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ABC LUNES 6 6 2005 Cultura 57 ROCK Moby Concierto de Moby. Lugar: La Riviera (Madrid) Fecha: 4- 6- 2005. CLÁSICA Ciclo Comunidad de Madrid Obras de Haydn, Prokofiev y Chaikovski. Intérpretes: Orquesta Sinfónica de Madrid, R. Khismatulin (violín) Director: Jesús López Cobos. Lugar: Auditorio Nacional, Madrid. PANTALLA SUPERADA JESÚS LILLO AFANES DE MEJORA ANTONIO IGLESIAS ras su anterior visita a La Riviera, en el otoño de 2002, Moby escribió en su diario que la discoteca madrileña parecía el escenario de una película de David Lynch. Se refería el compositor neoyorquino en su artículo a los neones y las palmeras que adornan la sala, tan inertes como la música fingida por la que entonces era su banda postiza, nueve músicos que interpretaban una aberrante e inverosímil coreografía instrumental sobre bases grabadas. Decorados. Moby ha emprendido con Hotel un afortunado viaje de vuelta desde las verdades a medias de la música electrónica, género cuyo autismo ha impedido que desarrolle una puesta en escena medianamente creíble para ocupar las tablas: lo que el productor elaboraba en la soledad de su estudio no había forma de representarlo luego a través de una función de rock contagiosa y veraz. Aquellos ritmos sólo servían, con los ojos cerrados, para la discoteca y la embriaguez sintética. Palmeras de mentira. Tres años después del final de aquel duermevela, Moby ha despedido a su compañía estable de farsantes y contratado a un nuevo grupo. Desde el arranque de su concierto madrileño- -uno de los mejores, de lejos, de la temporada que termina- -el autor de Go hizo sonar a su banda para demostrar que había mucha vida en Natural Blues y todas aquellas baladas contrahechas que hace unos años hipnotizaron al público. Sonaron de fondo algunas secuencias grabadas, cierto, y T Moby, durante su concierto también alguna que otra mascletá valenciana y makinera, himnos, como Feeling So Real de una época irrepetible, pero sobre todo hubo guitarras, rock orgánico y genuino para jugar con el público, para llevar el Creep de Radiohead a los atardeceres del samba, recordar con fidelidad y veneración el Wild Side de Lou Reed o incrustar a Led Zeppelin en una irreconocible Honey Pocas veces ha agradecido tanto el público de La Riviera un concierto como el de la noche del sábado. Con un olfato comercial sobresaliente, Moby fue en su día el más listo de la clase de los ingenieros electrónicos. No producía obras de arte, y tampoco patentaba hallazgos revolucionarios: se limitaba EFE a grabar en su apartamento melodías con las que reventar el mercado del disco y distraer a la gente que trasnochaba y se recuperaba de los excesos del fin de semana y siglo. Sin llegar al extremismo de What Love o Animal Rights sus arrebatos de violencia adolescente, Richard Hall se dedica ahora a dirigir un quinteto que fabrica rock con guitarras y estribillos. El arte habita, imperturbable, en los museos y los estudios, pero sobre el escenario sigue, un año más, Moby, protagonista de uno de los más felices conciertos de los últimos meses, profesional del entretenimiento y, quién lo iba de decir, de la canción. Toca divertirse, toca pasar de pantalla de la mano de un genio de los vídeojuegos y la supervivencia. El magisterio de Maya Plisetskaya La legendaria bailarina rusa cerró el sábado, con una emocionante interpretación de Ave Maya (una coreografía creada para ella por Maurice Béjart) la intensa semana de danza vivida en el Teatro de Madrid, donde Maya Plisetskaya ha impartido unas clases magistrales y donde se ha celebrado la cuarta edición del Maratón de Danza. La artista rusa, que el próximo mes de noviembre cumplirá ochenta años, mostró su impagable clase en una pieza que está llena de guiños hacia la que ha sido su más emblemática interpretación: La muerte del cisne J. B. AFP a prestigiosa veteranía de nuestra Sinfónica de Madrid, renombrada desde su nacimiento, no le impide continuar con sus acendrados afanes de superación, propio de cuantos se dedican al arte. Nos lo demuestran con su incansable trabajo, siempre realizado con renovados entusiasmos, hoy bajo la batuta titular de Jesús López Cobos, que sabe a la perfección cuánto puede exigir a los profesores a sus órdenes, logrando la más admirable unidad interpretativa, sea en el campo que fuere. Acabamos de ocuparnos de ellos en estas mismas columnas con motivo de su soberbia traducción del Don Carlos de Verdi, en el Teatro Real (cuya titularidad ostenta) y diríase que, sin respirar siquiera, aquí los tenemos de nuevo con un concierto magnífico en el Auditorio, cuyo responsable programa resultó de éxito en éxito. Maravilloso. En la Sinfonía Hob. 1: 94 de Joseph Haydn, reconocida como La sorpresa y también denominada El golpe del timbal (por una acentuación inesperada que, se dice, puso en la partitura el compositor para despertar a las señoras adormiladas por la extrema longitud de los programas de entonces) hubo planos equilibrados- -aunque en momentos los fondos del metal sobresalieran- -y conseguidas gradaciones en la intensidad y sus contrastes. Cuando el Primer concierto para violín y orquesta de Prokofiev, hubo un despliegue de facultades tendentes a la unidad sinfónica, plenamente conseguida por los planteamientos de López Cobos y la extraordinaria colaboración del solista ruso Rafael Khismatulin (hoy concertino de la agrupación madrileña) que puso sus extraordinarios medios técnicos al servicio de la obra, de nada fácil comprensión. Con todo, todavía hemos de dejar lo mejor de mi personal botafumeiro para elogiar la versión de la Quinta de Chaikovski: asombrosa en verdad por el cuidado de detalles (algunos inadvertidos hasta la fecha) por esa aumentada dosis expresiva (justa en su punto) que López Cobos nos brindó, y la respuesta del inicial clarinete, la energía brindada hasta el derroche y hasta la exhibición virtuosa de un final glorioso, edificado desde los ocho contrabajos, pasando por la trompa, el fagot, las flautas u oboes... En fin, con mil logros de una personalidad tan solvente. Magníficos. L