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62 Espectáculos LUNES 13 6 2005 ABC TEATRO La discreta enamorada Autor: Lope de Vega. Versión y dirección: Gustavo Tambascio. Escenografía: Juan P. Gaspar. Iluminación: Toño Camacho y Juan A. Salvatierra. Vestuario: Gabriela Salaberri. Intérpretes: Marta Juániz, Trinidad Iglesias, Guillermo Amaya, Emilio Gavira, Paco Déniz, Natalia Hernández, Ancor Luján y David Tenreiro. Lugar: Teatro Infanta Isabel. Madrid. LOPE, CHIMPÚN JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN n 1923, Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw se inspiraron en La discreta enamorada de Lope de Vega y trasladaron su acción a la época romántica para elaborar el libreto de Doña Francisquita la conocida zarzuela de Amadeo Vives. Gustavo Tambascio salta un siglo más allá y sitúa la acción en 1955, en la época en que el régimen franquista pasó del aislamiento internacional a ser considerado aliado en el nuevo tablero político mundial. Una época en la que, bajo la represora grisura oficial, escondía Madrid una secreta ciudad de la permisividad y el exceso por cuyos paisajes nocturnos deambulaban exquisitas fieras mitológicas como Ava Gardner, que daba celos a Sinatra con Luis Miguel Dominguín, y nocherniegos del calibre de Fernando Fernán- Gómez, Paco Rabal o Lola Flores. Ése es el telón de fondo político- sentimental evocado en este montaje con referencias a Sara Montiel, Luis Mariano, Tyrone Power... con alguna cantinela comercial de la radio de entonces, como el celebérrimo tema del Cola- Cao, y con otras canciones como Nena Violetas imperiales y Banderita incrustadas en la trama y acompañadas animosamente por el público, Tambascio respeta bastante los versos que Lope escribió entre 1606 y 1608, realizando alguna poda aquí y allá y permitiéndose alguna que otra licencia. La verdad es que el salto de época no perjudica, a mi juicio, a la coherencia de la trama de la comedia, disparatada ya por Lope con elementos, para entendernos, de E corte prevodevilesco. Digamos que los años cincuenta son coloreados con la sensualidad de Lope para trazar una crónica de la intrahistoria de alcoba de esa segunda etapa de la posguerra, una dialéctica entre la realidad y el deseo en tiempos de represión sexual... y política. El argumento desarrolla un tema clásico: el del hombre maduro que pretende casarse con una joven que a quien de verdad quiere es al hijo del galán añoso y que para cobrarse la pieza deseada urdirá una compleja red de triquiñuelas que se embrolla por la intervención de otros personajes. Tambascio conduce todos estos elementos por el costado de la farsa y lo grotesco, potenciando los elementos eróticos, la pulsión sensual latente bajo las apariencias, y consigue momentos verdaderamente divertidos y otros introducidos con calzador. Una dirección muy bien ajustada en bastantes escenas y que en otras presenta problemas de ritmo por el alargamiento o el forzamiento de las situaciones. A destacar, el precioso vestuario de Gabriela Salaberri. Los actores dicen entonadamente y con intención el verso, y bailan y cantan con desenvoltura (Trinidad Iglesias, muy buena cantante y actriz que encarna a Belisa, la madre de la joven, participó el año pasado en el montaje serio de la obra musical en el Teatro de la Zarzuela) Marta Juániz es una estupenda Fenisa, y Natalia Hernández, una actriz clavadita a Merle Oberon, una deliciosa Gerarda. Emilio Gavira, como el maduro capitán, Guillermo Amaya, que interpreta a su hijo, el apuesto Lucindo, y el resto del reparto realizan un buen trabajo en este evocador Lope musical, simpático y con altibajos. ZARZUELA La Parranda Música: Francisco Alonso. Libro: Luis Fernández Ardavín. Directores: Miguel Roa (musical) y Emilio Sagi (escena) y A. Fauró (coro) Reparto: M. Rey- Joly (Aurora) E. bayón (Carmela) J. J. Frontal (Miguel) C. Crooke (Retrasado) R. Castejón (Don Cuco) y M. Martín (Manuel) Orquesta de la Comunidad de Madrid y Coro del Teatro de la Zarzuela. Fecha: 10- 06- 05 LA PARRANDA MURCIANA ANTONIO IGLESIAS Tambascio potencia los elementos eróticos, la pulsión sensual latente bajo las apariencias, y consigue momentos verdaderamente divertidos y otros introducidos con calzador l nacionalismo musical español tiene en la zarzuela una de sus principales vías de desarrollo, y esto es lo que merece destacarse, musicológicamente, al referirse a La Parranda que acabamos de aplaudir en su representación en el tan apropiado marco del coliseo de la calle de Jovellanos. Es Murcia con sus seguidillas y auroros (cantos religiosos del Levante en general) genialmente aludidos por nombres tan preclaros como Manuel de Falla y Óscar Esplá, entre otros. Se denota en la obra que aquí nos ocupa, partitura original de Francisco Alonso, un afán de superación que parte de su misma iniciación, cuyos compases pueden suponerlo así por el cuidado de su factura que, de personal manera hallo después de no pocos dúos, un terceto y, sobre todo, en la manera de tratar el coro, tanto en la brillantez como en los acariciantes contornos de los internos, del final de La Parranda Partitura, pues, compleja por tamañas vinculaciones, también por no pocas melodías que aprobarían los públicos tras el espaldarazo tan valioso como inevitable del servicio doméstico madrileño, popularizándolas desde el escenario de sus patios... La calidad que exige el canto coral que aparece de modo constante- -no requiere unos elementos interpretativos en consecuencia- -se encontraron de excelente forma en el Coro del Teatro de la Zarzuela, magníficamente preparado por su titular, Antonio Fauró. La responsabilidad de la dirección musical, de los estupendos profesores de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, fue magní- E Una escena de La parranda EFE ficamente resuelta por Miguel Roa. Por su parte, Emilio Sagi llevó la escena con atrevimiento y contraste perfecto, logrados al iniciarse la segunda parte: luces, decorados y movimiento alcanzados. Sólo resta decir que el reparto supuso una consonancia deseable. La soprano madrileña María ReyJoly tradujo a Aurora con muy grato timbre y desenvoltura, mientras que su colega argentina Eliana Bayó encarnó con holgura a la Carmela. El barítono José Julián Frontal, brillante como músico y actor, así como la justeza vivida por el tenor Carlos Crooke en su Retrasado fueron destacables. También mostraron sus excelencias tanto Rafael Castejón como Mario Martín, en sus papeles de Don Cuco y Manuel, respectivamente. El público entusiasmado, aplaudió y ovacionó constantemente, dando lugar a las consabidas interrupciones de la acción en no pocos momentos.