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6 Opinión DOMINGO 5 6 2005 ABC AD LIBITUM PROVERBIOS MORALES UN FRACASO DEL ESTADO OSÉ Luis Rodríguez Zapatero, lo tengo dicho, pertenece a esa estirpe de personajes que prefieren tener razón -algo que no está muy claro en qué consiste- -a tener éxito, amigos, resultados mensurables en su política económica y frutos de satisfacción en la social. En lo cultural, por lo que llevamos visto y en la consideración del elenco dedicado al asunto, ni tan siquiera aspira a tener razón y le basta con la disponibilidad servil de su plantilla de talentos y creadores Es su oportunidad. En su sillón de La Moncloa le ha sentado una mayoría insuficiente de españoles reforzada por los militantes de unos partidos que quieren cambiar de naM. MARTÍN cionalidad. Un contraFERRAND sentido que tiende a proyectarse en cada acto de Gobierno. La manifestación popular que, convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, ayer tarde recorrió Madrid, en ausencia de cualquier representante gubernamental, es prueba definitiva de lo que digo. No se trata de, supongo, que Zapatero esté contra las víctimas ni, menos todavía, que recele del derecho ciudadano a la libre expresión; pero el acto no se suscitó desde su diseño monclovita ni por los agentes acostumbrados. Eso va contra esa voluntad poseedora de la razón que señalo y que, aún en su tremenda esterilidad, forma parte del método presidencial con caracteres estelares y, en los hechos, identifica al personaje. Decía Álvaro de Laiglesia que los ancianitos son una lata Si trasladamos la ironía del desaparecido director de La Codorniz al caso que nos ocupa, la lata la constituyen las víctimas del terrorismo. Están ahí como dolor para los próximos y, lo que es más trascendental, como testimonio del gran fracaso de un Estado que no fue capaz de garantizarles la seguridad que financiaron sus impuestos. Es el mismo Estado que ahora, en su turno democrático, administra Zapatero y que sigue teniendo en su carpeta de pendiente la solución definitiva del problema y la satisfacción a las víctimas. Serán una lata, pero son nuestra lata. La aparición de fantasmas en el caso, como ese híbrido entre rector y secretario de Estado con que el Gobierno trata de distraer a las víctimas, no hace más que calentar el problema y, en el riesgo de la ruptura total del llamado pacto antiterrorista, convertir en material político lo que hasta ahora, prudentemente, sólo había sido dolor individual y problema social. Mal asunto. En esta cuestión de enfrentamiento con el terrorismo y atención a sus secuelas, la sintonía total entre el PSOE y el PP es condición indispensable para alcanzar soluciones válidas y definitivas. Un fracaso del Estado tan evidente y doloroso como el que nos ocupa, y viene produciéndose desde hace más de treinta años, exige remedios totales, no parciales; pero, desgraciadamente, ni va por ahí la razón según Zapatero ni, en consecuencia, Rajoy puede aportar su ayuda. OLIVAR A del nacionalismo jamás ha sido en España una pasión honda y ampliamente sentida. La tipología de los nacionalistas no es muy variada: en un extremo, publicistas cursis; en el otro, asesinos en serie y, en la curva de la campana de Gauss, sus amedrentadas clientelas. No abundan entre ellos los versados en las verdaderas tradiciones de las grandes o pequeñas patrias, porque su misión es desembarazarse de ellas cuanto antes y sustituirlas por trivialidades intercambiables. Y no es que toda tradición, por el hecho de serlo, merezca ser conservada, pero, al menos, convendría describirlas y archivarlas antes de su definitiva entrega al olvido. Los grandes estudiosos de las tradiciones de España no fueron nacionalistas. En el XIX, abundaron en el gremio los tradicionalistas (Milá y Fontanals, Menéndez Pelayo, Juan Menéndez Pidal, Antoni Alcover, Joan Amades, Resurrección María de Azkue, etc. aunque también estuvo en primera fila algún raro federal como Antonio Machado Álvarez. La tendencia ideológica mayoritaJON ria en el grupo no le granjeó simpatías enJUARISTI tre los intelectuales de filiación liberal hasta que los del noventa y ocho, éstos sí, propensos al nacionalismo adolorido, se aprovecharon de su legado para hacer literatura, y sólo en literatura habría quedado aquél sin la irrupción de un joven maestro que renovó la teoría y sistematizó la práctica de la investigación en este campo. La figura de Ramón Menéndez Pidal, que, sin demasiada exactitud, se definió él mismo en alguna ocasión como uno del noventa y ocho encabezó las iniciativas fundamentales de la cultura española durante casi tres cuartos del siglo XX, no sólo en el ámbito de la lingüística, la historia literaria y la historiografía, sino también en el de la literatura de creación. Sin Menéndez Pidal no habríamos tenido un medievalismo digno de tal nombre, desconoceríamos o conoceríamos muy mal la historia de las lenguas peninsulares (no sólo la del español) las obras de Américo Castro (su secuaz díscolo) y, en buena parte, la de Ortega habrían resultado gravemente mermadas y, desde luego, la generación del J L veintisiete no habría dado sus extraordinarios frutos ni en la poesía ni en la crítica. Menéndez Pidal no fue un nacionalista deprimido ni belicoso. No necesitó serlo: español y liberal de una pieza, hizo suya la ética del trabajo auspiciada por los institucionistas y no escogió mal sus modelos históricos (ante todo, Alfonso X, el rey Sabio, creador del primer laboratorio humanístico occidental, acorde con su proyecto de un Renacimiento en lengua vulgar que se adelantó en más de dos centurias a las versiones vernáculas europeas de la vuelta a los clásicos) Si su obra fue manipulada por un nacionalismo con vocación totalitaria, es asimismo innegable que constituyó una referencia primordial para la reconstrucción de una razón ilustrada, auténticamente nacional y democrática, durante los años del franquismo, más fecundos de lo que suele reconocerse gracias a esforzadas empresas individuales o familiares comola que don Ramón sostuvo a lo largo de tres décadas y que permitieron restablecer la continuidad con lo mejor de la cultura española anterior a la guerra civil. Tras la muerte de Menéndez Pidal, su herencia intelectual se transformó en tradición creativa, como él quería, y no en mera escolástica para uso de epígonos. Su casa del Olivar de Chamartín, convertida en laboratorio humanístico de estilo alfonsí, acogió al menos dos generaciones, en sentido orteguiano, de aprendices de filólogos. No sólo de estudiantes de lengua y literatura española. Allí trabajamos codo con codo españoles, portugueses, franceses, serbios, japoneses, hispanoamericanos y norteamericanos y en sus seminarios se formaron los más reconocidos especialistas actuales en las literaturas tradicionales catalana, eusquérica y gallega. Hoy, el Olivar, escenario y memoria de la gran culturaliberal del siglo XX- -de Menéndez Pidal, de Castillejo y la Junta de Ampliación de Estudios, de Dámaso Alonso, etc. -va a ser engullido por la especulación inmobiliaria. Su desvanecimiento junto con el recuerdo de quienes lo poblaronparece unpreludio simbólico de la inminente desaparición de otras cosas más importantes, extensas y antiguas- -y ya no hablo sólo de tradiciones- -que tampoco hemos sabido defender. Cualquier día nos levantaremos todos nacionalistas (o sea, amnésicos y felices como escarabajos) PALABRAS CRUZADAS ¿Son útiles los referendos para ratificar la Constitución europea? EL FUTURO SIEMPRE ES INCIERTO L referéndum ¿era el método mejor para decidir sobre el tratado constitucional europeo? Si en 1952 el proyecto de comunidad del carbón y del acero se hubiera sometido a consulta popular, probablemente hubiera fracasado. Tras la convención de Filadelfia, 42 padres fundadores votaron la Constitución (39 a favor) sin refrendo popular alguno de los americanos de entonces. Cuando le preguntaron a Benjamin Franklin por qué la había votado, respondió secamente: porque era la única Constitución posible. Chirac, atacado por tantos motivos, eligió un camino cada vez más difícil, finalmente plantado de minas. A juicio de muchos el referéndum era más democrático que la ratificación parlamentaria. Pero los elegidos de DARÍO una sociedad tienen legitimidad bastante VALCÁRCEL para dirimir. Quince países de la Unión han optado por la ratificación de sus Parlamentos, diez por el referéndum. Estos no son más democráticos que aquellos. La mayoría de los franceses votó el domingo por causas internas, poco relacionadas con la Constitución europea. Lo mismo cabe decir de Holanda. Había un solo proyecto, no dos ni tres. Pero la grogne francesa, el miedo al incierto futuro, han respondido en la primera ocasión. Para el ser humano el futuro siempre es incierto. Sólo una extraña y cambiante combinación de libertad, tenacidad, orden e imaginación pone límites al azar. ÚTIL, PELIGROSO, QUIZÁ NECESARIO A Constitución española de 1978- -redactada por unas Cortes con legitimidad popular- -fue aprobada en referéndum. Un tratado supraconstitucional, con voluntad de Carta Magna, requería, pues, de otro mandato popular directo. ¿Es el caso igual en todos los países de la UE? No. ¿Eran bastardas las intenciones de Chirac? Probablemente. Quiso usar Europa a su favor, como lo hizo Mitterrand con el Tratado de Maastricht, pero este presidente francés no estaba a la altura del maquiavelismo de su predecesor. Tampoco en esto. Se han convocado diez consultas populares y dos de tres han dejado sentado que una parte importante de los europeos no está en sintonía con la labor de RAMÓN sus representantes. O que razones basPÉREZ- MAURA tardas les llevan a gritar ¡No! Seguir con el proceso de ratificación es absurdo. El mensaje es claro: cortemos el proceso, reflexionemos y veamos si dentro de un tiempo- -dos, cuatro años- -el Tratado Constitucional que haría de Europa una entidad política madura es refrendable por todos los europeos simultáneamente. Pretender seguir con el proceso- -como pretenden algunos dirigentes europeos- -equivale a situar en la playa a los más hábiles integrantes de protección civil para frenar un tsunami. Los suicidios, para las novelas románticas. E L ¿Y usted qué opina? Déjenos su mensaje o su voto en la página web www. abc. es eldebate