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ABC MARTES 14 6 2005 Opinión 9 En la muerte de Jaime Campmany Alonso Zamora Vicente Académico Era un excelente escritor, que hacía sus columnas con mucha altura. Es una pena que haya desaparecido uno de los grandes críticos de la vida de este país Gregorio Salvador Académico Lo más admirable era su capacidad de manejo de la lengua, que convertía en materia moldeable. Hacía que lanzaran chispas cada palabra con otra, lograba un destello luminoso Francisco Rodríguez Adrados Académico Manejaba muy bien el léxico, la sintaxis, la ironía. Tenía un hermoso estilo literario (sus palabras rebosaban vitalidad) y una gran sinceridad para decir las cosas Valentín García Yebra Académico Leía todos los días su columna en ABC, que era muy aleccionadora. Tenía una gran facilidad para versificar. Me gustaría que hubiera entrado en la Academia ATRAPAR EL HUMO DE LA VIDA L El periodista fallecido, durante una entrega de los premios Cavia, junto a Antonio Mingote y Alfonso Ussía ABC Junto a José Hierro, cuando el poeta recibió el premio Pluma de Oro en 2001 DANIEL G. LÓPEZ Campmany, entre José María Stampa Braun y Fernando Fernán- Gómez ro la depuraron y en la casa se quedaron nada más que mujeres: la madre de Campmany, su bisabuela, que había sobrevivido a cinco hijos que tuvo; su hermana, su tata Felisa, fidelísima, y una entrañable monjita a la que habían echado del convento y que cuidaba a los Campmany cuando caían enfermos. Para mantener a su familia, el barbilampiño Campmany se las tuvo que ingeniar haciendo, por ejemplo, carnets de la CNT, que me confesó que robaba, naturalmente ABC A los 80 años ha muerto con las botas puestas un escritor de raza, único, fecundo, de inigualable estirpe. En el parnaso periodístico, abrazará ya a César, porque a él los muertos se le daban como a nadie estudios, primeros amores. Campmany, niño de la guerra, jamás renunció a sus creencias, ni se desdijo de ellas: Me temo que en aquella guerra nadie luchaba por la libertad- -escribió en ABC en 2003- nadie defendía la libertad, ni los de un lado ni los de enfrente, ni los unos ni los otros. Ni los hunos ni los otros que diría don Miguel de Unamuno Tuvo que lidiar con la censura, malamente porque engañabas también al lector si metías alguna referencia culta sin aclararla... Una vez Campmany le dijo a Eugenio Montes: Tú sabes que yo soy republi- Perdigonazos de sal Campmany trepaba a los camiones que llevaban comida al frente y garrapiñaba todo lo que podía para llevarlo a casa. También visitaba y descuidaba las huertas, de las que salía escaldado con algún que otro perdigón de sal donde la espalda pierde su recto nombre, ¡que no sabe usted lo que duele! Esas travesuras le obligaron a dormir boca abajo. Los huertanos veían a un crío y la emprendían a perdigonazos de sal. Con 17 años terminó el bachillerato. Campmany ya estudiaba en la Universidad y su vida cambió: amigos, cano. Lo he sido siempre... Y Montes, en Roma, durante una cena con el embajador, le replicó: Campmany. Hace usted mal en ser republicano. Mire, si viene la República, a usted y a mí nos cortarán la cabeza. Y si viene la Monarquía, usted y yo escribiremos en el ABC Aquí y fuera de aquí mereció siempre el respeto de sus adversarios, que reconocen su prodigiosa maestría. El verbo de la escritura, pues, se incardinó en Campmany de una forma irresistible. Hizo dos carreras universitarias y en aquellas aulas era habitual ver a un tipo en pijama, enfundado en un abrigo y con un cargamento de libros debajo del brazo. Ese era Jaime Campmany, que venía de concluir el turno de cierre del periódico a las 5 de la mañana, untado de linotipias. En esos años lo pasó mal. El periodismo de entonces era una profesión maltratada y malpagada, no estaba considerada, pero le permitió conocer mundo. El periodismo de Campmany era resolver en el acto, sin vacilaciones; era urgencia, improvisación, vivir siempre (Pasa a la página siguiente) OS viejos articulistas nunca mueren. Están al acecho de lo que apenas despunta, de algo todavía innominado, de un magma sin formular. Los artículos de Jaime Campmany siempre despegaron del suelo municipal y obtuso en virtud de alguna brisa italianizante, como en tiempos de Garcilaso se iba a los fragores de la batalla con un soneto a medio componer. Con unos pocos trozos de realidad se elabora, en zigzag, al hilo de una incandescencia de la prosa, la guinda del pastel. En Campmany eso logra aromas de fino VALENTÍ muy fresco, de viPUIG no de Chianti, de burbuja que paladeamos tan a gusto. Últimamente visitaba la vida política al sesgo, fijándose a menudo mucho más en el bulto de las sombras que en la engañosa luz de lo que quiere hacerse ver más. Los articulistas como Jaime Campmany embotellan todos los días el humo errático de la hoguera política, la fragancia de instantes desapercibidos, la música cacofónica de mercados clandestinos y de antros periodísticos. Dejó escaldados a varios adversarios, cruzó la espada con los mejores, supo callar en casos caritativos. Aparecería hoy en un banquete bompiano, felizmente orondo, de mirada achinada, recitando versos capados. Era el cronista benigno de vicios y virtudes públicas, acuñaba aforismos, camuflaba versos en un pliegue de cada artículo y siempre llevaba ventaja a la hora de precisar el símil que la prosa de periódico coloca en la cresta de la ola, todos los días. Escribía para ser leído, no para adoctrinar párvulos y clases pasivas. Cuando Campmany deja irremediablemente de escribir, algo se está acabando: parte de una época, el sistema de adjetivar la Transición. Nadie va a reñir más por citas de Lope o un sinónimo cultista de tafanario. Vienen otros tiempos. Absténganse imitadores. Hay que ser proporcionalmente escéptico como Campmany para torcerle el cuello a las frases hechas.