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68 Los domingos DOMINGO 12 6 2005 ABC EL PERFIL DE LA SEMANA EN LA ACERA ESCRIBÍ TU NOMBRE FERNANDO IWASAKI MANUEL JESÚS EL CID Torero El cielo del toreo se ha abierto como la Puerta Grande de San Isidro ante la belleza pura de su clasicismo. Atrás quedan un camino de espinas y una espada infiel a su apellido El Cid zurdo a se propuso matar con la mano izquierda pese a ser zurdo. Su objetivo fue hacerlo con la derecha, tarea tan cuesta arriba como pelear con la guardia cambiada contra un boxeador zocato. A Manuel Jesús Cid (Salteras, 1974) le acarreó incluso problemas sicológicos, como una dislexia torera que se trató. Quizá el problema residía en una cuestión de culpabilidad mental: ¿cómo usar una izquierda que contiene el Paraíso para despenar toros? La mano derecha se le atascaba con la tizona, y las Puertas Grandes del Madrid que le esperaba se escapaban como si aquel otro Cid fallase los mandobles en los momentos precisos de la Reconquista contra los moros: ¿se puede decir moro bajo la lupa de progreso que vigila la alianza de civilizaciones? Hasta cuatro puertasgrandes se cerraron después de entregadas y abiertas por la belleza pura de su toreo clásico. Cinco, si se cuenta la que se perdió en la gloria de las nubes el último 18 de mayo: César Rincón atravesó solo la arcada neomudéjar que desemboca en la calle de Alcalá. Hasta que con los victorinos, los toros clave de su carrera, se rompió el pasado 3 de junio la racha oscura de seis años de alternativa, y como una explosión de blanca luz la plaza estalló en pañolada doble cuando presenció cómo la espada de El Cid se hundía desde la afilada punta hasta los gavilanes que se funden con la empuñadura. Regueros de lágrimas negras y espinas se borraban con la muerte pronta del toro cárdeno en la arena. ¡Por fin! Caía el maleficio, y Madrid saldaba cuentas pendientes y deudas con su Mío Cid en el exilio de pinchaúvas. O El Cid las saldaba con Madrid, paciente desde que de novillero se forjó entre sus muros. En Abril, junto con la primavera, estallaron dos Puertas del Príncipe que presagiaban que San Isidro sería conquistada. Su concepto universal, lejos de encasillamientos, fronteras y escuelas, merecía instalarse en la división de honor después de dar el salto en la temporada 2004, año fundamental para su carrera, duro prólogo para 2005 después de pasaportar al mundo de los bravos catorce corridas de Victorino Martín. Precisamente con los victorinos pegó el estirón, como PRIVATIZAR Y NO CONCERTAR N Nunc POR ZABALA DE LA SERNA el adolescente en su mocedad de huesos, una tarde de septiembre de hace tres o cuatro años en el sur de Francia, en Bayona, ante los ojos de Antoñete, Chenel eterno de los 80, y el crítico, que se maravillaron con el toreo al natural, con el látigo de seda de la izquierda. El Cid se enamoró, gracias a su hermano, con 16 años, de la sensación de dominar. Y torear, ante todo, es dominar. Desde entonces piensa que el torero se hace. Pero con una muñeca zurda como la suya se nace o no, como con la que Newman desenfunda en El zurdo con innata y prodigiosa velocidad las balas de su colt o como con la que Rafael Nadal suelta su bíceps de angelote zocato de Capilla Sixtina: izquierdas las suyas nada utópicas. Su filosofía refleja su lucha, su ejemplo de perseverancia, de superación diaria desde la humildad de quien sigue con los pies en el suelo después de ha- ber respirado un cachito de cielo y haber llamado otras tantas veces a su puerta. Las férreas leyes no escritas del encorsetado mercado taurino se pueden romper desde abajo. Éste es su mensaje para los noveles que sueñan en las dehesas, a campo abierto, bajo la luz de la luna, todavía con un romanticismo que sobrevive bajo el escenario cruel de aprovechados, lazarillos sin picaresca, ni gracia ni talonario. El Cid se encuentra ahora arriba, sentado a la derecha de El César colombiano, tras el fértil mayo, con los ojos más vivos que nunca, para no dormirse y despertar un día en una habitación de hotel vacía, con el mozo de espadas desanudando los machos como única compañía. Manuel ya conoce esa soledad, y por ella siente ese miedo de volver a los infiernos que se le aparece fantasmal cuando se perfila y se encara el acero... o quisiera que nadie se sienta ofendido si aseguro que la indisciplina, la violencia, la mediocridad y la ignorancia reinan por igual en los colegios públicos y concertados. Me consta que muchos centros concertados tienen un claustro de profesores excelente y unas instalaciones magníficas, pero la enseñanza pública ya no tiene nada que envidiarle a los centros concertados en esos dos aspectos. Sin embargo, su naturaleza concertada sí les impide ser más exigentes en lo académico y en lo disciplinario, pues según en qué comunidad autónoma se encuentren, los concertados viven con la amenaza permanente de perder el concierto. Y ahí está la madre del cordero: nadie quiere perder el concierto porque se ha convertido en la madre de todos los vicios y en una suerte de soborno estatal. No creo exagerar si afirmo que vivimos en la era de la mala educación, de la violencia generalizada, del prestigio de los necios (genial hallazgo del filósofo Argullol) y de la ignorancia orgullosa. Para colmo de males, las familias han renunciado a sus tareas docentes y la belleza tipográfica de los textos escolares es inversamente proporcional a su valor pedagógico (los manuales andaluces- -por ejemplo- -aseguran que Séneca bebía gazpacho, aunque los tomates llegaran a España después del descubrimiento de América) Ante un panorama tan desolador, sólo unos centros donde reinen la disciplina, la autoridad y el conocimiento podrían corregir la deriva de nuestra juventud, pero vivimos tiempos de progreso y lo progresista es ser maleducado, zurrarse en la autoridad y pasar de curso sin aprobar ninguna asignatura. ¡Qué vergüenza le daría a don Francisco Giner de los Ríos! Los últimos episodios de acoso escolar con desenlace mortal, revelan que ciertos centros concertados prefieren negar la evidencia- -y por lo tanto consentir más muertes- -antes que perder el concierto. Por eso creo que ha llegado la hora de plantearse si merece la pena continuar viviendo de las subvenciones deun Estado que no cree en la educación de calidad. ¿Cuántos padres estaríamos encantados de pagar un precio razonable por alejar a nuestros hijos de los energúmenos, garantizarles una buena educación y prepararlos para un mercado cada vez más exigente? Toda mi formación escolar y universitaria se la debo a la enseñanza privada de un país subdesarrollado, y transcurrió en centros que no son ni remotamente los más caros del Perú: un colegio marista y una universidad jesuita. De hecho, hasta hoy esas instituciones siguen siendo privadas y su clientela corresponde a clases medias y populares. ¿Por qué comento esto? Porque la oferta de enseñanza privada en Hispanoamérica es diversa, enorme y asequible, mientras que la oferta de enseñanza privada en España es homogénea, minúscula y lujosa. No hay términos medios, y por eso urge que las comunidades escolares de los centros concertados comiencen a estudiar la viabilidad de una privatización progresiva, que siempre será más sencilla que la de Iberia o Telefónica. Me consta que cada vez más jóvenes fracasan en las entrevistas de trabajo porque se expresan fatal y escriben peor. También me consta que cada vez más jóvenes son despedidos de sus primeros trabajos porque no respetan ni a sus jefes ni a sus compañeros. Menos mal que a esos jóvenes siempre les quedará la política. www. fernandoiwasaki. com