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ABC MARTES 14 6 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC OCHO HORAS CON JAIME CAMPMANY POR JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Jaime Campmany murió en la madrugada de ayer. Lo hizo con la rapidez que él preconizaba para el periodismo. El periodismo es resolver en el acto, sin vacilaciones, es urgencia, es improvisación, es vivir siempre alerta Así se fue... -C ONCHITA, hazme un café que con este artículo acabo de ganar el Cavia. Y lo ganó. Era un diciembre de 1965 en la ciudad de Roma. Después de ocho horas de amasar en llantos y nostalgias la necrológica de su amigo César González Ruano, Jaime Campmany y Díez de Revenga compuso una joya literaria que con su audacia proverbial tituló César o nada Conchita le preparó aquel café con el amor de siempre, que para hacerlo no necesitó nunca que su querido Jaime- le llamo guapo, y hermoso, y ya sé que no lo es -le prometiera ni premios ni distinciones, entre otras razones porque obtuvo todos los posibles y supo aceptarlos desde el más sobrio hasta el más adornado con la humildad del que atribuye a Dios un don- -el de la palabra escrita- -que sólo se cultiva, leyendo, aprendiendo, pero que te viene dado su amigo González Ruano le dieron el Cavia, por hacerlo, de manera igualmente inimitable, de su también amigo y periodista Pedro Rodríguez le concedieron el González Ruano de periodismo. Entre uno y otro galardón mediaron veinte años. Por la amistad le llegó a Jaime Campmany el aplauso de los jurados y por la autenticidad de lo que escribía le alcanzó el éxito de lectores. Jaime Campmany murió en la madrugada de ayer. Lo hizo con la rapidez que él preconizaba para el periodismo. El periodismo es resolver en el acto, sin vacilaciones, es urgencia, es improvisación, es vivir siempre alerta Así se fue, dejando a Conchita con los volantes del chequeo en la mano, y sin avisar a Laura, su hija poeta, que dormía en Bruselas, colaboradora de su padre y maestro- aunque como poeta no sé si es mejor la hija que el padre decía Conchita- y huérfano al matrimonio filipino de servicio en su casa, cuyo hijo Jaime acogió y apadrinó y que lleva ahora su nombre. Y huérfanos, claro, a Emilio, a Laura y a Beatriz. Y a muchos más, incluso a sus enemigos, que los tenía a manta de Dios yo doy si me dan, director, nunca soy el primero aunque prefirió la displicencia al rejonazo de su prosa irónica. En esa suerte, resultaba temible porque entraba a matar recibiendo, a cuerpo limpio. Sí, la verdad, Jaime se ha ido con rapidez, casi con prisa, apenas con unos síntomas de fatiga pulmonar, pero con el artículo del día enviado y niquelado. Campmany escribía para la gente, no para la posteridad. Ya lo advirtió: ¡Qué estúpidos los que dicen escribir para la posteridad! Y escriben las cosas más obvias, las cosas que se repiten eternamente, sólo porque cada año nacen nuevos ignorantes que las desconocen Ese fue el secreto de su ya inmortalidad periodística: escribir para la gente, no para un parnaso intelectual, haciéndolo en un papel que mañana estará marchito y dejando el alma en cada artículo Jaime llegó a afirmar que él era sólo un invento de mis amigos; mi único mérito es tenerlos a ellos, se inventan que algún artículo me sale bien y me publican en los periódicos Y es que dio a la amistad un valor casi idolátrico. Si por despedirse de forma sublime de De lealtades supo Jaime lo que no está dicho y debiera quedar, precisamente ahora, para la hemeroteca. Por lealtad mostró su disposición a escribir sin cobrar- -y quien recibió la oferta no me hará mentir- -y a dejar de hacerlo si al editor nuevo no le cuadraba su presencia en estas páginas. Aquel y este- -siempre y todos, menos los pequeños personajes- -admiraron así de Campmany su enormidad periodística y le profesaron un permanente respeto y consideración. Nunca Jaime se desdijo de sus creencias políticas ni contradijo su trayectoria pública. Y la tuvo bien nutrida en hitos de distinta naturaleza porque menudeó en justas con poderosos, desde banqueros a empresarios, sin que nuestro personaje se anduviese con chiquitas, porque a la palabra- -él, que era licenciado en derecho y en filosofía- -añadió la querella sin arredrarse por encumbrado que estuviese el querellado. Fue Jaime Campmany valiente, pero nunca pendenciero, y quiso proteger su verdad con uñas y dientes, no consintió la mentira y defendió su razón hasta donde supo y pudo; y de saber y de poder estuvo holgado y en ambos menesteres se condujo con agallas. En tiempos camaleónicos, ni una sola vez se desmintió a sí mismo. Ni cuando en 1979 fue premiado con el Luca de Tena por un texto editorial para ABC- Un año de democracia -de impecable factura. Algún moscón, revirado en sus afectos, pretendió zaherirle y siempre Campmany le devolvía el soplamocos corregido y aumentado. Si algo ha manejado bien Jaime, además de la palabra, ha sido su biografía. A la que falta muy injustamente la condición de académico, pese al empeño que para que lo fuera pusieron Elena Quiroga y Camilo José Cela. Otros se interesaron más en lo contrario. Como no pudieron negarle jamás el mérito- -novelista, historiador, poeta- le intentaron descalificar por el palo de la ideología. La verdad sea dicha: Jaime Campmany nunca fue progre, que en determinadas ocasiones es una condición necesaria y suficiente para acceder a algunas complacencias. El mes pasado, Jaime cumplió ochenta años y en tal ocasión afirmaba en estas páginas de ABC- -veintiocho años de fecunda, inolvidable e histórica colaboración- -que a esa edad me lo puedo permitir todo La realidad es que jamás se permitió nada que desmintiese su profesionalidad, su capacidad, su coherencia y su carácter compasivo. Jaime no quiso permitirse nunca la maldad, ni la traición, ni la venganza. Desde la atalaya octogenaria de su último mayo recordaba el abrazo que dio en una ocasión al más persistente de sus hostigadores; paladeó con anécdotas nostálgicas el ejercicio de libertad diario que practicaba en este periódico y celebró disponer de amistades en la derecha y en la izquierda. Tengo sólo lo que he dado recitó Jaime Campmany cuando en 1966 recibió el premio Mariano de Cavia en la biblioteca de ABC, entonces en la madrileña calle de Serrano. Nuestro autor ha tenido mucho porque ofreció todo. Esta es la grandeza del periodismo, que Campmany entendió como sólo lo hacen los grandes de este oficio: como un compromiso sin vacilaciones, urgente, alertado y con improvisación Jaime Campmany ocupó ocho horas en redactar César o nada una de las más célebres necrológicas del periodismo español. Ahora he entendido por qué él, un taumaturgo del idioma, empleó tanto tiempo: porque cuesta decir adiós al amigo; porque una necrológica repentina y dolida no es un artículo preñado en el que lo escribe, sino al que hay que atrapar en un oleaje de sentimientos; porque es difícil explicar que un hombre que dice no escribir para la posteridad se instala en ella, como acaba de ocurrir con Jaime Campmany. En esa maldita posteridad que, siempre demasiado pronto, se lleva a los mejores.