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ABC MARTES 14 6 2005 Opinión 5 En la muerte de Jaime Campmany CARTA DEL DIRECTOR IGNACIO CAMACHO TINTA EN LAS VENAS Era transparente, auténtico, lineal. Y, eso sí, extraordinario. Fértil, ingenioso, audaz, opulento de recursos, fecundo de ideas, suntuoso de sintaxis. Profundo en el manejo del idioma, claro de conceptos, complejo de expresiones, sólido de retranca. Culto, intenso, sabio C UANDO suena el teléfono a las tres menos cuarto de la madrugada nunca se trata de una buena noticia. Pero ésta era de las peores. Diego Jalón, desde la Mesa de Noche de ABC, la soltó seca y breve, sin ambages ni preámbulos, como enseña la escuela del periodismo de toda vida. Director, se ha muerto Jaime Campmany. Acaba de llamarnos su hijo Luego dio los detalles. Un ataque fulminante, un traslado de emergencia al hospital, un desenlace rápido e inapelable. El primer sueño se me había desvanecido de golpe, pero trocado en una pesadilla real. Apenas unas horas antes, Campmany había bromeado con la jovialidad de siempre con Patricia Pérez Mateos, una de las redactoras de Opinión que, junto a Marisol Navarro, miman y pastorean al heterogéneo grupo de columnistas del periódico. Mis niñas las llamaba el maestro, que aprovechaba siempre sus visitas a la redacción para ir a saludarlas y llevarles bombones. Y, de golpe, sin aviso previo, el estacazo cruel de su muerte repentina. El periódico con su último artículo- El país, en la calle -giraba aún en las rotativas que iban a pararse para incluir la fatal noticia. IGNACIO GIL Lo escribió Miguel Hernández, al que Campmany gustaba de citar complaciéndose en su común origen de vecindad mediterránea: un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida. Sólo hace un mes que el maestro de periodistas había soplado las velitas de su octogésimo aniversario delante de un animado grupo de amigos en una terraza de Chamartín. Marina Castaño le cantó un bolero impregnado de la memoria de Camilo, y Federico Trillo dirigió con su voz de barítono el coro de la ranchera de El rey Don Guillermo Luca de Tena, Catalina, Pedro J. Santiago Castelo, Jesús Cacho, el juez Gómez de Liaño, Isabel Tocino y otros amigos rodearon al maestro y a Conchita, la eterna compañera que ayer paseaba su mirada aún aturdida por el alud de visitantes del tanatorio de San Isidro. Siempre al lado de Jaime, como una sombra de amor y lealtad que se movía pegada al hombre de su vida. Aquella noche de mayo, Campmany contuvo a duras penas la emoción del homenaje. Por los próximos ochenta le dijimos en la euforia del cariño. Nadie pensaba en un desenlace inmediato; el maestro vivía una etapa de fecunda creatividad, y había acometido la segunda parte de su ciclópeo empeño de redactar nada menos que una Historia de España en verso. En sus versos zumbones, bienhumorados, que le brotaban con sorprendente ritmo y métrica, y que en su vertiente más irónica y festiva figuraban, aún ayer, en su último artículo: un socarrón epigrama de cabo roto dedicado a la ministra de Cultura. Porque Jaime Campmany era, desde luego, un periodista, un periodista de raza al que le circulaba tinta por las venas, pero también un escritor de cuerpo entero. Un novelista excepcional que se asomaba a los abismos morales del amor oscuro, y un poeta de largo recorrido que alumbraba romances guasones y sonetos precisos como crucigramas líricos. Llevaba dentro el veneno ácido del letraherido, y lo sacaba en el molde exacto de un lenguaje acerado y burlón que viene de Quevedo, se proyecta en Larra y corre por la prosa de Cavia o González Ruano. Como ellos, este anciano jovial cuyo cuerpo bajará hoy hasta la Murcia luminosa de su nación deja su nombre inscrito en los anales de la mejor escritura en lengua española. Y, desde luego, en el mejor periodismo de la segunda mitad del siglo XX y de este incipiente siglo XXI cuyos balbuceos alcanzó a relatar desde su óptica de castiza mordacidad y lúcido escepticismo. al blanco de sus dardos dialécticos. Había conseguido hace tiempo saltar ese complicado listón por el que hasta sus adversarios ideológicos tenían que inclinarse ante la excelencia de su prosa y de su ingenio. Era de derechas, sí. ¿Y qué? Si hubiese sido de izquierdas, hoy estaría encumbrado al olimpo de la progresía. Sería académico de la Española y sus textos saldrían en los exámenes de selectividad. Pero, simplemente, Campmany fue leal a su biografía y fiel a sus principios. No renegó de nada ni de nadie, y se mantuvo independiente e incólume frente a las modas, frente a los oportunismos, frente a los vaivenes, frente a las castas dominantes de antes y de ahora. Nadie podrá decir que se engañó con el significado de un escrito suyo, porque era transparente, auténtico, lineal. Y, eso sí, extraordinario. Fértil, ingenioso, audaz, opulento de recursos, fecundo de ideas, espléndido de adjetivos, suntuoso de sintaxis. Profundo en el manejo del idioma, claro de conceptos, complejo de expresiones, sólido de retranca. Culto, intenso, sabio de libros y de experiencia, anclado siempre en las raíces del pueblo. Se ha ido Jaime Campmany con las alforjas llenas de palabras, de artículos, de libros, de cariño, de admiración y hasta de envidias, y la muerte le ha sorprendido igual que la inspiración, trabajando, esa muerte con las botas puestas reservada a los abnegados y los fuertes. Nos deja huérfanos de su magisterio y de su ingenio, de su disciplina y de su fortaleza, de su bonhomía y de su vigor. Será una forma de consolarnos de su ausencia, pero me atrevería a jurar que, la última vez que le vi, aquella noche del cumpleaños, su estampa era la de un hombre feliz y con las cuentas claras. director abc. es Pocos le recuerdan un artículo congelado Escribía siempre al día, detrás de los acontecimientos, labrando los artículos a golpe de actualidad inmediata. Como suele decir Manuel Alcántara, otro de su estirpe insobornable, sólo sabía vender pescado fresco. Y es que, detrás de su dominio devastador del idioma y sus recovecos, se escondía en Campmany un periodista puro que pasó por casi todos los géneros y casi todas las facetas del oficio. Cronista, enviado especial, corresponsal en el extranjero, analista político, director de periódico, de revista, de agencia... su trayectoria es tan versátil como completa, aunque en las últimas décadas le consagrara el articulismo en la memoria colectiva de España. Ese género que, según Umbral, es el soneto del periodismo, y en el que él alcanzó rango de magisterio unánime e indiscutido gracias a su formidable destreza con el lenguaje. En un planeta periodístico fuertemente determinado por las adscripciones ideológicas y políticas, Campmany había logrado el respeto de todos por encima de sus marcadas y nunca ocultas tendencias. Leerlo era un placer, casi una obligación, incluso para quienes más se alejaban de sus enfoques o más se aproximaban