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ABC LUNES 13 6 2005 Opinión 5 ESCENAS POLÍTICAS EL PAÍS, EN LA CALLE L Gobierno de Zapatero lo ha conseguido. Tiene al gentíoen la calle, y mayormente al gentío de la derecha. Lo tradicional, lo acostumbrado, lo de siempre es que sea la izquierda la que salga a la calle con gritos, con pancartas, con insultos también y con los Bardem. En cuanto la izquierda quiere ganar en la calle lo que no ha ganado en las urnas, se juntan todos los Bardem y salen a la calle ejerciendo con entusiasmo admirable el derecho de manifestación. La derecha, en cambio, no sé si más comedida o más perezosa, difícilmente se echa a la calle paraprotestar. Entodocaso, se manifiesta para celebrar, que es más bonito y de mejores maneras. Pero este Zapatero hace unas cosas tan desmesuradas, tan insensaJAIME tas y tan sin gracia que loCAMPMANY gra el milagro de que hablen los mudos, se encalabrinen los mansos y salga a la calle el gentío de derechas. Se ha empeñado en negociar con los etarras, y cada vez que los invita a una conversación, los etarras sacuden un bombazo. Y él, erre que erre, los invita otra vez, porqueotracosano será, pero empecinadosíque lo es, este Zapatero de las ocho ministras. Los terroristas ya llevan este año dieciséis bombazos, y continúan las invitaciones. Tanta cortesía con los terroristas terminó por soliviantar a las Víctimas, que organizaron una manifestación gigantesca de casi un millón de personas, a pesar de que faltaron los Bardem. Si llegan a ir los Bardem, la manifestación se sale de Madrid. Otra terquedad de Zapatero ha provocado esa manifestación de Salamanca que hacía rebosar de gentío la inigualable Plaza Mayor. (Hombre, si se trata de repartir Salamanca entre las demás Comunidades, a Murcia que le den esa Plaza) Yo creo que el único salmantino que no estaba allí es Jesús Caldera, que quizá estuviese entretenido velando su propio cadáver, ese que puso tendido junto al Tormes para detener a los que quieren trocear el Archivo de la Guerra Civil y darle un pedazo al Carod- Rovira o como se llame ese catalán de pacotilla. Lo ratifica constantemente la ministra fraila. Yo lo he puesto en versos de cabo roto. Dará doña Carmen Cálla ministra de Incultú- el Archivo a Catalú- quiera o no quiera el alcál- Lo dará, además, de bál- pues así Carod- Roví- podrá tener un Archí- con recuerdos de la gué- que hubo en un país pequé- cuajado de españolí- Y todavía queda por salir la manifestación del matrimonio gay que eso es algo así como llamar arroyo a la cordillera, bosque al desierto o alcornoques a los rosales. Esa será una bendición que además de contar con la protesta de las familias productivas, estará bendecida por la Iglesia, y con la Iglesiahemos dado, Sancho. Llamarle matrimonio a la unión legal de las sáficas o los monfloritas, legalización conveniente y hasta en algunos casos necesaria, es como llamarle Penélope Cruz a Rodríguez Ibarra o Mike Tysson a María Teresa Fernández de la Vega. O sea, un contradiós. Ahí, para ser un matrimonio como mandan Dios y la Naturaleza, o falta una matriz o sobran espermatozoides, dos materias precisas para perpetuar el gentío. E INMACULADA ENGO la suerte de tropezarme, mientras visito la exposición conmemorativa del CL Aniversario de la proclamación dogmática de la Inmaculada, con su comisario Antonio Meléndez, que muy generosamente se convierte en mi improvisado guía. Las naves laterales de la Catedral de La Almudena sirven de escenario a la exposición, organizada por la Conferencia Episcopal Española y realizada por la Fundación Las Edades del Hombre Para quienes entendemos que la fe religiosa es un impulso de naturaleza muy similar al sentimiento artístico, esta muestra adquiere una relevancia especial: la belleza que el hombre es capaz de crear es siempre trasunto de esa otra Belleza sagrada que nos eleva sobre el barro con que fuimos fabricados. Cuando el arte logra reflejar esa Belleza sagrada, se produce en el espectador el milagro de la conmoción estética; cuando, por el contrario, renuncia a JUAN MANUEL reflejarla, puede halagar más o meDE PRADA nos nuestra sensibilidad, pero pierde esa fuerza conmovedora e instantánea que distingue el verdadero arte de las artes decorativas. Como la fe religiosa, la belleza artística no requiere para su comprensión de arduas elaboraciones intelectuales ni de prolijas erudiciones. Basta aceptarla como un don venido del cielo, como una embriaguez del alma que se derrama pacíficamente y nos convence con su elocuencia callada. Uno se detiene, pongamos por caso, ante la Inmaculada Niña de Zurbarán, traída desde Sigüenza para esta exposición, y se siente enseguida traspasado por una convicción fulgurante: el hombre que pintó a esa muchacha envuelta de sol, coronada de estrellas, con la luna a sus pies, en pudorosa actitud orante, no estaba tan sólo acatando una tradición iconográfica; esa piel de azucena, ese delicado arrebol de las mejillas, esa luz que acompaña tibiamente la oración entredormida de la Virgen T niña sólo pueden lograrse cuando a la mano del artista la guía algo más que la mera pericia. Uno se detiene, pongamos por caso, ante la Inmaculada del Greco, traída de la toledana parroquia de San Nicolás, rebosante de un anhelo místico que puja por quebrar las nubes, y siente la necesidad de aferrarse al ruedo de su túnica, como parece que hace el ángel que irrumpe en diagonal, trastornando la composición del cuadro, con un alboroto de alas que hienden el aire. Uno se detiene, en fin, ante la Inmaculada de Murillo traída del Museo del Prado, que vuelve sus ojos de gacela hacia el cielo, mientras sus labios absortos parecen detenidos en mitad de una plegaria, mientras su rodilla se flexiona muy levemente como en un principio de reverencia, y nota algo así como un júbilo sereno, que coloniza y transfigura cada célula de su cuerpo. El genio artístico que se rinde a la Tota Pulchra, que celebra su misterio humanísimo y sobrehumano, es también el genio de la Fe. La exposición de la Inmaculada nos enseña que las expresiones más sublimes del arte requieren, para mostrarse en su más cabal esplendor, el concurso de la fe. También nos brinda un muy estimulante motivo de reflexión: todas las piezas que alberga la muestra fueron realizadas por artistas españoles, pues no en vano España ha sido durante siglos la promotora máxima de la devoción mariana. Convendría que los españoles entendieran que la riqueza de su patrimonio cultural, pictórico y literario no se explicaría sin el concurso de esta vigorosa fe mariana; y también que, al renegar de esa tradición, ese patrimonio no hará sino agostarse. Mientras recorro con Antonio Meléndez la exposición, un par de chicas nos preguntan si el motivo que se repite en todos los cuadros es, como parece, la luna: en sus facciones asoma esa risueña perplejidad, amasada de desparpajo e ignorancia, propia a los pueblos que, desgajados de sus raíces, acatan mansamente un destino de decadencia.