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8 Opinión MARTES 14 6 2005 ABC En la muerte de Jaime Campmany Leopoldo Calvo- Sotelo Ex presidente del Gobierno Me sumo al homenaje a Jaime Campmany que hoy recoge en sus páginas ABC, con una admiración y un afecto muy grandes que se han mantenido inalterables por encima de coincidencias y discrepancias Víctor García de la Concha Director de la Real Academia Española Me unía a él una intensa amistad. Admiré en él dos cosas sobre todo: su cultura de lecturas muy asimiladas y un estilo literario inconfundible, con una jugosa escritura de creación Gonzalo Anes Director de la Academia de la Historia Pocas veces habíamos tenido un periodista de la talla humana de Campmany. Tenía un gran talento literario y poseía un enorme ingenio a la hora de escribir Ramón González de Amezúa Director de la Academia de Bellas Artes Era uno de los grandes columnistas, que nunca dejó de opinar. Echaremos de menos sus columnas, que con tanto ingenio y picardía escribía HAZME UN CAFÉ, CONCHITA AZME un café, Conchita. César acaba de regalarme el Cavia con su muerte Con estas palabras saludó Jaime Campmany a su mujer, después de haberse pasado la noche en claro, velando el cadáver de González- Ruano. Escribió aquel artículo donde la mota necrológica alcanzaba temperatura de metáfora y, en efecto, obtuvo con él, como había pronosticado, el premio que concede ABC. Ya no queda nadie a quien se le den los muertos como a Campmany, quizá porque no queda ningún escritor que sepa fundir en su escritura nostalgia e ironía, socarronería y bonJUAN MANUEL dad, chanza y elegía. DE PRADA Jaime Campmany era exacto como un metrónomo en la eleccióndel epíteto, lacerante en el sarcasmo, olímpico en la sátira; en sus manos, el lenguaje se convertía en un acordeón dócil, se incendiaba de una alegría lujuriosa, se teñía de una melancolía secretamente doliente, se tornaba lacerante como una daga o se remansaba en la evocación, brindando siempre esa nota temblorosa, mordaz o lírica, que amargaba el desayuno a sus enemigos ¡ay de quien Campmany eligiera como diana de sus dardos! y hacía levitar de purísimo gozo a la cofradía siempre creciente de sus lectores. Sin hipérbole, podemos afirmar que fue el último gran escritor satírico de la literatura española. Llevaba en la sangre el latido urgente de las linotipias y el yacimiento recóndito de la mejor poesía, que entreveraba en sus artículos sin alardes, como quien declara llanamente su genealogía irrenunciable. Era un hombre hospitalario, jocundo, epicúreo, que convertía cada sobremesa en una celebración, ensartandoanécdotas en las que rememoraba sus años heroicos de corresponsal, alumbrados de bohemia y partidas de naipes que se alargaban hasta el alba. Era también, en contra de lo que pregonaba la jauría de sus detractores, un hombre incapacitado para el rencor, con esa capacidad para compadecer las debilidades ajenas que caracteriza a los espíritus superiores. Nuestra tristeza, en la hora de la despedida, es como un verso de cabo roto que apenas logramos balbucir. Ni siquiera un café biencargado lograespantar el fantasma de la orfandad que nos atenaza. H Camilo José Cela, durante la presentación del libro de Jaime Campmany La mitad de una mariposa DANIEL G. LÓPEZ Una traicionera embolia cerebral nos ha arrebatado al maestro del Periodismo. La demoledora noticia golpeó la rotativa de ABC de madrugada y deja huérfano un género periodístico: la columna de Campmany Campmany o nada TEXTO: ANTONIO ASTORGA Se nos ha muerto Jaime Campmany. Se ha dormido, así que ha pasado del sueño de la vida al sueño de la muerte, que la vida es sueño y la muerte también. Este principio se lo he arrancado al maestro del artículo que le dedicó a su adorada Felisa (que ustedes podrán volver a disfrutar en estas páginas) uno de esos seres angélicos, sabios de lo esencial por don del Espíritu Santo, que el Creador vierte sobre la tierra con cuentagotas para que hagan infatigablemente el bien, un bien solícito y diligente Así era Jaime Campmany, un invento de sus amigos, como solía definirse, vertido sobre la Tierra con cuentagotas: Mi único mérito es tenerlos a ellos. Se inventan que algún artículo me sale bien y me publican en los periódicos Ayer se rompió el molde. El caldo de la ternura Jaime Campmany, ya especie protegida, ya género literario, ya verbo, tenía el prodigio de descubrir en sus semejantes sus propias virtudes. Y una de las que le convertía en un ser absolutamente inalcanzable era la ternura. Era un hombre profundamente tierno, incluso cuando te contaba su vida en su casa, placer que uno ha compartido en varias ocasiones, la última hace un mes con motivo de su 80 cumpleaños. Acompañado por su fiel Conchita, Jai- me y ella, al ver a uno desnutrido (la ironía era otro de sus prodigios) le ofrecía siempre un caldo, el elixir, la joya de su cocina. Degustando ese caldo, el maestro paladeaba la aventura que fue su vida. Y esa vida estuvo marcada al principio por la guerra y por el verbo. Campmany, nacido en 1925 en Murcia, fue un niño de la guerra, que le alcanzó con 11 años. Dejó de estudiar bachillerato porque le pedían un aval político que su familia no consiguió. La suya era una familia perseguida donde encarcelaron y mataron a gente. Su madre, inválida, tuvo que empezar a trabajar cuando murió su marido de enfermera, profesora... Pe-