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ABC JUEVES 9 6 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC CON PERDÓN DE ESPAÑA, EL TRATADO ESTÁ MUERTO POR DOUGLAS HURD LORD HURD DE WESTWELL FUE SECRETARIO DEL FOREIGN OFFICE EN EL GOBIERNO DE JOHN MAJOR A Gran Bretaña no le interesa incorporarse a la moneda única, pero sin duda nos interesa que el euro continúe y prospere afirma Hurd, que dirigía la política exterior británica en 1992, cuando su país presidió la UE y Dinamarca votó no a Maastricht... L euro ha caído desde los referendos francés y holandés, pero no de forma desastrosa. Los mercados de garantías y capitales han respondido con calma filosófica. Los políticos de toda Europa están confundidos, pero eso, de por sí, no es ninguna tragedia. En cualquier referéndum, un voto negativo es difícil de interpretar, o, mejor dicho, cada analista puede insistir en una interpretación acorde con sus propias ideas. Por eso leemos que los franceses votaron no por miedo al liberalismo anglosajón, del que se dice que inspiró el Tratado Constitucional. Esto confunde a los británicos, que probablemente iban a dar el no por una mayoría considerable- -aunque por los motivos opuestos: que el Tratado Constitucional estaba abriendo el camino para un superestado burocrático. Debido a que el Tratado en sí era un documento confuso, no sorprende que despertara estas emociones contradictorias. Pero están empezando a surgir dos conclusiones claras de entre la niebla de los comentarios. E lamento Europeo. Jean Monnet, con quien solía debatir estas cuestiones de joven, era un filósofo paciente. Sabía que el recorrido sería largo, pero no dudaba sobre el destino: el abandono voluntario de toda soberanía nacional en favor de una Europa supranacional. La primera conclusión es a corto plazo: el Tratado Constitucional está muerto. Después de que los daneses votaran no en su referéndum sobre el Tratado de Maastricht en junio de 1992, nos las apañamos para arreglar las cosas de modo que se sintieran capaces de votar sí en un segundo referéndum la primavera siguiente. Los británicos ocuparon la presidencia europea durante este periodo crucial, y sigo estando orgulloso de este logro, que salvó el Tratado. Pudimos llegar a un acuerdo sobre interpretaciones del Tratado que tocaban ansiedades danesas, por ejemplo, sobre defensa y moneda única, para que el pueblo danés estuviera satisfecho con el resultado. Con el Tratado Constitucional no es posible esta vez ese ejercicio diplomático. Diga lo que diga el presidente Chirac, es imposible imaginar a los electorados francés y holandés cambiando de opinión después de tan apasionado debate y unos claros votos negativos. El pueblo español votó para darle vida al Tratado y se le debe una disculpa por los golpes letales que lo han destruido desde su votación. Pero no es razonable esperar que británicos, polacos y checos sigan con sus referendos previstos. Sería organizar un baile alrededor de un cadáver. La segunda conclusión es más básica. Durante muchos años, los defensores de la Unión Europea de nuestros países han estado divididos en torno a la naturaleza de esa Unión. Para algunos, siguiendo la intención de sus fundadores en Messina en 1955, la Unión era el vehículo en el que los europeos viajaban hacia su objetivo final, unos Estados Unidos de Europa completos. En cada piedra del camino se transferirían responsabilidades nacionales de un sector tras otro a la autoridad supranacional de Bruselas responsable ante el Par- Éste era un ideal claro y noble. Todavía me sigo encontrando, incluso en Gran Bretaña, con individuos que se aferran a él. Dicho ideal sigue influyendo en gran parte de la retórica europea, pero resulta engañoso, ya que, con los años, ha quedado claro que los Estados nacionales de Europa no van a desaparecer. Los países miembros individuales, algunos grandes, otros pequeños, han dejado claro que no tienen intención de aceptar la idea de una autoridad europea que tome todas las decisiones políticas importantes. Esta terca insistencia en la supervivencia nacional se le atribuye a menudo sólo a Gran Bretaña, pero eso es inexacto. Tengo un vivo recuerdo del señor Aznar, cuando el presidente español comunicó a un grupo de empresarios italianos que no cabía la posibilidad de que España transfiriese a Bruselas decisiones sobre impuestos internos de su país. Habló con una firmeza de la que Margaret Thatcher podría sentirse orgullosa. Ahora está claro que esa idea prevalecerá, no porque se haya tomado una decisión intelectual coherente, sino porque ahora es imposible que alguien imagine una Unión de 25 estados aceptando, con el consentimiento de su pueblo, la fundación de una Europa supranacional. Pero si los Estados nacionales de Europa son inmortales, también son inadecuados. Ninguno de nosotros puede, como país, apor- tar por separado la prosperidad, seguridad o bienestar general que nuestros ciudadanos necesitan. Nuestros electorados reconocen esta verdad. Los votos por el no en Francia y Holanda, y el escepticismo generalizado en otros países de Europa, entre ellos Gran Bretaña, no deberían provocar una crisis de desesperación. Nuestros líderes tampoco deberían intentar acallar estas votaciones con una avalancha de frases manidas sobre la unidad europea, que carecen de sustancia. Por el contrario, deberían concentrarse en el programa de esa cooperación, que es única en la historia europea, y también en el mundo actual, mediante la cual los países europeos abordan juntos los problemas que no pueden resolver por separado. Entre las prioridades de este programa se encuentran la reforma económica y la coordinación de políticas económicas nacionales para reducir el desempleo y mejorar la competitividad en las líneas acordadas en Lisboa en 2000. Cada país debe seguir su propio camino, pero podemos ayudarnos unos a otros. Por ejemplo, actualmente a Gran Bretaña no le interesa incorporarse a la moneda única, pero sin duda nos interesa que el euro continúe y prospere. Y yo pondría en segundo lugar la necesidad de una asociación válida entre la UE y Estados Unidos sobre política exterior y defensa. Ninguno de nosotros, ni Gran Bretaña ni España, ni Francia ni Alemania, puede estar satisfecho con el modo en que los europeos lidiaron la crisis de Irak. Seguimos caminos separados, y ninguno de nosotros ejerció en los acontecimientos la influencia que esperábamos. Por el contrario, la actual cooperación sobre Irán, triunfe de forma inmediata o no, es un buen modelo de colaboración entre la UE en conjunto y nuestra superpotencia aliada. Si uno mira a Rusia, los Balcanes, Oriente Próximo o África, esta asociación entre la UE y Estados Unidos es para ambas partes una necesidad, no un lujo. La Europa de las naciones necesita liderazgo. Es triste que, por casualidad, la calidad actual del liderazgo sea escasa. Aznar se ha ido; los líderes de Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia, todos hombres de talento, son maltratados por las circunstancias y se acercan al final de sus carreras políticas. Hemos oído demasiadas cosas de ellos con excesiva frecuencia para que se respeten sus palabras futuras. No pretendo hablar por España, pero Merkel en Alemania, Sarkozy en Francia y Brown en Gran Bretaña podrían tener un poder considerable dentro de unos meses. Por lo que han dicho, podemos esperar que aporten al programa europeo un enfoque práctico, crítico aunque positivo, que tal vez restablezca la reputación de la UE en la mente de sus ciudadanos.