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ABC MIÉRCOLES 8 6 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LO QUE HAY QUE RECORDAR POR CARLOS SECO SERRANO DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA Estamos viendo, día tras día, un constante empeño de provocar de renovar viejas heridas. La última muestra, llevada a un extremo intolerable ha sido la bufonada sacrílega perpetrada por Carod y Maragall en Israel... ACE dos años, y en representación de la Real Academia de la Historia, acudí a Logroño para participar en los actos conmemorativos del centenario de Práxedes Mateo Sagasta, ilustre riojano que en un tiempo fue encarnación del liberalismo progresista, y constituyó, a partir de 1876, uno de los pilares de la Restauración canovista. (Era, además, un político afable. Decía Azorín: A Cánovas, se le admiraba; a Sagasta se le quería Los actos aludidos culminaron en la reposición de la estatua del patricio; estatua que había sido derrocada bajo el régimen de Franco. Y es que- -no nos engañemos- -esto del derribo de estatuas ha constituido siempre un rito, repetido cada vez que se producía un bandazo político en España (curiosamente, Franco, que tantas estatuas hizo derribar, respetó la de Espartero, que siguió erguido en su bien dotado caballo, pese a que era el símbolo de la revolución liberal, tan denostada por el régimen franquista. Lo hizo porque, según sus palabras- -así me lo contaron a mí- al fin y al cabo, se trataba de un militar H reanimado la lumbre entre lo que parecían ya cenizas. A poco del episodio en cuestión pasé por aquel lateral de la plaza de San Juan de la Cruz: el pedestal vacío se había convertido en una especie de muro de las lamentaciones No sólo se acumulaban ante él y sobre él ofrendas florales, sino inscripciones alusivas al franquismo, que parecían añorar, o desear, una vuelta a los planteamientos y consignas de la guerra incivil: por ejemplo, aquello de la conjuración judeo- masónica en la que alguien creía ver la clave del atentado Y por supuesto, las estaturas próximas- -la de Prieto, el iniciador de las obras luego culminadas en los Nuevos Ministerios la de Largo Caballero, cuya labor más notable, antes del desastre en que acabó la República, fue la que desempeñó al frente del Ministerio del Trabajo durante el bienio social- azañista- -se habían convertido en vertedero de inmundicias. La ofensiva en frío contra la estatua de Franco me recuerda la que, hace dos o tres años, se desencadenó en la hermosa ciudad de Burgos contra las lápidas dedicadas a figuras más o menos destacadas de su pasado reciente. Cierto que en la ciudad castellana había un verdadero exceso de inscripciones relativas a los generales de la cruzada Pero cuando se impuso la decisión de hacerlas desaparecer, cayeron generales de entonces y de mucho antes. Por mi parte, dediqué un artículo a este despropósito. Y es que, por lo común, un mínimo de cultura histórica suele estar ausente de la ofensiva derribadora (diré más: la cultura está ausente de estos desahogos populares, o no tan populares. El pasado, los hechos del pasado, no se pueden borrar. ¿O acabaremos por tachar lo que nos parezca inconveniente en los libros de Historia? He vuelto a pasar, hace unos días, por el lugar del crimen Aislado del pedestal famoso, se le ha liberado de ofrendas y de exvotos. Pero las efigies de Prieto y de Largo (sobre todo la de este último) siguen padeciendo la inquina de los franquistas. Me pregunto yo: ¿qué se perseguía con la retirada en frío de la estatua de Franco? Sin duda, situarnos de nuevo en la tesitura mental de los años treinta. ¿Apunta a ello también el reto lanzado a los fieles a Franco y José Antonio con el nuevo proyecto sobre el Valle de los Caídos? Por Dios, no. No volvamos a las andadas. Por los días en que la transición pacífica- -encarnada por el Rey, lograda por Adolfo Suárez- -se hacía venturosa realidad, afirmando la necesidad de olvidar ¿recuerdan los que me leen aquel estribillo que acompañó a las primeras elecciones democráticas: libertad sin ira, libertad se produjeron réplicas negativas desde el sector de la izquierda: lo que era necesario, según ellas, era recordar ¿Que recordasen los de una parte, no los de la otra? Porque el cainismo lo practicaron todos) La segunda República se había aplicado, asimismo, a derribar estatuas, apenas producido su advenimiento. Creo que no lo hizo con la de Alfonso XII, dada la altura de su emplazamiento en el bello monumento del Retiro. En cambio, se cargó la del pobre Felipe III, que centraba pacíficamente la Plaza Mayor- -memorable regalo del Monarca a Madrid y a los madrileños- Pero en fin, estos lamentables derribos perpetrados por unos y por otros se produjeron siempre al calor de las circunstancias, revolucionarias o reaccionarias. Lo que resulta insólito es lo ocurrido recientemente con la estatua ecuestre de Franco, derrocada en frío, sin que viniera a cuento: en un acto que reviste todos los caracteres de una deliberada y estúpida provocación. Que yo diga esto, y que lamente desde luego el atentado simbólico, no responde a mis puntos de vista respecto al general y a su régimen: nunca he sido franquista; es más, en mi caso, ser franquista supondría algo así como un pecado contra natura. Pero puedo entender las razones y la lealtad de los que lo son. Me había parecido siempre un auténtico símbolo, un símbolo ejemplar de la reconciliación de las dos Españas, esto es, del final de la guerra civil, que pudiesen convivir, en un privilegiado enclave urbano de nuestra ciudad, las estatuas de Prieto, de Largo Caballero... y de Franco. Esa convivencia constituía, por sí sola, un monumento a la paz y la reconciliación, lo que significó la transición: lo que desde el principio abanderó el Rey Juan Carlos. La retirada de la famosa estatua- -y su eco en otras capitales de provincia- -ha resucitado, por lo pronto, todos los posos de un rencor- -de un odio- -que parecía amortiguado; ha Pienso que sí: hay que recordar. Pero lo que hay que recordar es el lamentable ambiente de provocación y desafío que en la primavera trágica padecimos los supervivientes de aquello: un ambiente irrespirable que desembocó, fatalmente, en la guerra civil. Eso es lo que conviene recordar para no repetir una situación semejante. Por desgracia estamos viendo, día tras día, un constante empeño de provocar, de renovar viejas heridas. La última muestra, llevada a un extremo intolerable, ha sido la bufonada sacrílega perpetrada por Carod y Maragall en Israel: un ultraje a la sensibilidad cristiana que pone de relieve, ante todo, la lamentable ignorancia en que, tanto uno como otro, viven respecto a la mentalidad y los sentimientos de la inmensa mayoría de los españoles, catalanes o no, neofranquistas o no- -una ignorancia que les descalifica como líderes políticos, más aún, como representantes de una idea democrática que no sabe conectar sino romper con sus posibles votantes- Que tengan en cuenta esta realidad asimismo los que, desde el Gobierno del Estado, parecen empeñados en provocar, en alzar contra sí a quienes en principio no tenían por qué haber sido sus enemigos en las urnas, pero que, de seguir así las cosas, van a sorprender a más de uno a la hora de la verdad. Como no me duelen prendas, añadiré de otra parte- -dirigiéndome ahora al señor Rajoy y sus seguidores- -que la oposición democrática no debe ser entendida como una trifulca convertida en sistema. Porque sigue siendo actual la advertencia de Cánovas. No hay posibilidad de gobierno sin transacciones justas, lícitas, honradas e inteligentes