre todo, un hombre familiar; y el paradigma de la amistad. Compasivo con el débil, fustigó al poderoso hasta la crueldad. Como debe ser. Su última columna la dedicó, entre otros motivos, a la familia y a la manifestación del próximo sábado. Yo sólo le pido, una vez haya abrazado a su suegra, que se acuerde de nosotros y nos exhorte, con el ejemplo de los veintiocho años pasados en ABC, a donde llegó de la mano de Guillermo Luca de Tena, si no a otra cosa, al menos a escribir un poco mejor cada día. J En uno de sus últimos retratos, el 4 de mayo de este año IGNACIO GIL La gran asignatura pendiente de la RAE será, ya para siempre, no haber contado con Jaime Campmany entre sus filas, a pesar de que Cela se desgañitó pidiendo un sillón para él ra, y en los cielos volaban pájaros azules de plumas férreas y se abría sobre la tierra el tomate doloroso de las sangres gemelas. Caía de los árboles la hoja de la muerte. Caía sobre los campos la hoja de la guerra. Pablo vivía en Madrid. La Casa de las Flores era un balcón sobre el infierno. España en el corazón. Pero España ya no estaba entera. De nuevo, la sangre dividida. Y en el racimo de los versos claros comenzaron a brotar las uvas de la ira... En 1977 quedó finalista del premio Nadal con Jinojito, el lila recuerdos de su época de colegial. El 26 de octubre de ese año se incorpora a ABC co- mo cronista parlamentario. Y en ABC obtiene su segundo gran reconocimiento: el premio Luca de Tena, concedido por su artículo- editorial Un año de Democracia publicado en ABC el 15 de junio de 1978, en el que hizo un balance político de nuestro primer aniversario democrático: Tengo los premios que más me han ilusionado en mi vida En 1985 Campmany volvía a reencontrarse con César: le era concedido el González Ruano por su artículo A tumba abierta publicado en ABC y dedicado a la muerte de su cofrade de página en este periódico, Pedro Rodríguez. Campmany lo trajo a Madrid y lo cuidó como una flor de invernadero, como una gran persona y como un gran periodista, que así era Pedro Y murió con las botas puestas La gran asignatura pendiente de la Real Academia Española será, ya para siempre, no haber contado con Jaime Campmany entre sus miembros, a pesar de que Camilo José Cela se desgañitó pidiendo un sillón académico para Campmany. Arrepentido de algún jui- cio inmisericorde, Campmany se refugió en la literatura de humor. No se consideraba un escritor de ironía, ni de humor. Pero de una manera instintiva pensó que era excesivo plantearle a la gente un drama diario criticando a los políticos o plantearle a los políticos la molestia de zaherirles todos los días. Porque don Jaime publicaba todos los días (le contemplan cerca de 20.000 artículos, los más brillantes, fecundos y leídos del Periodismo español) Entonces se refugió en la broma: A veces molesta más, pero ahí ya no tengo la culpa. No es lo mismo llamarle a un tío cobarde que decir: Un cid de la pluma Campmany se nos ha muerto como César o nada, rodeado de linotipias, que recogían su último suspiro. Se nos ha muerto Campmany con las botas puestas, escribiendo para su ABC. Como él dijo de César, hasta el último aliento de sus pulmones ha servido para alimentar el latido del periódico. En el cielo periodístico (donde se ha ido con su recado de escribir) don Jaime habrá saludado ya a César, porque a él los muertos se le daban como a nadie.