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30 Internacional SÁBADO 4 6 2005 ABC Cuando se cumplen 16 años de la masacre de Tiananmen, los familiares de las víctimas exigen al Gobierno que asuma su responsabilidad por un sangriento pasado que Pekín intenta borrar a base de prosperidad económica La alargada sombra de Tiananmen POR PABLO M. DÍEZ. CORRESPONSAL FOTO: AFP PEKÍN. Plenamente integrada en el escenario internacional, China lucha hoy por convertirse en una gran potencia mundial mientras intenta olvidar su más oscuro pasado, plagado de atrocidades cometidas por el régimen comunista durante los turbulentos años del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural. Sin embargo, el último gran episodio de esta sangrienta represión tuvo lugar hace hoy 16 años. Durante la madrugada del 3 al 4 de junio de 1989 centenares de estudiantes que exigían reformas democráticas fueron masacrados por el Ejército de Liberación Popular en los alrededores de la plaza de Tiananmen, en pleno centro de Pekín. Desde entonces, y tras adoptar el sistema capitalista, el gigante asiático ha experimentado la mayor transformación de su historia al crecer cada año su Producto Interior Bruto más de un 9 por ciento. Como consecuencia, la calidad de vida de millones de chinos, sobre todo en las grandes ciudades y en la costa oriental, se ha elevado hasta unos niveles que sus propios padres jamás llegaron a sospechar. Consumismo amnésico Con una gran parte de la sociedad plenamente entregada al consumismo, y con una comunidad internacional más preocupada por los ingresos que ofrece un mercado de 1.300 millones de potenciales clientes que por sus derechos democráticos, ¿quién se acuerda ya de las víctimas de aquella trágica Primavera de Pekín? Parece que nadie, a tenor del ambiente que se respiraba ayer en la plaza de Tiananmen, inundada de turistas chinos que, tocados con gorros de diferentes colores para no perderse y siguiendo ordenadamente las banderas portadas por los guías, hacían cola para visitar la tumba de Mao Zedong y la Ciudad Prohibida. Sin embargo, y aunque los medios estatales han vuelto a silenciar este año la noticia, los familiares de 125 fallecidos en la matanza han escrito una carta abierta dirigida al presidente del país, Hu Jintao, en la que exigen que el Gobierno asuma de una vez la responsabilidad del derramamiento de sangre acaecido hace algo más de tres lustros. Encabezada por Ding Zilin, quien perdió a su hijo un día después de que éste cumpliera 17 años, esta misiva acusa directamente a Hu Jintao y sus predecesores de borrar la memoria de la masacre del 4 de junio de los libros y de ocultar este hecho despreciable a la Historia Una estrategia que, preconizada por Orwell en su novela 1984 Pekín ha aplicado, según el documento, con mucho más éxito que la extrema derecha japonesa a la hora de eliminar el recuerdo de la masacre de Nanjing Turistas chinos guardaban cola ayer ante el mausoleo de Mao Zedong, en la plaza de Tiananmen que costó la vida a 300.000 chinos en 1937. A pesar de que su espíritu combativo le ha llevado a ser candidata al premio Nobel de la Paz, pocos en el coloso oriental conocen la cruzada emprendida por Ding Zilin, quien perdió su puesto como profesora de la Universidad Popular en 1991 y es constantemente vigilada por la Policía. Como ella, una generación entera de pequineses ha sido condenada al ostracismo o confinada bajo arresto domiciliario por participar en las masivas y pacíficas movilizaciones de 1989. La oleada de protestas comenzó el 15 de abril con motivo de la muerte de Hu Yaobang, ex secretario general del PC de marcado carácter reformista. Tras seis semanas de manifestaciones que se extendieron por las principales ciudades del país, el ala dura del Partido Comunista se impuso sobre la postura mantenida por el entonces primer ministro, Zhao Ziyang, quien llegó a reunirse con los estudiantes y, con lágrimas en los ojos, les pidió que volvieran a sus casas para evitar un baño de sangre. Su actitud dialogante le costó el cargo y un arresto domiciliario que se prolongó hasta su muerte, acaecida el pasado enero, ya que prevaleció la mano dura ordenada por el presidente Deng Xiaoping para disolver las concentraciones. Sin experiencia como antidisturbios, los soldados del Ejército de Liberación Popular sofocaron la revuelta a tiros e incluso aplastando con sus tanques a los manifestantes. La cifra real de fallecidos sigue siendo un misterio que oscila entre los 200 reconocidos por el Gobierno y los 2.000 que anunciaron algunas agencias internacionales. Un pasado demasiado violento cuya alargada sombra todavía se proyecta sobre el régimen chino. Nunca pensé que el Ejército dispararía contra su pueblo P. M. D. PEKÍN. Educada en la crítica a la Revolución Cultural acometida bajo la presidencia de Mao Zedong, una generación entera de jóvenes chinos participó en 1989 en las movilizaciones de la Primavera de Pekín. Entre esos miles de universitarios que se echaron a las calles demandando libertad y democracia se encontraba Chan, quien oculta su nombre bajo una identidad ficticia para no perder su trabajo. Como tantos otros estu- diantes, Chan acudió a la manifestación convocada en la plaza de Tiananmen atraído por el ambiente festivo y pacifista que allí se vivía, y que fue salvajemente truncado en la madrugada del 4 de junio. Durante el día anterior, hubo numerosos llamamientos en la televisión para que la gente se quedara en sus casas y pidiendo a los jóvenes que desalojaran Tiananmen recuerda Chan, quien jamás creyó que el ejército acabaría disparando contra su propio pueblo. No pude llegar a la plaza esa noche porque al escuchar los disparos me di la vuelta para ocultarme en mi casa explica Chan, quien sí se plantó en el centro de Pekín al día siguiente. Todos los accesos estaban cortados y, junto con otros jóvenes, tuvimos que huir cuando los militares empezaron a abrir fuego y mataron al chico que estaba a mi lado se estremece Chan al pensar que aquella bala podía haber acabado con su vida. Chan pudo refugiarse en un hospital cercano a Tiananmen, donde contempló con sus propios ojos el horror de la carnicería. En una gran sala donde había más de 30 cuerpos, los cadáveres se amontonaban en el suelo unos encima de otros porque no había sitio en los hospitales relata, antes de admitir que el partido tuvo que tomar aquella medida para controlar la situación porque, de lo contrario, el país habría caído en el caos y hubiera pasado lo mismo que en Rusia