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ABC MARTES 7 6 2005 Opinión 5 ESCENAS POLÍTICAS LA POLÍTICA SE DESQUICIA IRÉ los muros de la patria mía y por todoslados encuentro un desquiciamiento de la política y una gobernación descoyuntada. En poco más de un año, España se presenta sembrada de señales de deterioro, de alarma, de descomposición. Son señales que atañen y afectan a los órganos vitales más delicados de un país, desde la unidad territorial a las creencias religiosas, desde la educación de los jóvenes a la independencia de la justicia, desde la organización del trabajo a la situación legal de los habitantes. En todos esos sectores ha penetrado una politización con intereses mensurablesy hasta contabilizables, tanto en votos como en monedas. Me entretengo un par de JAIME días leyendo versos o miCAMPMANY rando jugar al tenis a unespañolito genial, y cuando vuelvo los ojos hacia lo que está cayendo enla políticame invaden la preocupación, la sorpresa o el desánimo. No acierto a dirigir los ojos hacia un paisaje político que me traiga confianza, sosiego, la tranquilidad de saber que las cosas marchan razonablemente bien, que el vehículo nacional donde viajamos todos no avanza dando tumbos, cayendo en cunetas, metiéndose por los sembrados y en algunos aspectos asomándose a los precipicios. Acabo de oír que el presidente del Gobierno ha citado en La Moncloa al presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. ¿Y para qué? me pregunto con curiosidad. Tal vez quiere repetirle, cara a cara, lo que ya le ha dicho públicamente. Que todo eso de la manifestación es respetable, que cuenta con su respeto, pero que él va a escuchar ese clamor como quien oye llover, que, además, ni siquiera llueve, para celebrar que se han cargado el Trasvase. En algunos lugares de España no van a tener este verano agua ni para beber. Pues que vayan a la desembocadura del Ebro y que beban a caño. El millón de personas (doscientas mil para los contadores oficiales) que se echó a la calle en Madrid y que representan otros muchos millones clamaron en el desierto. Bien es verdad que no le llamaron asesino a Zapatero, sino solamente embustero Ni siquiera ha esperado el presidente a que se acallara un poco ese clamor para presumir públicamente de que no va a hacer ningún caso de él. Pobres víctimas. Se les nombra un Alto Comisionado de Apoyo que a quien apoya es al Gobierno contra ellas. Se distingue entre unas víctimas y otras y se siembra entre ellas la división. Han politizado a los muertos. Lo mismo sacan los enterrados de la Guerra Civil que visten a los muertos del terrorismo con etiquetas políticas. La Comisión parlamentaria del 11- M, después de negarse a citar y escuchar a aquellos que podían arrojar luces sobre el macabro episodio, cierra la investigación con una doble acusación de intención exclusivamente política. Acusan al Gobierno del PP de negligencia al no prevenir el atentado y mentir luego para esconder su responsabilidad. La investigación verdadera la dejan sus señorías para los periodistas. Algunas circunstancias que ahí salen a la luz producen escalofríos. Agárrense, que vienen curvas. M SONREÍR CON ADOLFO SUÁREZ D E repente todo se puso a andar de otro modo. Fallecido Franco, aquella España sobrecargada de incertidumbre se ponía a andar, pisando el presente sin miedo, con ganas de sosiego futuro. Si existía una generación que podía sentir vértigo ante lo nuevo, el Rey garantizaba ese futuro. Su hombre era Adolfo Suárez. Para la mentalidad arquetípica de izquierdas, para el rupturismo, Suárez era un hombre del Movimiento, del pasado, y a la vez alguien sin Historia, pura ambición, tal vez más de lo mismo. Para la derecha auspiciada por el régimen de Franco, Suárez más bien era un traidor. Luego fue el hombre que logró la operación política de la UCD y gobernó España en una de sus fases históricas más aventuradas y palpitantes, con una coyuntura económica mundial propicia al trastorno cardiovascular. Mejor es no repetir lo que el PSOE anduvo diciendo de Suárez. Las cosas fueron así: neutraliVALENTÍ zar el régimen anterior y después desPUIG mantelarlo, dar empuje a una reforma política que asumiera los modos de la democracia y de la libertad, convocar elecciones y ganarlas, gobernar al mismo tiempo entre borbotones volcánicos, cuando no en un campo de minas. Los sindicatos querían sindicatos, los presos reclamaban la amnistía, los nacionalistas exigían estatuto de autonomía y el Partido Comunista quería ser un partido. Alguna mañana, todo chirriaba, se iba imponiendo la sensatez durante el día y al llegar la noche estábamos en la impagable trepidación que otros tiempos las rotativas hacían llegar a las redacciones. Hubo escenarios para la regresión, llamadas al inmovilismo, conatos de descomposición histórica, ímpetus revolucionarios totalmente fuera de lugar. La clase media española estaba desarrollando su sexto sentido. La mayoría de políticos, rupturistas o reformistas, fueron transitando hacia la ética de la responsabilidad. Toda España era una academia nocturna con cursos acelerados de dialéctica política y de sentido de la estabilidad. Ése fue un tiempo para vivirlo y para no olvidarlo, un episodio de la España grande. Ahí estaba Adolfo Suárez, pitillo tras pitillo, con su leyenda dietética de tortillas a la francesa, el secreto de su peinado impecable y la fama de encantador de serpientes. Un buen día, en una fotografía o tal vez en un cartel electoral, apareció andando hacia nosotros, con las manos en los bolsillos y la americana desabrochada. Sonreía. Esa imagen fue el certificado de la Transición, ponerse las manos en los bolsillos y echar hacia delante. Tuvo mucho mérito. Aquellos tiempos ofrecieron la épica feliz de una novela de Stendhal llevada al cine por John Ford. Es una época que se estudia en las universidades de todo el mundo, como ejemplo de una sociedad que pasa por la frágil cacharrería de la transición política y no rompe prácticamente nada. Quienes querrían recomenzarlo todo hoy o mañana, a veces achacan aquellos resultados al miedo o a la presión del pasado: no fue así. Lo prueban las agallas de Adolfo Suárez, su valor y su brío. España se metía en la cama y él recomenzaba la jornada en sus sesiones nocturnas, en busca del pacto y de la transacción inteligente. Se cumplía en aquellos años el dictum que, en política, obliga ser inteligente todos los días. Fue una inteligencia de todos, magnánima. Fumándose un cigarrillo por los jardines de La Moncloa, con las manos en los bolsillos, Adolfo Suárez sonreía. Gran sonrisa, la sonrisa de la credibilidad y de la confianza ganadas a pulso. Sabemos que hoy Adolfo Suárez, roído por un terrible mal, es una voluntad apagada. Atrás quedan tantas largas sesiones de hipnosis política, la maestría de sus poderes de seducción a distancia corta, ese rostro levemente asimétrico, geométricamente angular, que la sonrisa transformaba en una máquina de convencer al adversario. De vez en cuando tienen que existir grandes hombres para que podamos ejercer de ingratos. vpuig abc. es